"Ames a quien ames, el capitalismo te quiere"

Hace ya unas cuantas semanas que acabó el Orgullo LGBI. Las fiestas estuvieron celebrándose a lo largo y ancho de esta España nuestra desde el 28 de junio –día oficial, en recuerdo a las chicas de Stonewall– hasta el sábado, 7 de julio, cuando todo culminó con la manifestación estatal en la capital del reino.

Durante la semana previa al desfile, Madrid, y España entera, se tiñó con los colores del arcoíris. No había ni un solo comercio en el que no ondeara la bandera multicolor. Políticos, famosos y un sinfín de personalidades se unieron a la “gran fiesta de Madrid” –La propio Carla Antonelli dijo en Telemadrid que casi ha desbancado a La Paloma o a San Isidro como fiestas oficiales de la ciudad–. Esta oda a la libertad fue, además, coronada con el eslogan, estrenado el año pasado en el World Pride y reutilizado para este, «Ames a quien ames, Madrid te quiere».

A simple vista estas siete palabras parecen un inocente canto a la libertad, pero en realidad se han convertido en una intricada telaraña que empuja al colectivo LGTBI a los brazos de la heteronormatividad. O peor aún, a los pies del capitalismo, nuestra arma secreta para encontrar la aceptación.

Si atendemos a este aparente axioma, ¿qué ocurre si, en realidad, no amo a nadie? ¿O si solo quiero follar –sin amor– con otros hombres? ¡O con ninguno! ¿Mi identidad se construye únicamente, como sugiere este eslogan, en torno al «amor»? No quiero convertirme en otra princesa Disney que aspira a encontrar un príncipe azul y buscar, a través de él, el sentido de su existencia. Es más, no me resulta admisible, ni tampoco responsable, que la sociedad me obligue a adaptarme a los cánones de casa-marido-perro para ser aceptado.

Esto me lleva a recordaros, por si se nos ha olvidado, que ser marica es mucho más que salir con alguien de tu mismo sexo. No es una ITV que, cada vez que te metes en la cama con otro hombre, te sellan el carnet de puntos y revalidas el título durante otra temporada. Ser homosexual implica una identidad, una cultura, una forma de ser. Un sentimiento que va más allá –aunque también lo incluya– del amar a otros hombres. Ser marica es Lorca, La Veneno, Eurovisión, Ocaña y Divine. Gloria Trevi, Xavier Dolan, Almodóvar, Celestino antes del alba, The Rocky Horror Picture Show. Alaska, Vicente Aleixandre, Gil de Biedma, Terenci Moix. Priscilla. Hedwig and the angry inch, Eva al desnudo, Queer as folk y La Prohibida. Ser marica no significa, por suerte, amar solo a personas.

Pero claro, resulta mucho más incómodo explicar a la sociedad que en nuestro mundo también existen los cuartos oscuros, el chemsex, las relaciones abiertas o la falta de amor romántico. Eso es vicio. Y además no genera riqueza. Es mucho mejor crear estereotipos a lo Brokeback Mountain o Call me by your name para proyectar nuestra imagen. Porque resulta mucho más fácil lucir en el escaparate a parejas homosexuales –a poder ser blancas, musculosas y con ropa de marca– que se adapten al modus viviendi del mundo heterosexual. Y si ya es con un vientre de alquiler de por medio, ni te cuento. La tolerancia es mucho más fácil cuando se hace caja con hipotecas, divorcios, vacaciones, compra de muebles en grandes almacenes y merchandising con banderitas –¡como no! el merchandising–.

Por otro lado también me pregunto –y os pregunto– que hubiera sido de nosotros si, en vez de enriquecer los barrios –como ha ocurrido con Chueca o Lavapiés– hubiéramos mantenido intacto el estatus de la zona, sin revalorizarlo. O si –parafraseando al activista Ramón Martínez– la gente tuviera que respetarnos simplemente por ser seres humanos y no unos seres humanos muy divertidos –y yo añadiría rentables– que desfilan en las carrozas de Orgullo.

Al final la sociedad, como en todos los aspectos de la vida, quiere ver lo bonito. Y nosotros, por suerte o por desgracia, somos especialistas en dárselo. Por eso nuestra lucha ha alcanzado cotas de éxito inimaginables en un cortísimo espacio de tiempo, comparado con, por ejemplo, las reivindicaciones de las mujeres o de la comunidad negra.

Somos, por tanto, expertos en ocultar lo feo tras el símbolo del dólar dibujado en la pupila de nuestros semejantes y conseguimos deslumbrar con nuestros impecables blanqueamientos dentales. Por eso también intentamos enterrar ante la opinión pública temas especialmente incómodos como el sida, la prostitución, la transexualidad, la pluma o cualquier otra cosa que no sea aceptada –o bien vista, que para el caso es lo mismo– en el ámbito heteronormativo. Y miramos hacia otro lado, la mayoría de veces hacia catálogos de trajes de novio o a la lista de precios de cruceros gays por las islas Griegas.

Pero estoy seguro que llegará el día, no muy lejano, en el que tengamos que aceptar que la heterosexualidad ha vuelto a ganar. Que nos ha fagocitado y ha impuesto sus normas una vez más. En ese momento no tendremos más remedio que asumir que hemos caído de lleno en las redes de la normalidad. Pero aún así, todos los años, cada primer sábado de julio, gritemos muy fuerte, junto a personas que durante el resto del año no dicen nada, aquello de «ames a quien ames, Madrid te quiere». Eso sí, a poder ser, con un crédito al consumo.

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