Vergüenza ajena

Hay movimientos sociales que provocan simpatía, adhesión sentimental o, cuando menos, respeto. El movimiento social por la independencia de Cataluña, sin embargo, lo único que me provoca a mí es un profundo sentimiento de vergüenza ajena.

OPINIÓN

Trataré de explicar qué:

Cuando yo era joven pertenecí a movimientos sociales de izquierdas que querían cambiar la sociedad. Luchábamos por acabar con una dictadura, luchábamos por conquistar derechos tan básicos del ser humano como la libertad de expresión, de reunión, de asociación, luchábamos para poder elegir a nuestros gobernantes, luchábamos por vivir en un estado laico, por la separación de poderes, luchábamos por algo tan elemental como el derecho al divorcio, al aborto, a la asistencia sanitaria universal, etc.

Pues bien, todo eso lo conseguimos, poco a poco, en este país, después de morir Franco. Los catalanes consiguieron, además, un estatuto de autonomía; es decir: un parlamento propio, un gobierno propio, policía propia, televisión propia, etc. Lo consiguieron prácticamente todo. Hoy gestionan la educación, la sanidad, el tráfico, etc. Todo lo que es competencia de cualquier estado lo gestionan ellos mismos en su territorio. Incluso han logrado imponer una sola lengua, la catalana, en detrimento de la lengua común de todos los españoles, que está prácticamente prohibida allí. A ese estado de cosas se ha llegado en Cataluña. Lo único que les falta ya es poner una frontera con el resto de España y expedir un pasaporte distinto a sus ciudadanos. Y ese es precisamente el objetivo por el que lucha el movimiento nacionalista catalán con tanto fervor y por el que se movilizan las masas: por poner una frontera y por tener un pasaporte distinto. Es decir, una vez conseguidos todos los derechos posibles que puede obtener el ser humano en una sociedad democrática, ese movimiento nacionalista ha comenzado a luchar ahora con un único propósito: cercenar sus propios derechos, limitar su libertad y dejar de aprovecharse de ciertas ventajas que ahora tienen.

Es un movimiento absolutamente irracional y estúpido dado que solo busca perjudicarse a sí mismo.

Es un movimiento absolutamente irracional y estúpido dado que solo busca perjudicarse a sí mismo. No es un movimiento solidario que lucha por una causa noble, hermosa, justa, que favorezca la convivencia, el amor y la fraternidad entre los seres humanos. Es un movimiento fascista, un movimiento xenófobo, un movimiento racista, un movimiento insolidario al que sólo mueve el odio. Y eso es lo que me provoca un profundo sentimiento de vergüenza ajena.

El movimiento nacionalista catalán es fascista porque todos los movimientos nacionalistas lo son. Lo son per se. No hay ni ha habido nunca un movimiento nacionalista que no lo sea (exceptuando algunos casos muy concretos en que hubo ocupación de un país por parte de otro). El movimiento nacionalista catalán es fascista en su espíritu, pero también en la forma: la exhibición abusiva de banderas esteladas me recuerda demasiado a la exhibición abusiva de banderas nazis durante el Tercer Reich. No puedo evitarlo. Y el rechazo de los catalanes por los españoles (a los que consideran seres de segunda categoría) me recuerda también al odio de los nazis por los judíos.

El movimiento nacionalista catalán es xenófobo porque busca la segregación de la supuesta nación catalana (que ellos creen singular y homogénea) del resto de la sociedad nacional a la que pertenecen. Es decir: odian al extranjero y el extranjero en este caso es el español. Y le odian tanto que no quieren el menor contacto con él, ni humano, ni cultural, ni lingüístico. Sólo porque son xenófobos quieren poner una frontera entre España y Cataluña.

El movimiento nacionalista catalán es racista, supremacista, cree que el catalán es superior, distinto, mejor en algún sentido al resto de los españoles, a los que desprecia por considerarlos personas de inferior categoría. El nacionalista catalán no para de exigir constantemente que se reconozca su “singularidad”. Es su eterna cantinela desde que murió Franco hasta nuestros días: que se reconozca su “singularidad”. Pues me gustaría saber en qué consiste tal singularidad.

