¿Mi yo es mejor que tu yo?

Decía un sabio que no vemos las cosas como son sino como somos nosotros.

Veamos. Soy hombre, soy padre, soy psicólogo, y con gusto también soy socio de AHIGE (Asociación de Hombres por la Igualdad de Género).

Eso soy. Esa es mi elección, entre muchas otras. Hoy al menos. Ahora. Ya veré como muta esto con el paso del tiempo.

Y siguiendo lo que decía el sabio creo indispensable revisar lo que transmito desde ese “mi ser”.

Cuidado, que hay público y algunos sumamente sensibles ya que mi solo “ser” puede antagonizar con el suyo o con el tuyo y herir sin saberlo. Me pasa con otros hombres, con mujeres, con mis dos hijos y mi hija, con la gente en general.

Así que antes de abrir la bocaza con mi verdad, fruto de la imagen de mí, que yo he creado, reaccionaria a mi biografía y sus cicatrices, y por tanto subjetiva en grado superlativo… pues he de ser cauteloso, prudente como poco. Por no herir, digo.

A no ser que mis propias heridas ofusquen tanto a “mi yo” que necesite represaliar. Eso sí, sin conciencia de ello. Si tuviese conciencia de que castigo y me sonrío en la práctica del zasca, eso no hablaría muy bien de mi calidad humana, aunque a veces me apetezca. Pero tengo altavoz y otros, fuera o dentro, observan qué pasos doy, sobre todo mis peques que son los más exigentes observadores.

Por tanto es claro que “mi yo” escruta al que tiene delante, al “otro yo”, distinto de mí.

Y ese, a buen seguro tiene lo suyo, es decir tiene su-yo.

Desde ahí piensa, siente y actúa.

Vamos, que se mira y al de los demás, escucha y si está medianamente trabajado incluso reflexiona sobre “su yo” y sobre el que tiene delante. Pero haya sido bien o mal instruido en el manejo de su propio personaje o del que se le presente, seguro que se comunica, mejor o peor, con tino o hiriendo.

Y ya llegamos al fondo.

A diario me hacen la siguiente pregunta: ¿cómo se puede trabajar con los hombres que hacen daño para que cambien? Tela. Me piden bibliografía para lidiar con lo que se entiende es una masculinidad tarada, es decir, con tara y que genera infelicidad propia y ajena. Se extienden las narrativas culpógenas haciendo foco en lo malo del varón.

¿Queremos saber cómo trabajar con los hombres? ¿De verdad? ¿Es una pregunta de verdad? ¿O lo que se quiere buscar es una fórmula de reprogramar con la visión propia sin estar seguros de que lo propio es lo acertado y se encuentra en un estado de salud? ¿Quiénes son los custodios de la verdad? ¿”Mi yo” más evolucionado? ¿El tuyo? ¿El “su-yo”?

¿Cómo trabajar con hombres? ¿Cómo se trabaja con mujeres? ¿Cómo trabajamos con gays y lesbianas? ¿Y con transexuales? ¿Cómo con extranjeros? ¿Cómo trabajamos con maltratadores? ¿Cómo con musulmanes? ¿Cómo con un niño o niña que hace bullying? ¿Y con un pederasta? ¿Con un rico? ¿Con una víctima de abuso infantil sea hombre o mujer? ¿Y con un católico practicante? ¿Y con un enfermo de cáncer? ¿O alguien en duelo por muerte de un ser querido? ¿Y los que acaban de vivir el rechazo amoroso, familiar, laboral, social o virtual?

La respuesta es sencilla: como un ser humano que tiene un universo propio. Entendiendo de donde viene, adentrándonos en ese su universo, escuchando su antes para comprender su hoy y si demandado, proponer desde ahí una ruta hacia mañana pero desde lo sano.

Lo que no funciona, hace daño y nos daña, es mirar al “otro yo” desde la visión polarizada de “nuestro yo”, que no dejará de ser ese constructo sesgado, parcial y subjetivo. Nunca ayuda la mirada desde el estereotipo, desde la etiqueta, desde la generalización, desde el prejuicio que nos lleva al juicio, sobre todo si somos parte implicada o afectada de la acción de la persona que tenemos delante, a la que confinamos a la etiqueta desde una lógica confirmatoria de nuestra herida.

Si no somos capaces de ver al humano y vemos la etiqueta impostada, no estamos ayudando sino generando represalia, castigo y venganza, lo cual nos inhabilita cono interlocutores válidos generalmente en cualquier materia.

Si soy hombre, blanco, europeo, hetero y padre ¿soy el reflejo de la norma? Pues esa norma normaliza a base de arrinconar al resto, generando estigma y alienando a quién no entra en el patrón. ¿Qué tal intentar el respeto?, pero el de verdad no del que se habla pero no se ejerce o se hace solo en los escenarios de protección o desde la condescendencia heredada que subyuga al otro… a la otra.

Por ello encuentro en AHIGE un santuario. Una posada donde reposar. Un espacio de revisión y ver con más certeza quién soy, quiénes son los demás y cómo acercarme a ellos y ellas desde un lugar más sano y respetuoso. Aquí los hombres nos miramos, nos escuchamos, nos expresamos, aullamos, nos agitamos, abrazamos y apoyamos. Para ser mejores. Menos egocéntricos, menos rocosos y así, menos tarados, que la carga es grande, nos daña y hace daño.

“Mi yo” es un yo más. No es mejor. No es peor. Sufre y se contrae como el resto. Así que mejor reviso mis opiniones de cualquier “otro yo”, sobre todo si desconozco su universo y me callo, por no hacer el ridículo y no ofender. Digo.


Javier de Domingo es miembro de AHIGE (Asociación de Hombres por la Igualdad de Género)

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