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Relato érotico | En un día malo, algo muy bueno en un parque… (I)

Era un día de esos que todo se tuerce. Mal ambiente en el trabajo, malas noticias en casa, llovía, hacía frío… Cualquier cosa salía mal. Así que decidí dar un paseo. Serían ya casi las doce de la noche, hacía frío y olía a hierba mojada. Me apetecía respirar aire puro. No escuchar nada ni cruzarme con nadie. Solo quería echar un pitillo y olvidarme del mundo. Acabé en un parque a media hora de mi casa donde solía ir con mi esposa y los niños alguna tarde. Un sitio muy bullicioso por el día, pero un completo desconocido por la noche.

Respiré hondo y mis pulmones se llenaron de aire limpio y húmedo por la reciente lluvia. Me relajé al instante y decidí sentarme en un banco. Aunque estaba mojado no me importó y decidí encender ese cigarro con el que llevaba pensando todo el día. Agudicé el oído para escuchar el silencio, pero escuché un sonido extraño. Di una calada al cigarro y esperé unos segundos para exhalar. ¿Qué era aquello? Miré a todas partes y no vi nada. Sin embargo esos sonidos me habían llamado la atención.

Como un perrillo buscando un hueso me puse a explorar y comprobé que los sonidos me llegaban con más claridad. De pronto detrás de un enorme seto detecté un leve movimiento de hojas… Me acerqué con sigilo y escuché claramente unos gemidos. Me quedé petrificado. No sé por qué pero me imaginaba que sería un animal… un jabalí o algo así… ¿un jabalí en un parque? Bueno, a juzgar por lo que vi, no parecía tan descabellado…

Sin hacer ruido llegué al seto y miré con un poco de miedo. Entonces vi a dos tíos en su máximo apogeo. Uno le penetraba por detrás mientras el otro, agarrado al árbol, de pie, esgrimía alaridos sordos en cada embestida. Me quedé tan alucinado que ni siquiera traté de ocultarme. No me esperaba esa escena y no sabía cómo reaccionar, aunque confieso que noté un calor instantáneo en mi bragueta. Ambos volvieron sus cabezas hacia mí y yo me sentí un poco ruborizado, pero continuaron a lo suyo sin problemas. Lo lógico es que hubiera salido de allí espantado, pero el morbo se apoderó de mí y no podía despegar mis ojos de aquellos dos tipos.

Quizá porque no había visto a nadie follar de cerca, ya fueran heteros o gays, o porque en el fondo necesitaba sexo exprés, el caso es que noté una tremenda erección que me dejó sorprendido. Enseguida el chico de los gemidos, que tendría treintaypocos, rubio y robusto, alargó su mano hacia mí a la altura de mi entrepierna. Instintivamente me eché hacia atrás, pero por mucho que tratara de ocultarlo, mi bulto crecía cada vez más y más, así que no pude evitar bajarme la cremallera. Comprobé el tremendo mástil que tenía entre mis piernas. ¡Me estaba poniendo a mil viendo a dos tíos follar!

El rubio volvió a alargar la mano y esta vez le di lo que quería. La cogió con gusto y empezó a masajearla de arriba abajo con fuerza. Entonces comenzó a tirar de ella y yo di varios pasos hacia adelante hasta que se la metió en la boca y succionó como un loco. Sus gemidos aumentaron de intensidad pero esta vez más apagados porque su lengua estaba ocupada. Suspiré y aunque traté de permanecer tranquilo ante lo que estaba ocurriendo, el muy cabrón sabía hacerlo muy bien y pronto empecé a gruñir como él.

Jamás había gemido así. Me estaba haciendo una felación un tío y me encantaba. Esa era la realidad. Comprobé que no tenía nada que ver a cómo me lo hacía mi mujer. Sin duda esto me gustaba mucho más y lejos de reprimirme decidí disfrutar y dejarme llevar. El día había sido demasiado malo como para ahora tener problemas morales también. El rubio me agarró los huevos con fuerza y me estremecí de placer mientras seguía lamiendo y chupando con rabia. En realidad era justo lo que necesitaba, qué más daba el tipo de lengua.

Continuación En un día muy malo, algo muy bueno (y II)

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