El movimiento nacionalista catalán es racista, supremacista, cree que el catalán es superior, distinto.

¿Tienen los catalanes tres ojos y el resto de los españoles sólo dos? ¿Acaso los catalanes no transpiran, no se cansan, no duermen, no comen por la boca o no respiran aire por la nariz como el resto de los españoles? ¿Acaso los catalanes no descienden del mono y el resto de los españoles sí? Por favor, que alguien me diga en qué consiste la singularidad de los catalanes. ¿Acaso son todos ellos rubios y el resto de los españoles morenos? ¿Acaso son todos ellos guapos y el resto de los españoles feos? ¿Acaso son todos ellos altos y el resto de los españoles bajitos? ¿Acaso son todos ellos listos y el resto de los españoles tontos?

El movimiento nacionalista catalán es un movimiento insolidario. Se fundamenta en la idea de que Cataluña es más rica que el resto de España para demostrar el agravio a que es sometida, ya que da al estado mucho más de lo que recibe de él. Creen los nacionalistas que les perjudica formar parte de España y quieren ser un país independiente para disfrutar ellos solos de su riqueza y no tener que compartirla con nadie. Gritan una y otra vez: “¡España nos roba!” Yo ignoro si es verdad o no lo que dicen, pero aún así, suponiendo que Cataluña fuera más rica que el resto de España y aportara más de lo que recibe, ¿no ocurre lo mismo en todos los países del mundo, grandes o pequeños; es decir: que unas zonas son más ricas que otras, que unas regiones son más productivas que otras, que unas provincias son más afortunadas que otras por su situación geográfica, su clima, su orografía, etc. y no por ello se separan las zonas ricas de las pobres? Es que en una misma Cataluña independiente seguiría habiendo unas zonas ricas y otras pobres. ¿Tendría que separarse entonces, y por el mismo motivo, la provincia más rica de Cataluña de las que no lo son tanto para no tener que compartir su riqueza con ellas ni verse perjudicada? Sí, claro. Pero es que, llegados a tal extremo, en una supuesta provincia de Barcelona independiente, también habría unas comarcas ricas y otras menos ricas, y por la misma regla de tres, las zonas ricas tendrían derecho a separarse de las pobres, etc.

Es decir, por la misma regla de insolidaridad, la humanidad toda volvería a fraccionarse y a atomizarse hasta llegar al núcleo social más pequeño posible: la tribu. Y, en tal caso, si todos los nacionalismos irracionales, estúpidos, insolidarios que hay en la tierra triunfaran y consiguieran sus objetivos, la humanidad entera retrocedería al principio de los tiempos, volveríamos a la barbarie más absoluta.

El odio es lo único que les da energía.

Un ejemplo práctico lo tendríamos en España: si Cataluña consigue su independencia, más pronto que tarde también la conseguirá Euskadi y, a continuación, Galicia y luego Andalucía y Asturias y Valencia y Baleares y Aragón y Navarra y Extremadura… y así hasta convertir este pequeño país en mil estados distintos. ¿Es ese el objetivo de las personas inteligentes, cultas, modernas que han oído hablar de la ley de la relatividad y del origen de las especies: volver a los primitivos estados feudales de hace ochocientos años, o a las tribus unifamiliares de los primeros agrupamientos humanos de hace diez mil, quince mil años? Pues eso es, ni más ni menos, a lo que conduce la insolidaridad del movimiento nacionalista catalán: al estado feudal y, en último término, a la tribu.

El movimiento nacionalista catalán es un movimiento absolutamente irracional y estúpido porque, aunque parezca mentira, sólo busca perjudicarse a sí mismo y al propio pueblo al que dice defender. Veamos sólo tres ejemplos:

En primer lugar, quieren poner unas fronteras donde no las hay, lo que ya es un sinsentido. O sea, si hasta hoy la gente podía moverse libremente por esta tierra, ellos quieren impedirlo imponiendo todas esas normas y trámites que se necesitan para circular por el extranjero: pasaportes, visados, pagos de aranceles y ese tipo de cosas.

