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Relato erótico: Calor y morbo en el Orgullo Gay

Esta es mi estación favorita y cuando llega el Orgullo me entra una especie de ansiedad sexual que no puedo reprimir. Me dan ganas de tirarme a todo el mundo. Hacía tiempo que no sabía de Joel, pero la verdad, casi lo prefería. Cuando llega el veranito necesito libertad de movimientos y mirar sin parar a un lado y a otro. Hay espectáculos imponentes para la vista en cada rincón de la ciudad y el desfile del Orgullo Gay es para mí como acudir a una orgía de cinco penedores.

Y allí estaba, en una carroza, para verlo todo desde las alturas y disfrutar de los cuerpos y el ambiente del momento. El calor era intenso, pero los manguerazos de agua y las botellas desparramadas por esos bíceps palpitantes hacían olvidar por un momento la tórrida temperatura.

Me encantaba descubrir por todas partes cuerpos sudorosos y gotas de agua deslizándose por cientos de músculos bien definidos y endurecidos en el gimnasio. Por supuesto no tardé en cruzar miradas y en rozar cuerpos carnosos dispuestos a algo más que bailar y desfilar por una avenida atestada de gente.

Noté a alguien bailando detrás de mí, a medio centímetro, podía sentir su respiración. No quise volver la cabeza. Sus manos me cogieron por la cintura. Tenía unas manos enormes, capaces de abarcar mucha, mucha piel. A pesar de su aspecto rudo sabían moverse con delicadeza. Una de ellas llegó a mi ombligo y con un movimiento certero me atrajo con fuerza hasta sentir en mi culo un miembro duro y, en mi imaginación, totalmente descomunal.

Confieso que me excitó la situación, pero dentro de mí sabía que no podía mirar hacia atrás. La magia desaparecería. Era mejor no ver la cara de ese tipo. Sólo quería imaginar lo que mis ojos no debían ver. Sentir y disfrutar el momento sin disponer de toda la información, ese era el reto.

Poco a poco, lo que era una suave danza al ritmo de la música se fue convirtiendo en una envestida tras otra a un ritmo que empezábamos a marcar sólo nosotros. Yo notaba aquel miembro golpeando cada vez más fuerte mis glúteos y sus manos me agarraban las caderas como si tuvieran dos asas para encajarse mejor.

Empecé a sentir una erección increíble en el mini short que llevaba. Instintivamente me desabroché el botón para dejar respirar a la bestia. El tipo de las manos grandes enseguida se dio cuenta de ese detalle y no tardó ni un segundo en meter la mano por mi bragueta y masajear suavemente de arriba abajo todo mi falo. Lo hacía tan bien que enseguida noté cómo palpitaba cada vez que apretaba con firmeza. Primero bajó hasta mis testículos y luego subió hasta el glande, apretando lo justo para ponerme aún más cachondo y, a la vez, con una delicadeza que me dejaba fuera de juego.

Tuve un impulso de mirar atrás y meterle la lengua hasta la garganta, pero pude reprimirlo a tiempo y seguir disfrutando del momento. Cuando mi pene se erguía como un mástil de la Armada Invencible por encima de la cremallera, en un movimiento supersónico, el tipo de un tirón me bajó los shorts hasta los tobillos. Escuché un “Ohhhhhhhhhh” de admiración y muchos aplausos. Allí estaba, en mitad de una carroza llena de gente, con mi pene en su máximo apogeo dispuesto a ser atendido como se merece.

Confieso que me ruboricé un poco. Uno no está acostumbrado a tener tal cantidad de púbico. De repente una boca apareció entre la muchedumbre y decidió dar cobijo a mi miembro con una facilidad impresionante. Deslizó su lengua con una maestría inusitada, mientras, por detrás, sentí algo impresionantemente caliente, acompañado de una respiración descontrolada y gemidos ahogados por el exceso de decibelios del lugar.

Cuando me quise dar cuenta noté dentro de mí a Manos Grandes y Lengua Malvada continuaba con su trabajo oral que me estaba volviendo loco. Decidí agacharme y esconderme entre la multitud de gente que había en la carroza por aquello de no dar más el espectáculo.

Conseguimos entre los tres un ritmo perfecto. Nuestros jadeos se fueron sincronizando de tal manera que el crescendo empezaba a ser casi perfecto. Me concentré como nunca para tratar de encontrar un punto de ebullición que nos hiciera perder el control a los tres al mismo tiempo. No quería perderme ninguna sensación, ningún gramo de morbo, ningún jadeo. Me imaginé el momento con tal claridad que poco a poco se iba convirtiendo en realidad. Cuando noté el primer atisbo de orgasmo dentro de mí, me agarré con fuerza a los muslos de Manos Grandes mientras me hundía aún más en él.

De pronto aceleré el ritmo de la cabalgada al mismo tiempo que agarraba la cabeza de Lengua Malvada para adecuar su lengua a una velocidad mayor. La escena debía ser de lo más excitante. Menos mal que sólo podía vernos la gente de la carroza.

De pronto noté cómo se acercaba el momento. A un ritmo endiablado noté cómo Manos Grandes empezaba a gritar como loco. Cuando emergió mi primera gota blanca noté derramarse al mismo tiempo aquel tipo dentro de mí. ¿Puede haber algo más delicioso? Cuando abrí los ojos y vi a Lengua Malvada con todo el rostro decorado con mazapán comprendí que aquel desfile del Orgullo Gay no se me olvidaría nunca.

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