"No tinc por!", una reflexión muy personal sobre el miedo

OPINIÓN | Vivo en Barcelona y como podéis comprender viví con mucha zozobra los momentos en que llegaban noticias aún contradictorias del atropello masivo en la Rambla de Barcelona. En esos momentos sentí miedo, desconcierto, rabia, tristeza, todo mezclado. Los sentimientos son así, contradictorios, ilógicos en ocasiones.

También participé en la concentración del día siguiente en Plaça Catalunya en la que gritamos “No tinc por!”1 . Lo entendí casi como un exorcismo. Como si todos necesitáramos gritarnos algo así como “No vull tenir por!”2 . Porque en el fondo de nuestros corazones todos sentíamos eso mismo: rabia, tristeza, pero también miedo. Pero no queríamos dar esa ventaja a los asesinos. Queríamos afirmar la vida, nuestro derecho a ramblear, que para la gente barcelonesa es sinónimo de libertad, del fluir libre de ese río humano que es la Rambla y que como la vida discurre tranquilamente hacia el mar.

El miedo tiene mala prensa, lo sé. Cuesta reconocer que uno lo tiene. Aún resuenan en mis oídos esos gritos que desde que era pequeño me decían una y otra vez que tenía que tener valor, que ser miedoso (o peor aún, “miedica”) era cosa de “maricones”. Me regalaron el libro de “Juan sin miedo”, aquella historia de un joven que no lo sentía y que emprendió un viaje para conocerlo. Los comics que leía eran de caballeros valientes que luchaban sin sentirlo. Me eduqué con películas del Oeste en que los héroes preferían ser tiroteados por alguien más rápido con el revólver que a ser acusados de cobardes. Y en las noticias veía –y sigo viendo- a hombres poderosos haciendo bravuconadas para esconder su temor.

Y entonces aprendí a enmascararlo, a poner cara de póker en ocasiones de peligro, aunque me temblaran las manos y la sangre me subiera a las mejillas. En una ocasión en que me atracaron, aprendida esta lección, temblando de miedo, me enfrenté a los ladrones y a punto estuve de que me clavaran un cuchillo.

Ahora veo las cosas de manera distinta. Como otros sentimientos, el miedo me acompaña. Está ahí. Hablo con él continuamente. A veces me da consejos sensatos. Otras veces me hace ser más conservador de la cuenta y prefiero no hacerle caso. Es un compañero de viaje que me lleva de la mano hacia el miedo básico, el miedo a la muerte. Y desde luego, no me creo la mentira de que tener miedo es ser maricón. ¡He conocido muchos gays valientes que han plantado cara con tenacidad a leyes injustas!

Por eso creo que la verdadera valentía surge del reconocimiento del propio temor, de atreverse a mirarle a los ojos y, a partir de allí, seguir adelante. Ninguna necesidad de chulerías ni de temeridades. Atreverse a vivir, a convivir con él, lo más libremente posible.

Eso es lo que llevaré este sábado a la manifestación de Barcelona. Seguir rambleando la Rambla de la vida, con precaución, pero con alegría. “Tinc por”, pero no quiero que el miedo me quite la posibilidad de sentir en la cara la brisa del mar.

1 “No tengo miedo”, en catalán.
2 “No quiero tener miedo”, en catalán.
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