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Relato erótico: El bus de la lujuria (I)

autobus gayDespués de varias semanas sin ver a Quimi me pasó algo curioso. Una de esas cosas que ves en las películas y sueñas con que te pase a ti, pero en el fondo intuyes que es más fácil que impacte un rayo sobre tu cabeza. Pero esta vez la realidad superó a la ficción y aún estoy frotándome los ojos (y también la entrepierna), después de lo que viví en aquel autobús.

Por razones personales tuve que hacer un viaje relámpago a Gijón. Temas familiares. Iba, solucionaba el asunto, dormía allí y me volvía al día siguiente. Reservé un viaje en autobús. Yo siempre he sido de tren, pero con el bus tenía más flexibilidad horaria y además wifi y películas a la carta, así que decidí coger el de las once de la mañana. Tan sólo había cuatro o cinco viajeros esperando en la estación. Uno de ellos lucía sendos tatuajes en los brazos y piercings en el labio inferior, nariz y orejas.

Llamaba la atención. No sólo por lo extravagante de su aspecto, sino por su altura (yo creo que medía dos metros por lo menos), sus músculos y sus ojos marrones que parecían rayos láser. En cuanto lo vi sentí un hormigueo por todas partes y presentí que iba a pasar algo. Sobre todo cuando cruzamos una mirada intensa de esas que el tiempo parece detenerse.

Me clavó la mirada durante tres segundos y sentí como si me calentara por dentro como un soplete ultrarrápido. Un escalofrío recorrió toda mi espalda y noté una pequeña erección. Respiré profundamente para tratar de neutralizarla, supongo que por vergüenza, o por decoro, pero noté que él se dio cuenta de mi apuro cuando lo vi observándome de reojo mientras subía al bus.

Es caprichoso el azar, ya lo decía la canción y yo también. De los cinco viajeros del autobús, tres estaban situados en la parte delantera y dos en la parte trasera. ¿Adivináis quiénes eran los dos de atrás? Pues sí… El tío buenorro de los tatuajes y yo. Cuando me vio llegar eximió una sonrisa irónica y me saludó con un “holaaaaaa”, con un tonito mezcla de “no creo en las casualidades…” y “aquí va a pasar algo y lo sabes…”.

No sé por qué pero me ruboricé. Siempre me he puesto colorado en las situaciones inesperadas que no tengo bajo control y esta era una de ellas. Sentí pudor y traté de ponerme a salvo lo más rápido posible. Él volvió a darse cuenta de mi incomodidad y me sonrió, ahora de una manera mucho más provocativa. Casi lasciva diría yo. Mi asiento estaba en diagonal al suyo, una fila por detrás, de tal forma que no podía escapar de su ángulo visual a no ser que cambiara de asiento.

Me puse a mirar por la ventana tratando de evitar su mirada, pero estaba ahí, yo sabía que estaba ahí. La calefacción estaba demasiado alta y hacía calor. No tardó en quitarse su cazadora raída y una camiseta dejando al descubierto sus poderos músculos y la mayor parte de sus tatuajes. Aunque no quería mirarle tenía un imán y no podía ocultar mi nerviosismo. Era un animal muy atractivo, bello, salvaje y mis ojos lo buscaban de reojo sin remedio.

De repente, lo veo levantarse y ponerse a mi lado. Me sorprendió tanto su maniobra que debí poner cara de pánico, como si fuera a asesinarme o algo parecido. Él se echó a reír. “Tranquilo, no te asustes. Sólo quiero que mires los tatuajes a gusto. Sé que te han gustado. ¿A que te han gustado?”. Tardé en reaccionar unos segundos. Tenía delante de mí a un ejemplar increíble. Mi cerebro no paraba de ametrallarme con imperativos del tipo: “¡Dile algo! ¡Tócale! ¡Bésale! ¡Chúpale!”. Así que sólo pude asentir tímidamente con la cabeza. Él controlaba la situación en todo momento. Sólo con mirarme sabía que me tenía a sus pies.

En un rápido movimiento, subió su camiseta de tirantes dejando ante mí su espalda desnuda. No daba crédito a lo que estaba viendo. ¡Cuánta belleza! El tatuaje le cubría los brazos, la espalda y el cuello. Era un diseño fastuoso basado en la Divina Comedia, pero yo no sabía si mirar el tatuaje o esos hombros y esos surcos increíblemente sexys que me estaban poniendo más caliente.

Extasiado estaba observando el espectáculo cuando de repente le oigo decir: “¡Puedes tocar si quieres…! ¿Tocar? ¿He oído tocar? Como seguía en shock y no era capaz de mover ni un músculo, cogió mis manos y las colocó en su espalda subiéndolas lentamente de arriba abajo… Mi corazón empezó a desbocarse y noté el bulto del pantalón multiplicarse por diez.

Pronto noté en él el efecto que tenían mis manos sobre su espalda. Se contoneaba en cada roce, en cada caricia. Escuchaba su respiración acelerada y ya no pude contener la estampida de lujuria que intentaba taponar de manera absurda. Pensaba en Quimi, si estaba traicionándole, si quería estar con él, si quería seguir con esto… Pero era inútil. El corazón siempre va más rápido que la cabeza. Me cogió las manos y se las llevó a su bragueta. Cuando noté aquel volcán en erupción todos mis pensamientos se evaporaron y comenzó para mí uno de los mejores viajes de mi vida. Y sin LSD…

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