En segundo lugar, se han propuesto como uno de sus objetivos principales dejar de hablar una de las dos lenguas que ellos mismos hablan todavía para acabar hablando sólo una. Lo que significa que intentan mermar y disminuir su capacidad de comunicación con otras personas. Quieren encerrarse a sí mismos en una especie de paraíso endogámico o gueto étnico y lingüístico, donde nada del exterior (o al menos de España) pueda contaminarles. Es decir, quieren suprimir por completo el uso del castellano, un idioma que hablan quinientos millones de personas en todo el mundo, y hablar sólo el catalán, un idioma minoritario que sólo conocen ellos mismos y alguna región próxima: unos diez millones de personas como máximo. La llamada “inmersión lingüística” sólo persigue ese objetivo. De hecho, la imposición del catalán está ocurriendo ya a nivel institucional, de forma sistemática, en toda Cataluña, con la connivencia cobarde o la indiferencia del gobierno central, que ha dejado abandonados a su suerte a los castellanoparlantes de esa región, muchos de los cuales, para no sentirse huérfanos (o para no estar fuera del redil), se han pasado con tanta facilidad a las filas del nacionalismo independentista. Uno se pregunta cómo es posible que esas personas quieran perder la ventaja de hablar dos idiomas (que aprenden de forma natural y espontánea desde niños, sin apenas darse cuenta) para hablar sólo uno, que el idioma que rechazan sea precisamente el más importante y el que quieren mantener sea el menos útil, el que no habla nadie más que ellos mismos, algo que les perjudica claramente. Sólo se me ocurre una respuesta: lo hacen por odio. Actúan así por odio. Los nacionalistas catalanes canalizan toda su energía a través del odio. O, mejor dicho, el odio es lo único que les da energía. Sólo les mueve el odio. Sienten ese odio estúpido e irracional, tan habitual en todos los fanáticos de cualquier parte del mundo (sean del creo que sean), ese odio ciego, primitivo y visceral que subyace aún en aquellos seres poco evolucionados, de mentalidad estrecha y corazón mezquino que sueñan con volver de nuevo a la tribu.

Pondré un último ejemplo de la irracionalidad y la estupidez del nacionalismo catalán. El Barcelona Club de Fútbol es una de las instituciones más relevantes del nacionalismo catalán. Es su buque insignia, por así decirlo. Algo que les llena de orgullo, y con razón, por sus éxitos y por la fuerza mediática de sus jugadores, que llevan el nombre de Barcelona y de Cataluña a todos los rincones del mundo.

Pues bien, en una Cataluña independiente ese club tan prestigioso y tan importante dejaría de existir, desaparecería en la más absoluta irrelevancia. Es decir, si ese equipo no jugara en la Liga Española y tuviera que hacerlo en una Liga Catalana (con el Lleida, el Mataró, el Figueres, en vez de con el Real Madrid, con el Athletic o con el Valencia, etc.), el Barça sencillamente dejaría de existir. No tendría espectadores suficientes ni interesaría su juego a nadie, excepto a los propios catalanes. Sin rivales importantes y sin espectadores, sus ingresos bajarían drásticamente. Al carecer de dinero, no podría contratar ya a grandes jugadores y en poco tiempo acabaría convertido en poco menos que en un equipo de tercera. Ese sería el destino inevitable del que ahora consideran “más que un club” en una Cataluña independiente. Resulta, pues, paradójico que España, a pesar de todo, sea la razón de ser de ese equipo.

Pues sin España (o fuera de España) el Barça no tiene nada que hacer. Y aún así, el Barça es uno de los motores más activos del nacionalismo catalán. Este es un ejemplo más de la irracionalidad y la estupidez del movimiento social por la independencia de Cataluña, un movimiento claramente fascista, dirigido, como siempre, por un grupo de demagogos e iluminados, un movimiento racista, xenófobo e insolidario, por el que no puedo sentir ningún respeto (como lo siento por tantas otras cosas que no comparto), sino que me produce, como dije al principio, un profundo sentimiento de vergüenza ajena.

