“La manada” que hay en mí

El asunto de la violación padecida por una chica de 18 años en Pamplona se está convirtiendo en realidad en una triple violación: primero física, más tarde mediática y finalmente judicial. Los jueces han rematado la victimización de la violada que antes habían perpetrado los energúmenos de “la manada” y más tarde algunos medios informativos que han seguido violando el derecho a la intimidad y dignidad de la chica.

En los relatos que leemos en el hashtag #Cuéntalo vemos muchas historias de mujeres que han sufrido diferentes tipos de acoso sexual o de violación. La reacción de cientos de miles de mujeres y también muchísimos hombres es lo mejor de todo este suceso que está poniendo patas arriba leyes y costumbres.

Pero más allá de participar colectivamente (que hay que hacerlo) en protestas y manifestaciones contra la sentencia, ¿qué me dice como hombre? ¿Cómo me interpelan todos estos acontecimientos?

Leer estos relatos de mujeres me hace sentir vergüenza como hombre. Yo también he sido educado en una sexualidad en la que “el otro” o “la otra” no existe. No existe como persona deseante y autónoma. Mucha de la pornografía “mainstream” que nos rodea está basada en gran parte en este mismo principio: el otro/la otra es simplemente un receptáculo. La otra noche, en una conversación de sobremesa un hombre que se pretende igualitario y consciente me comentaba: “Hay veces en que el sexo es simplemente una descarga. ¿Tú no te masturbas? Pues hay veces en que tener sexo con alguien es masturbarse dentro de él”.

Los animales, si tienen que cazar, lo hacen de la manera más práctica posible, por supervivencia. Muy lejos del regodeo de esta mal llamada “manada”.

No voy ahora a hacer una clase de ética, pero me parece que la sexualidad reducida a una descarga en la que lo único que cuenta es el propio placer forma parte del mismo imaginario del que salen monstruos como los de la “manada”. “Manada”, palabra que designa un grupo de animales que cazan en grupo. ¡Pobres animales! No hay ningún animal que se deleite en el sufrimiento ajeno, que haya convertido el dolor ajeno en erotismo. Los animales, si tienen que cazar, lo hacen de la manera más práctica posible, por supervivencia. Muy lejos del regodeo de esta mal llamada “manada”.

En cambio, hay una erótica muy ligada a lo masculino que erotiza la vejación. En realidad no tiene que ver tanto con el sexo como con el poder. Es el ejercicio del poder, manifestado en forma de humillación, el que se convierte en excitante. ¿Cómo hemos llegado a eso?

Sé que este terreno es resbaladizo, porque los defensores de las prácticas sado-maso dirán que es su derecho, siempre que se trate de relaciones consentidas. Puede ser, aunque a mí me cueste imaginarlo. El tema del “consentimiento” en nuestra sociedad es siempre algo relativo, pienso también. Pero aquí estamos hablando de otra cosa, en cualquier caso. Aquí estamos hablando del goce que ponemos en la imposición, en el dominio.

Observo con estupor la proliferación de clínicas y tratamientos para la llamada “disfunción eréctil” y la eyaculación precoz. ¿No serán –me pregunto– estos síntomas de un mal más profundo? El mal de no saber, de tener miedo a enfrentarse con el otro o la otra, de mirarle a los ojos, de saber establecer un diálogo de deseos. Esta dificultad que sufrimos muchos hombres: una dificultad de conocer nuestro deseo (porque solo lo podemos saber cuando entramos en relación con otros cuerpos que también desean). Nos resulta más fácil, incluso más gozoso (no más placentero) anular a ese otro, poner en su lugar como Narciso nuestra propia imagen y acabar ahogándonos en ese deseo hacia nosotros mismos. Y este tránsito nos llevamos por delante los otros cuerpos, los otros deseos. Provocando dolor, dolor que no escuchamos porque nuestros oídos solo enfocan hacia dentro de nosotros. O bien sintiéndonos impotentes ante la manifestación libre del deseo ajeno, que esto es quizá lo que hay detrás de tanta disfunción sexual masculina.

La agresión de “La manada” es sólo la punta del iceberg.

Es sobre lo que reflexiona el filósofo Byung Chul Han en un libro que recomiendo, cuyo título ya lo dice todo: La agonía del eros. El “eros” como deseo, como la atracción hacia lo diferente, hacia el otro/la otra, que está desapareciendo en nuestra sociedad, porque entrar en relación con él significa reconocerlo y eso nos pone en cuestión. Preferimos negarlo, aplastarlo, sojuzgarlo para evitar la incomodidad de ver la diversidad como una oportunidad de crecimiento. La agresión de “La manada” es sólo la punta del iceberg, el caso más extremo de esta negación, de este sometimiento.

Creo sinceramente que los hombres tenemos que reflexionar profundamente sobre nuestra sexualidad. Reconstruirla sobre nuevas bases. No en vano el primer impulsor del movimiento de hombres por la igualdad, Josep Vicenç Marquès escribió en los años 80 un libro que aún sigue siendo de actualidad. Se titula ¿Qué hace el poder en tu cama?.

El día en que los hombres perdamos este miedo inveterado al otro o la otra, que no vinculemos el sexo al dominio o al poder, que aprendamos a hacer bailar nuestro cuerpo en consonancia con otros, que deseroticemos la violencia, ese día el mundo estará cambiando. Mientras tanto nos esperan otras tragedias como las de “la manada”. Hagámoslo por ellas, pero también por nosotros.

¿Te interesa el contenido?

  

Cáscara amarga no se hace responsable de las opiniones de los firmantes en la sección Opinión de este periódico.