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Lo que le debemos al Feminismo

Suele ser habitual que el discurso político que persigue erradicar las violencias motivadas por la orientación sexual, y la expresión e identidad de género de sus víctimas -lo que vulgarmente se conoce hoy como «Movimiento LGTB»- insista en que comparte orígenes y metodología con el Feminismo, e incluso que afirme que gran parte de sus éxitos se deben, precisamente, a los logros alcanzados por el movimiento feminista.

Pero me preocupa observar que rara vez se llega a explicar a qué orígenes, métodos y logros se refiere este movimiento reivindicativo que llamamos nuestro cuando se vincula con el Feminismo. Creo que hoy, 8 de marzo, es el momento adecuado para escribir algunas líneas sobre esta vinculación que, siendo cierta, nunca está suficientemente explicada, reivindicada y, faltaría más, agradecida.

Cualquier persona interesada por la historia debería poder apreciar que las «olas» que nos sirven para diferenciar distintas características y demandas principales dentro del Feminismo suelen coincidir con otras «olas» reconocibles dentro de este llamado «Movimiento LGTB».

Ambas formas de reivindicación política tienen su origen último en la Ilustración, a partir de la cual las mujeres alzan definitivamente la voz exigiendo el derecho al voto, mientras se defienden, por su parte, postulados que reclaman la despenalización de las prácticas sexuales heterodoxas.

Tampoco es casual que, muchas décadas más tarde, una nueva oleada reivindicativa haga coincidir el nacimiento del Feminismo Radical con el nuevo discurso político «LGTB» nacido a partir de las revueltas de Stonewall en 1969.

Desde entonces ha sido habitual que el activismo en defensa de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales mirara hacia el Feminismo -e incluso se involucrara activamente en él, en el caso de las mujeres lesbianas- para enriquecer sus propios análisis de la realidad y tomar ideas para resolver sus problemáticas particulares.

Porque sucede que ambas metodologías son, en el fondo, la misma: reflexionar sobre las discriminaciones que se derivan de los mandatos del género, que no solo conlleva una serie de actividades adscritas a cada uno de los sexos sino que también, entre ellas, incorpora órdenes específicas sobre hacia quién debe -y no debe- dirigirse nuestro deseo.

Pero lo que esta reivindicación «LGTB» le debe al Feminismo va más allá de su evidente vinculación histórica y el uso de sus mismos métodos. Es preciso recordar que sin muchos de los logros alcanzados por la vindicación feminista no habría sido posible comenzar siquiera la defensa de los derechos de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales.

Un tema de tanta relevancia para las mujeres como es el derecho a la interrupción voluntaria del embarazo, si bien puede parecernos alejada de nuestro discurso habitual -por desgracia-, resulta absolutamente fundamental para «nuestro» movimiento.

El derecho al aborto y su reivindicación sitúan sobre el tablero de lo político una cuestión crucial para quienes defendemos el derecho a sentirse atraído sexualmente por cualquier persona independientemente de su sexo y género, porque el derecho al aborto y su reivindicación rompen la vinculación tradicional entre práctica de la sexualidad y la reproducción, reconociendo que esta no es la única consecuencia posible de aquella y que su fin último es el placer.

De este modo, el derecho al aborto y su reivindicación hacen posible que otras personas podamos defender que la práctica de nuestra sexualidad, aun no encaminada a la reproducción, es totalmente legítima, porque la sexualidad humana no se centra en la reproducción sino en el placer.

De un modo similar también las reivindicaciones de las personas que viven expresando un género diferente al que les fue asignado en el momento de su nacimiento deben el reconocimiento de esta libertad, en última instancia, a un postulado feminista nacido de la pluma de la mismísima Simone de Beauvoir: su ya clásico «no se nace mujer, se llega a serlo», que cuestionaba la vinculación entre una determinada corporalidad y la obligatoriedad de cumplir con todos los mandatos de género adscritos a la categoría «mujer».

Beauvoir criticaba que su corporalidad supusiera, para las mujeres, un destino del que era imposible escapar; un destino prediseñado a través del género y sus mandatos. Con esto abría la posibilidad no solo de la liberación de todas las mujeres, que podrían evitar el cumplimiento de los roles de género desligando de ellos su corporalidad, sino también de todas esas personas que, aun siendo adscritas al nacer a un género determinado, viven o desean vivir libres de sus imposiciones.

Se abría así, gracias al Feminismo, la posibilidad de iniciar en clave política el reconocimiento de las realidades trans. E incluso añadiría yo que las realidades de género no binario que hoy empiezan a ser cada vez más visibles deben también parte del fundamento de su reivindicación al trabajo que el Feminismo viene haciendo para diluir la frontera inquebrantable entre los dos estereotipos de género hegemónicos: cuando la teoría feminista cuestiona el comportamiento humano prediseñado en blanco y negro hace posible la aparición de infinitos tonos de gris.

Hace unos meses tras una conferencia un oyente se me acercó para preguntarme qué nombre darle a este movimiento «nuestro» que trabaja para erradicar la homofobia, la transfobia y la bifobia.

Me decía que si ese movimiento con el que tanto tenemos en común se llama Feminismo debe haber algún otro -ismo que podamos emplear. Se lo dije entonces, y hoy vuelvo a decirlo: este movimiento que se ha desarrollado históricamente junto al Feminismo, que aprende de sus análisis, bebe de sus discursos, y se fundamenta en sus éxitos no puede, evidentemente y por razones obvias, llamarse «Feminismo», aunque quizá fuera este su nombre más preciso, pues es el movimiento social al que más se parece y del que en buena parte depende y ha de depender.

Hoy, que es 8 de marzo, Día de la Mujer, apoyemos las reivindicaciones del Feminismo, la lucha por los derechos de las mujeres, porque son derechos humanos y porque, jamás se nos olvide, de los derechos de las mujeres dependen los derechos de toda la humanidad.

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