Pedro Menchén es escritor. Su último libro publicado es una autobiografía titulada Escrito en el agua (Odisea Editorial)

Cuando yo era joven pertenecí a movimientos sociales de izquierdas que querían cambiar la sociedad. Luchábamos por acabar con una dictadura, luchábamos por conquistar derechos tan básicos del ser humano como la libertad de expresión, de reunión, de asociación, luchábamos para poder elegir a nuestros gobernantes, luchábamos por vivir en un estado laico, por la separación de poderes, luchábamos por algo tan elemental como el derecho al divorcio, al aborto, a la asistencia sanitaria universal, etc. Pues bien, todo eso lo conseguimos, poco a poco, en este país, después de morir Franco. Los catalanes consiguieron, además, un estatuto de autonomía; es decir: un parlamento propio, un gobierno propio, policía propia, televisión propia, etc. Lo consiguieron prácticamente todo. Hoy gestionan la educación, la sanidad, el tráfico, etc. Todo lo que es competencia de cualquier estado lo gestionan ellos mismos en su territorio. Incluso han logrado imponer una sola lengua, la catalana, en detrimento de la lengua común de todos los españoles, que está prácticamente prohibida allí. A ese estado de cosas se ha llegado en Cataluña. Lo único que les falta ya es poner una frontera con el resto de España y expedir un pasaporte distinto a sus ciudadanos. Y ese es precisamente el objetivo por el que lucha el movimiento nacionalista catalán con tanto fervor y por el que se movilizan las masas: por poner una frontera y por tener un pasaporte distinto. Es decir, una vez conseguidos todos los derechos posibles que puede obtener el ser humano en una sociedad democrática, ese movimiento nacionalista ha comenzado a luchar ahora con un único propósito: cercenar sus propios derechos, limitar su libertad y dejar de aprovecharse de ciertas ventajas que ahora tienen. Es un moviendo absolutamente irracional y estúpido dado que solo busca perjudicarse a sí mismo. No es un movimiento solidario que lucha por una causa noble, hermosa, justa, que favorezca la convivencia, el amor y la fraternidad entre los seres humanos. Es un movimiento fascista, un movimiento xenófobo, un movimiento racista, un movimiento insolidario al que sólo mueve el odio. Y eso es lo que me provoca un profundo sentimiento de vergüenza ajena.
El movimiento nacionalista catalán es fascista porque todos los movimientos nacionalistas lo son. Lo son per se. No hay ni ha habido nunca un movimiento nacionalista que no lo sea (exceptuando algunos casos muy concretos en que hubo ocupación de un país por parte de otro). El movimiento nacionalista catalán es fascista en su espíritu, pero también en la forma: la exhibición abusiva de banderas esteladas me recuerda demasiado a la exhibición abusiva de banderas nazis durante el Tercer Reich. No puedo evitarlo. Y el rechazo de los catalanes por los españoles (a los que consideran seres de segunda categoría) me recuerda también al odio de los nazis por los judíos.
El movimiento nacionalista catalán es xenófobo porque busca la segregación de la supuesta nación catalana (que ellos creen singular y homogénea) del resto de la sociedad nacional a la que pertenecen. Es decir: odian al extranjero y el extranjero en este caso es el español. Y le odian tanto que no quieren el menor contacto con él, ni humano, ni cultural, ni lingüístico. Sólo porque son xenófobos quieren poner una frontera entre España y Cataluña.
