El Orgullo se muere, la Cultura está viva.

¿Y si este Orgullo hiciéramos algo diferente? Porque no sé qué pensarán ustedes, pero yo tengo la firme convicción de que el modelo actual de reivindicación ha caducado. El «movimiento LGTB» ha dejado de moverse. O se mueve, pero tímidamente y hacia quién sabe dónde. Lo que fue en su día un torrente humano de movilización social ahora se me antoja un tiovivo que vuelve una y otra vez sobre las mismas cuestiones sin posibilidad de avanzar ni conseguir escapar de la rueda. Y creo que sé cuál es el principal motivo por el que esto sucede: el «movimiento LGTB» ha perdido la imaginación.

Cada vez lo tengo más claro: el Matrimonio Igualitario supuso una de las mejores cosas que podrían haberle ocurrido a las lesbianas, gais y bisexuales de nuestro país, pero también una de las peores que le han sucedido a nuestro agonizante movimiento social.

Suele suceder que tras conseguir un gran objetivo se produce una cierta suspensión en el pensamiento activista, y que se tarda algún tiempo en construir una nueva -o renovada- teoría crítica de la realidad que, desde un análisis global, pueda ofrecer sendas respuestas a las múltiples manifestaciones de la discriminación con que puede toparse el movimiento social en cuestión. C

reo que para seguir avanzando necesitamos reconstruir nuestros análisis y replantear nuestras estrategias, y que para ello será absolutamente imprescindible recuperar nuestra capacidad para imaginar una utopía futura hacia la que dirigir nuestros pasos. Y para llevar a cabo esa tarea, más difícil de lo que suponemos, de la imaginación a futuro, necesitamos ahora más que nunca de la Cultura.

La mayoría de las entidades que conforman lo que llamamos el «movimiento LGTB» dedican algo de su tiempo a hablar de una Cultura etiquetada como «LGTB». En cada Orgullo hay siempre un pequeño espacio reservado al cine o a la literatura.

Algunas lo hacen de un modo sobresaliente. Otras no tanto. Pero yo no dejo de preguntarme por qué los creadores de esa Cultura solemos caminar siempre al margen de esas entidades, y durante las manifestaciones que tienen lugar en cada vez más capitales de nuestra geografía se quedan en casa, acuden como espectadores, o -en menor número- participamos activamente en esas asociaciones pero para reivindicar lo que toque ese año determinado, no la centralidad estratégica de la producción cultural con sello «LGTB».

Cineastas, artistas plásticos, dramaturgos, músicos, escritores, investigadores... suponemos una pléyade que, quizá por serlo, suele desvincularse del activismo más oficial, y desarrolla su labor imprescindible al margen de las líneas oficiales del discurso reivindicativo. En esos márgenes se condena a la «desinfluencia», a un activismo puramente individual. Y es algo que debemos cambiar.

Por eso para este Orgullo de 2018 que ya se aproxima quiero lanzar una propuesta: que quienes nos dedicamos a la producción cultural sobre la realidad «LGTB» abandonemos nuestros márgenes individuales y reivindiquemos colectivamente que la atención a la Cultura resulta estratégicamente imprescindible.

Quiero llamar a quienes pintan, componen, escriben, investigan, etc., a aunarnos en un bloque cultural dentro del Orgullo. Me imagino a alguien como mi querido Eduardo Mendicutti abanderado con el arcoíris. Me imagino cartelones que exhiban obras de arte, canciones bajo las banderas.

Me imagino recitando a coro un poema de Cernuda como si fuera una consigna reivindicativa, por que lo es. Me imagino también una pancarta, sencilla, que simplemente pregunte «¿Dónde está Lorca?», en el 120 aniversario del nacimiento del poeta. Me imagino reivindicar la Cultura mientras avanzamos en la manifestación, para hacer un Orgullo diferente, que vaya mucho más allá de lo festivo y la reivindicación concreta. Me imagino un Orgullo que imagine un mundo mejor, y lo haga gracias y a través de la Cultura.

Ha llegado el momento de crear algo a lo que podríamos llamar, entre burlas y veras, la Liga Artístico-Cultural AntiHomofobia (la LACAH). Y creo que iré llamándoos, y esperando vuestra llamada, para que en este 7 de julio nos reunamos todos y todas en el Orgullo y hagamos algo diferente, potente y, sobre todo, imaginativo, que nos ayude a seguir avanzando. Porque el Orgullo se muere, pero la Cultura está viva. ¡A la Liga, a la Liga!

¿Te interesa el contenido?

  

Cáscara amarga no se hace responsable de las opiniones de los firmantes en la sección Opinión de este periódico.