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Berkana: cuando los libros no son solo libros

El posible cierre de la librería Berkana por sus problemas económicos ha salido a luz estos días. A través de una petición en redes sociales sus propietarias, Mili y Mar, han pedido ayuda a través de la compra de libros o patrocinando estanterías.

Desde hace años el principal reto al que se enfrentan librerías, creadores, distribuidores y puntos de venta, temáticos o no, es bien difícil: volver a demostrar que la cultura, la de verdad, tiene un precio. Aunque suene ridículo, parece ser que cada día es más difícil hacer entender a las personas que la cultura no nace en los árboles, que tiene un coste para el que la crea y la difunde y también debería tenerlo para el que la consume. La mal llamada cultura de lo gratis está destrozando no solo a la literatura, que siempre acaba siendo la peor parada, sino también, entre otros muchos damnificados, a un sector audiovisual desesperado o a un agónico mundo discográfico.

Por eso odio Internet. Y no lo digo a la ligera, ya soy famoso en mi círculo más cercano por ello. Aparte de relegar la comunicación interpersonal a los momentos en los que se acaba la batería del móvil, también ha alimentado la idea de que todo lo que hay en la Red es un ente de dominio comunitario por el que no hay que pagar; como es gratis no se le atribuye el mismo valor de lo que cuesta dinero y acaba convirtiéndose en la pescadilla que se muerde la cola. “Tampoco era tan bueno como para comprarlo”, suelen decir los que no son conscientes de lo que hay detrás de un libro, una película, un disco o una noticia bien redactada.

Umberto Eco, ya en 1984 distinguía dos tipos de posturas ante los medios de comunicación de masas: los integrados, con una visión útil y positiva de ellos y los apocalípticos, verdugos de toda relación de la cultura con estos medios. De hecho, cuando la cultura se relaciona con los massmedia mantienen que se convierte automáticamente en anticultura.

Yo, inevitablemente, me encuentro dentro del segundo grupo. No solo porque me parece terrorífico que estemos siendo gobernados por los instrumentos que hemos construido, sino también porque las nuevas tecnologías están consiguiendo destruir todo lo que nos diferencia de las máquinas: la literatura, el cine, la información, la música y, en definitiva, todo lo nos hace humanos. Evidentemente, sería de idiotas no admitir que existen ciertas ventajas en las nuevas tecnologías, sin ir más lejos nadie podría estar leyendo este artículo sin ellas. Pero a veces me planteo si vale la pena el precio que tenemos que pagar.

Si Berkana cerrara sería un fracaso para cualquiera, pero sobre todo para los que hemos pasado de la cultura analógica a la digital perdiendo muchas cosas por el camino. A mi no solo me afectaría como miembro de una sociedad que demuestra, una vez más, su decadencia, sino que se convertiría también en una pérdida terrible a nivel personal. En primer lugar porque es el principal recuerdo que tengo de mi libertad sexual –aparte de las banderitas arcoíris colgadas en la calle Hortaleza-. En sus estanterías, llenas de libros de temática LGTBI, un joven pueblerino andaluz de apenas quince años, descubrió que había gente que sentía igual que él y que, además, escribían sobre ello. Encontré un sitio que me sacó del aislamiento y me ayudó a darme cuenta que formaba parte de un colectivo.

En segundo lugar, su cierre sería aún más terrible para mí a nivel profesional, o vocacional si lo preferís. Como escritor me demostraría que mi trabajo, ese por el que lucho cada día, no tendría ningún valor para una sociedad que se rasgaría las vestiduras si tuviera que entrar en una librería a comprar un libro. Me obligaría a aceptar que los buenos no siempre ganan y que los sueños a veces no se cumplen. Borraría parte de mi pasado, pero también de mi futuro y me dejaría perdido en el presente, un lugar al que no estaría seguro si me gustaría pertenecer.

Deberíamos poner todos de nuestra parte para salvar este lugar histórico. Para que nos permita seguir leyendo, para que continúe siendo un instrumento útil para la sociedad, para que no deje de crear conocimiento y con él generar diálogo. Para que, en definitiva, pueda seguir siendo el templo de las armas más fuertes que tenemos como colectivo: las palabras.

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