El movimiento nacionalista catalán es racista, supremacista, cree que el catalán es superior, distinto, mejor en algún sentido al resto de los españoles, a los que desprecia por considerarlos personas de inferior categoría. El nacionalista catalán no para de exigir constantemente que se reconozca su “singularidad”. Es su eterna cantinela desde que murió Franco hasta nuestros días: que se reconozca su “singularidad”. Pues me gustaría saber en qué consiste tal singularidad. ¿Tienen los catalanes tres ojos y el resto de los españoles sólo dos? ¿Acaso los catalanes no transpiran, no se cansan, no duermen, no comen por la boca o no respiran aire por la nariz como el resto de los españoles? ¿Acaso los catalanes no descienden del mono y el resto de los españoles sí? Por favor, que alguien me diga en qué consiste la singularidad de los catalanes. ¿Acaso son todos ellos rubios y el resto de los españoles morenos? ¿Acaso son todos ellos guapos y el resto de los españoles feos? ¿Acaso son todos ellos altos y el resto de los españoles bajitos? ¿Acaso son todos ellos listos y el resto de los españoles tontos?
El movimiento nacionalista catalán es un movimiento insolidario. Se fundamenta en la idea de que Cataluña es más rica que el resto de España para demostrar el agravio a que es sometida, ya que da al estado mucho más de lo que recibe de él. Creen los nacionalistas que les perjudica formar parte de España y quieren ser un país independiente para disfrutar ellos solos de su riqueza y no tener que compartirla con nadie. Gritan una y otra vez: “¡España nos roba!” Yo ignoro si es verdad o no lo que dicen, pero aún así, suponiendo que Cataluña fuera más rica que el resto de España y aportara más de lo que recibe, ¿no ocurre lo mismo en todos los países del mundo, grandes o pequeños; es decir: que unas zonas son más ricas que otras, que unas regiones son más productivas que otras, que unas provincias son más afortunadas que otras por su situación geográfica, su clima, su orografía, etc. y no por ello se separan las zonas ricas de las pobres? Es que en una misma Cataluña independiente seguiría habiendo unas zonas ricas y otras pobres. ¿Tendría que separarse entonces, y por el mismo motivo, la provincia más rica de Cataluña de las que no lo son tanto para no tener que compartir su riqueza con ellas ni verse perjudicada? Sí, claro. Pero es que, llegados a tal extremo, en una supuesta provincia de Barcelona independiente, también habría unas comarcas ricas y otras menos ricas, y por la misma regla de tres, las zonas ricas tendrían derecho a separarse de las pobres, etc. Es decir, por la misma regla de insolidaridad, la humanidad toda volvería a fraccionarse y a atomizarse hasta llegar al núcleo social más pequeño posible: la tribu. Y, en tal caso, si todos los nacionalismos irracionales, estúpidos, insolidarios que hay en la tierra triunfaran y consiguieran sus objetivos, la humanidad entera retrocedería al principio de los tiempos, volveríamos a la barbarie más absoluta. Un ejemplo práctico lo tendríamos en España: si Cataluña consigue su independencia, más pronto que tarde también la conseguirá Euskadi y, a continuación, Galicia y luego Andalucía y Asturias y Valencia y Baleares y Aragón y Navarra y Extremadura… y así hasta convertir este pequeño país en mil estados distintos. ¿Es ese el objetivo de las personas inteligentes, cultas, modernas que han oído hablar de la ley de la relatividad y del origen de las especies: volver a los primitivos estados feudales de hace ochocientos años, o a las tribus unifamiliares de los primeros agrupamientos humanos de hace diez mil, quince mil años? Pues eso es, ni más ni menos, a lo que conduce la insolidaridad del movimiento nacionalista catalán: al estado feudal y, en último término, a la tribu.
El movimiento nacionalista catalán es un movimiento absolutamente irracional y estúpido porque, aunque parezca mentira, sólo busca perjudicarse a sí mismo y al propio pueblo al que dice defender. Veamos sólo tres ejemplos:
En primer lugar, quieren poner unas fronteras donde no las hay, lo que ya es un sinsentido. O sea, si hasta hoy la gente podía moverse libremente por esta tierra, ellos quieren impedirlo imponiendo todas esas normas y trámites que se necesitan para circular por el extranjero: pasaportes, visados, pagos de aranceles y ese tipo de cosas.
