fatigas grande

Viejos, invertidos y viceversa

Acabo de cumplir treinta años. No tengo ni hijos ni pareja ni casa propia. Por no tener, no tengo ni perro. Soy lo que se suele denominar un joven sin cargas. Pero, por el contrario, me llamarían viejo solitario si tuviera cuarenta años más.

Por suerte soy aún, como quien dice, un niñato y, sin embargo, ya estoy preocupado por lo que será de mí cuando me convierta en una persona mayor llena de achaques, la casa se me caiga encima y todos mis amigos heterosexuales disfruten del sólido núcleo familiar creado a lo largo de los años. Aunque… ¡Un momento! Estoy cayendo en la cuenta que yo también puedo casarme y formar una familia. Ya solo dependo –el solo es una ironía– de encontrar a alguien capaz de soportar mis neuras y que decida compartir su vida conmigo. Y yo con él. Vamos, lo mismo –o casi– que cualquier persona heterosexual.

Esta conquista de derechos es todo un alivio y supone un verdadero triunfo en nuestra historia más reciente pero, por otro lado, pone de relieve, con más ahínco todavía, la falta de igualdad a la que han tenido que enfrentarse generaciones pasadas. No han llegado a tener la oportunidad de vivir en libertad en su juventud, al ser perseguidos y juzgados por una sociedad instalada en un régimen despótico, pero tampoco lo pueden hacer ahora, en la vejez, desplazados al extrarradio de un colectivo que prácticamente acaba de empezar a tomar conciencia de las necesidades reales de nuestros mayores.

Este aislamiento social les empuja a la soledad. Sin ir más lejos, la compañía es una de las principales necesidades de unos mayores que viven solos y apartados de una familia que, en la mayoría de los casos, alejarse de ellos fue el precio a pagar para vivir en libertad. Si unimos esto a la falta de vástagos, por razones evidentes, tendremos como resultado una de las principales problemáticas a la que todos en conjunto tendríamos que dar respuesta para erradicar cuanto antes.

Además, por desgracia, el aislamiento no es solamente físico, sino que también, al encontrarse en el epicentro de un tránsito generacional, están expuestos a una soledad interior. Son hijos de un entorno que los ha encarcelado, torturado, marginado, escupido y desterrado. Han vivido en una sociedad que les ha recordado constantemente que no tienen derecho a irse a la cama con quien les de la gana, que no son dignos del amor y que el matrimonio es una cosa entre hombre y mujer. Les han metido en la cabeza, casi con martillo y cincel, que son indignos por estar manchados con el estigma de la sodomía. Y al mismo tiempo, en la actualidad, cohabitan con un colectivo que se siente orgulloso, que reclama a gritos sus derechos y que anda de la mano con su pareja –¡del mismo sexo!– por la calle. Pero ellos ya no se fían, les cuesta entender que ahora quiera acariciarles el lomo la misma mano que hasta hace muy poco les azotaba. Están dispuestos a morderla y este es, principalmente, el motivo por el que las nuevas generaciones acabamos dándoles la espalda: no somos capaces de entender el terrible sufrimiento que conlleva luchar contra uno mismo.

Por suerte, poco a poco, estamos reaccionando y empezamos a proponer soluciones, o por los menos alternativas, a problemas que nunca antes habíamos llegado a plantearnos. Asociaciones LGTBI han comenzado a tomar conciencia de las necesidades concretas de esta parte del colectivo y están trabajando para prestarles la atención y darles la visibilidad que se merecen. Al mismo tiempo también han surgido organizaciones específicas como la Fundación 26 de Diciembre que consigue, gracias al voluntariado, darles una calidad de vida a nuestros mayores en un entorno de compañía, ayuda y seguridad.

En definitiva, todos deberíamos ser conscientes de lo que supone que nuestro colectivo envejezca en libertad por primera vez. Ha surgido una primera generación de mayores que tendrá grandes dificultades por culpa de nuestra inexperiencia, pero que finalmente conseguirá allanarnos el camino y, al igual que ya lo hicieron antaño, hacernos más fácil el futuro. Si lo pensamos bien, nos están dando una ayuda mucho mayor que la que nosotros podemos brindarles. Qué menos que hacer visible nuestro agradecimiento ayudando, entendiendo y, sobre todo, acompañando a nuestros mayores LGTBI. No olvidemos que la soledad da miedo y el miedo no entiende de orientaciones sexuales.

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