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Relato erótico: Las termas más calientes

He de decir que no me gusta el agua. Desde siempre, no sé. Soy de los que se mojan los pies hasta el tobillo en la playa, que no soporto que me salpiquen, que tardo en meterme media hora en la piscina… Sin embargo, cuando Rober, mi compañero de trabajo, me invitó a unas termas, un cosquilleo por la espalda me dejó casi bloqueado.

Rober llevaba solos dos meses en la oficina, habíamos tomado un par de cafés y alguna comida junto a otros compañeros, pero ya le había echado yo el ojo. Tenía un estilo chulito que me ponía mucho, un tanto arrogante y con la pausa de los que creen que están dos peldaños por encima del resto. Sin embargo, también daba la sensación de ser tierno como un donuts.

El caso es que me dijo que le habían regalado un circuito termal para dos y lo tenía que disfrutar ese mismo fin de semana o lo perdería, pero no había encontrado a nadie que pudiera acompañarlo. Humm, sonaba un poco raro, pero no quise indagar, le dije que sí y aproveché para taladrarlo con la mirada. Él ni se inmutó y eximió una media sonrisa que me derritió.

Solo la idea de verlo en bañador ya me excitaba. ¿Llevaría slip? ¿Boxer? ¿Bermudas? Tenía mucha curiosidad. También quería ver la planta que tenía. Así que llegamos y en el vestuario no pude evitar fijarme en todos y cada uno de sus músculos. Quitaba el hipo. Estaba esperando ansioso el momento en que se desnudara completamente para ponerse el bañador, pero resulta que ya lo llevaba puesto… ¿No quería que lo viera desnudo? ¿Era una forma de decirme que no iba a pasar nada? Confieso que tuve mis dudas sobre su sexualidad. Juraría que había notado cierto poso homosexual, quizá bisex, no sé, pero ahora confieso que me asaltaron las dudas.

Por fin nos metimos en ese torbellino de burbujas. Yo no dejaba de mirar sus músculos y su bañador. Lo hacía con premeditación y alevosía para ver cómo reaccionaba. Me sostenía la mirada y sonreía de vez en cuando, así que lo interpreté como una buena señal. En la piscina de jacuzzi, entre las burbujas, le rocé con el muslo y él se pegó a mí. No me esperaba esa reacción. Tampoco mi entrepierna que enseguida se puso firme y como un periscopio emergió de sus profundidades para ver qué carajo estaba pasando.

La verdad que sentí un poco de pudor al ver mi tremenda erección. Quise ocultarla, pero era materialmente imposible. Él se dio cuenta de mi cara de circunstancias y se rió. “Parece que las burbujas te sientan bien ¿eh?”.

Yo le sonreí un tanto azorado y cuando quise darme cuenta sentí su mano agarrándome la base del pene con firmeza. Resoplé de placer y lo miré como si fuera a devorarlo allí mismo. Empezó a masajearme el miembro con una maestría que me dejó sin aliento y completamente entregado. Enseguida mi mano empezó a acariciar todos esos músculos que me moría por tocar. Estaban duros y a la vez suaves. Un auténtico placer para los sentidos.

De pronto me estrujó los testículos y emití un gemido con el volumen bastante alto. Yo creo que todos los que estaban allí volvieron sus cabezas. Sentí sus miradas, muchas de ellas verdes de envidia. Rober hizo ademán de quitar la mano pero me negué y le obligué a que continuara cogiéndole del brazo y situando su mano sobre mi miembro.

El siguió masturbándome con un swing que me estaba volviendo loco y yo buscaba entre las burbujas su pene bajo el bañador. Al fin lo encontré y comprobé que estaba tan duro como el mío. Sentí un suspiro por su parte. Abrió sus piernas e irguió su pene para que pudiera disponer de él sin problemas. Entre el agua, el vapor y las burbujas comenzamos a tocarnos con el morbo suficiente para olvidarnos que teníamos compañía e iniciamos una carrera de caballos camino del placer más absoluto.

Rober me marturbaba con fuerza bajo las burbujas del jacuzzi y yo le agarraba los testículos como si fuera a arrancárselos. Si seguíamos a este ritmo era muy posible que llegáramos al orgasmo en muy poco tiempo. Miré a mi alrededor. Un par de parejas de heteros nos miraban a pocos metros pero no parecían molestos, al contrario, creo que estaban excitándose.

Sin embargo decidí parar. Creo que no era el mejor lugar para terminar con confeti y fuegos artificiales aquel ataque de lujuria. Le dije a Rober que mejor nos fuéramos a otro sitio. Él no entendió muy bien esa decisión pero no le quedó otro remedio que aceptarla. Me disponía a salir del jacuzzi cuando noté aún mi potente erección que tiraba con fuerza del bañador.

Me dio un ataque de pudor y volví a entrar en la piscina. Rober se dio cuenta y empezó a reírse sin disimulo. Enseguida noté que me subían los colores. Para según qué cosas se apodera de mí la timidez. Decidí alejarme de allí y nadar unos metros. Para reducir la erección y también la vergüenza. Después de cinco minutos volví a por Rober que seguía con el gesto burlón y mirándome la entrepierna. “¿Ya pasó el mal rato?” – dijo riendo. “Ven, vamos a la sauna” –le dije con decisión.

Entramos en la sauna turca, con esa esencia a menta, con esa humedad, con esa sensación de que el sexo puede empezar en cualquier momento. Nos recostamos en el último rincón, el más oscuro, estábamos chorreando y el ambiente era de lo más excitante. Sin decir una palabra nos quitamos los dos el bañador al mismo tiempo y empezamos a acariciarnos.

Esta vez no teníamos ese impulso animal por el sexo del otro y nos tocamos los muslos, el culo, los pectorales, los bíceps, el pelo, los cuellos, las pantorrillas, los pies… Nos besamos suavemente en los labios elevando nuestra excitación a límites insospechados. Otra vez estábamos a cien. Nos frotamos nuestros penes y nos agarramos por los brazos con mucha fuerza. Como dos gladiadores romanos fuimos aumentando el ritmo hasta arañarnos la espalda.

Él volvió a agarrarme el pene con esa mezcla de maestría y delicadeza que me volvía loco y yo no pude contenerme ni un segundo más y decidí hundir su miembro en mi garganta con una lujuria inusitada. La luz era muy tenue y la temperatura, ya de por sí alta, se elevó aún más en cuestión de minutos. Me encantó escuchar sus gemidos en cada lametón y mirar de reojo su cara de excitación. Tenía los ojos cerrados y podía verle con toda claridad cómo se estremecía cada vez que subía y bajaba con mi lengua y mis labios succionando todos sus rincones.

Él no perdía el tiempo y se dedicó a explorar mi trasero con varios de sus dedos. Nuestros gemidos se entrecruzaron en una curiosa melodía y ambos nos movíamos al ritmo de un placer que iba in crecendo. Notaba nuestros cuerpos cada vez más sudorosos brillando en los pocos destellos de luz del lugar. Cuando estábamos casi a lomos de la lujuria escuchamos la puerta. Alguien había entrado.

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