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Relato erótico: Morbo y desenfreno con un bisex (I)

Parecía un locutor de radio erótica que estuviera 24 horas sin parar de contar encuentros sexuales. Él, por su parte, estaba obnubilado con mis músculos, me pidió permiso para tocar y vaya si tocó. Si le dejo me desnuda allí mismo...

encuentro sexual gayLuis es ese amigo heterosexual que merece la pena tener. Educado, divertido, culto y comprensivo, siempre es un placer pasar un rato con él y conversar sobre cualquier cosa. Esa noche fuimos a tomar una copa a un bar de heteros. A mí la verdad me daba un poco igual, de hecho ni lo conocía, con tal de pasar un rato divertido y agradable ya me daba por contento. Además, siempre con Luis pasan cosas interesantes. Es un tipo improvisador, impredecible y abierto a todo. Precisamente eso es lo que más me gusta de él. Siempre transmite confianza y seguridad y yo me impregno de él siempre que pasamos tiempo juntos.

El sitio era muy cool, con sillones muy cómodos, música agradable y la luz justa para lanzarse a conocer gente nueva. Enfrente de nosotros, una parejita hetero no le quitaba el ojo a Luis. Yo ya me había dado cuenta, pero él me lo comentó por lo bajo: “esos buscan carne fresca”, me susurró. A Luis le gustaba de vez en cuando experimentar nuevas aventuras sexuales. Hacer un trío con una pareja era una de sus prácticas habituales, también le gustaba el sexo en grupo, fiestas de máscaras y un sinfín de cosas típicas de heteros que siempre me contaba en nuestras conversaciones. Antes de que me diera cuenta ya estaba hablando con ellos y enseguida me los presentó. Confieso que me sentí un tanto incómodo, porque no me apetecía conocer a nadie en ese momento, pero eran muy simpáticos, ella rubia y exuberante y él pequeñito, delgadito y bien vestido. Rondaría los 40 años y noté enseguida que me desnudaba con la mirada

“Es bi, me lo ha dicho su mujer, si te gusta nos lo montamos los cuatro”, me dijo Luis al oído. Le miré con una mezcla de reproche y de pudor. ¡Habíamos salido sólo a tomar una copa! No me apetecía nada ponerme a ligar con un desconocido. Apareció fugazmente en mi cabeza Quimi, al que hacía ya casi dos meses que no veía, aunque después de lo del bus casi prefería no verlo.

El tipo tenía una verborrea muy sexy, realmente es lo que me embaucó. No tenía un físico que enganchara, ni tampoco era guapo, ni tenía buen culo, ni nada que llamara la atención, pero tenía un tono de voz y usaba unas palabras que me estaban poniendo muy caliente. Parecía un locutor de radio erótica que estuviera 24 horas sin parar de contar encuentros sexuales. Él, por su parte, estaba obnubilado con mis músculos, me pidió permiso para tocar y vaya si tocó. Si le dejo me desnuda allí mismo.

Me estrujó los brazos de arriba abajo hasta llegar a la palma de la mano donde me acarició los dedos fugazmente. Confieso que me ruboricé. Me gustaba cómo se lo montaba ese tío. Después pasó la mano por mis abdominales y el pecho. Pellizcó mis pezones hasta ponerlos erectos y luego rozó suavemente mi bragueta varias veces. Su respiración empezó a acelerarse y me miraba con los ojos entreabiertos cada vez más fuera de sí.

Él notó rápidamente mi erección y me sonrió lascivamente. Yo evité su mirada y busqué a Luis para que me salvara del naufragio… Pero el muy cabrón estaba morreándose con la rubia y metiéndole mano en los sillones. Ahí me desarmé y bajé la guardia. En una décima de segundo tenía al pequeñín encima comiéndome la boca. Era de lengüecilla ágil y vivaracha, muy, muy húmeda, y recorrió con ella mis labios de una forma tan excitante que mojé los calzones a base de bien.

“Mira cómo me estás poniendo, moreno”, me dijo al oído mientras me llevaba la mano a su entrepierna. Uff, aquello sí que me sorprendió. Cómo de un cuerpo tan pequeño podía emerger un apéndice tan grande… Casi se le salía del pantalón. Se dibujaba perfectamente en su bragueta aquel pedazo de pene, con el enorme tallo en medio y el glande peleando por asomar a lo alto. ¡Mamma mía! Me relamí ante aquella visión y le agarré los huevos con lujuria.

Él se estremeció de placer mientras su lengua seguía sembrando el caos en mi boca. Luego metió la mano por detrás y me agarró el culo con una fuerza que me dejó desconcertado. Me dio un cachete en la espalda y clavó su rodilla izquierda en mi pene. Cerré los ojos y me dejé llevar. ¿De dónde había salido aquel tipo? ¡Qué manera de excitarnos!

En ese momento llegó Luis y dijo sonriendo con la rubia besándole en el cuello: “Chicos, ¿nos vamos?”.

Continuará...

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