En segundo lugar, se han propuesto como uno de sus objetivos principales dejar de hablar una de las dos lenguas que ellos mismos hablan todavía para acabar hablando sólo una. Lo que significa que intentan mermar y disminuir su capacidad de comunicación con otras personas. Quieren encerrarse a sí mismos en una especie de paraíso endogámico o gueto étnico y lingüístico, donde nada del exterior (o al menos de España) pueda contaminarles. Es decir, quieren suprimir por completo el uso del castellano, un idioma que hablan quinientos millones de personas en todo el mundo, y hablar sólo el catalán, un idioma minoritario que sólo conocen ellos mismos y alguna región próxima: unos diez millones de personas como máximo. La llamada “inmersión lingüística” sólo persigue ese objetivo. De hecho, la imposición del catalán está ocurriendo ya a nivel institucional, de forma sistemática, en toda Cataluña, con la connivencia cobarde o la indiferencia del gobierno central, que ha dejado abandonados a su suerte a los castellanoparlantes de esa región, muchos de los cuales, para no sentirse huérfanos (o para no estar fuera del redil), se han pasado con tanta facilidad a las filas del nacionalismo independentista. Uno se pregunta cómo es posible que esas personas quieran perder la ventaja de hablar dos idiomas (que aprenden de forma natural y espontánea desde niños, sin apenas darse cuenta) para hablar sólo uno, que el idioma que rechazan sea precisamente el más importante y el que quieren mantener sea el menos útil, el que no habla nadie más que ellos mismos, algo que les perjudica claramente. Sólo se me ocurre una respuesta: lo hacen por odio. Actúan así por odio. Los nacionalistas catalanes canalizan toda su energía a través del odio. O, mejor dicho, el odio es lo único que les da energía. Sólo les mueve el odio. Sienten ese odio estúpido e irracional, tan habitual en todos los fanáticos de cualquier parte del mundo (sean del creo que sean), ese odio ciego, primitivo y visceral que subyace aún en aquellos seres poco evolucionados, de mentalidad estrecha y corazón mezquino que sueñan con volver de nuevo a la tribu.
Pondré un último ejemplo de la irracionalidad y la estupidez del nacionalismo catalán. El Barcelona Club de Fútbol es una de las instituciones más relevantes del nacionalismo catalán. Es su buque insignia, por así decirlo. Algo que les llena de orgullo, y con razón, por sus éxitos y por la fuerza mediática de sus jugadores, que llevan el nombre de Barcelona y de Cataluña a todos los rincones del mundo. Pues bien, en una Cataluña independiente ese club tan prestigioso y tan importante dejaría de existir, desaparecería en la más absoluta irrelevancia. Es decir, si ese quipo no jugara en la Liga Española y tuviera que hacerlo en una Liga Catalana (con el Lleida, el Mataró, el Figueres, en vez de con el Real Madrid, con el Athletic o con el Valencia, etc.), el Barça sencillamente dejaría de existir. No tendría espectadores suficientes ni interesaría su juego a nadie, excepto a los propios catalanes. Sin rivales importantes y sin espectadores, sus ingresos bajarían drásticamente. Al carecer de dinero, no podría contratar ya a grandes jugadores y en poco tiempo acabaría convertido en poco menos que en un equipo de tercera. Ese sería el destino inevitable del que ahora consideran “más que un club” en una Cataluña independiente. Resulta, pues, paradójico que España, a pesar de todo, sea la razón de ser de ese equipo. Pues sin España (o fuera de España) el Barça no tiene nada que hacer. Y aún así, el Barça es uno de los motores más activos del nacionalismo catalán. Este es un ejemplo más de la irracionalidad y la estupidez del movimiento social por la independencia de Cataluña, un movimiento claramente fascista, dirigido, como siempre, por un grupo de demagogos e iluminados, un movimiento racista, xenófobo e insolidario, por el que no puedo sentir ningún respeto (como lo siento por tantas otras cosas que no comparto), sino que me produce, como dije al principio, un profundo sentimiento de vergüenza ajena.

 

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