Testigos de un tiempo maldito

Además de ser un excelente documental forma parte de un proyecto más amplio de Javier Larrauri por recuperar la memoria de las personas represaliadas por el régimen franquista a causa de su género, orientación sexual o identidad de género.

05/08/2013 - Eduardo Nabal Como ha declarado el propio director de una obra colectiva e impagable es díficil ver Testigos de un tiempo maldito sin sentir rabia e indignación, solo salvadas por el humor y desparpajo de algunas de las personas que cuentan su dificil andadura por la libertad sexual en tiempos de beatería, militarismo, miedo y doble moral. El director, que trabaja también en un proyecto sobre mujeres republicanas, echa de menos el testimonio de más lesbianas en un filme sobre todo protagonizado por gays y transexuales.

También explica la invisiblidad de la sexualidad femenina en la época y cómo el estigma caía más fácil sobre los y las trans o los gays visbiles o con pluma. Las mujeres no eran reconocidas como sujetos sexuados. Mezclando entrevistas con imágenes de archivo, no estamos ante nada nuevo –ahi está por ejemplo el documental Parágrafo 175 de Jeffrey Friedan y Bob Epstein, sobre el nazismo y los campos de concentración– pero sí ante una serie de testimonios variados, valiosos y urgentes que destacan por su compromiso con gente que aún no ha obtenido reparación alguna, ni moral ni material, a la violencia física o psicológica que las autoridades del momento ejercían sobre sus cuerpos y sus mentes.

El miedo, la doble vida, los lugares clandestinos, la doble discriminación de las lesbianas son algunos de los temas de Testigos de un tiempo maldito que se ha podido ver a lo largo de toda esta semana en Madrid y que ya ha iniciado su más que necesario peregrinaje por otras ciudades del Estado.

Estamos ante un documental ameno, donde no falta la ironía para referirse a aquellos que cercenaban la libertad, primero bajo la Ley de Vagos y Malantes y luego bajo la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social dictada en 1970 y que incluía también a mendigos y prostitutas. Sacerdotes, médicos y policías son los protagonistas más tristes de un filme ameno que, a pesar de la dureza del tema o los temas que aborda, logra entretener y cautivar con su audacia audiovisual.

El documental como herramienta pedagógica tiene sus límites, pero eso no lo hace innecesario, máxime en tiempos en los que se intenta borrar la memoria y son juzgados los que quieren investigarla en vez de aquellos que asesinaron, encarcelaron o secuestraron las vidas y experiencias de gentes marcadas por el machismo y la intolerancia. Testigos de un tiempo maldito es un filme que, de pronto, y ante la política gubernamental se vuelve en algo más que un conmovedor testimonio o conjunto de testimonios sino en una urgente arma contra el silencio y el miedo impuestos desde el poder.

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