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Relato erótico: El bus de la lujuria (II)

El bus de la lujuria (I)

Me miró con una mezcla de sorpresa y de reproche por mantenerme con semejante pasividad ante una situación tan morbosa como la que estábamos viviendo. Estaba un tanto paralizado por lo inusual de lo que estaba pasando y quizá también por fugaces imágenes que pasaban por mi mente. Aparecía Quimi mirándome con un tono de reproche que me cortaba el rollo, pero yo esquivaba su mirada y me fijaba en el cuerpo que tenía delante, en esos tatuajes tan sexys y en esas manos que me tocaban.

Él advirtió mi grado de excitación y pronto empezó a frotar su culo contra mi bragueta. Eso hizo que el pobre Quimi se marchara cabizbajo en mi mente, le dije que le compensaría y que no podía dejar de vivir aquello… ¡Tenía que entenderlo! Mi miembro rocoso fue el que me trajo de vuelta a la realidad. El chico no podía evitar gemir con un ritmo cada vez más acelerado. Los pasajeros de delante aún no se habían percatado de la que estábamos armando. Uno de ellos giró levemente la cabeza pero no quiso mirar de verdad, quizá por el miedo a encontrarse con algo pecaminoso. Hizo bien. No quería que nadie más se sumara a la fiesta. Esa situación era sólo mía y la incluiría en la sección “Mejores momentos de mi vida”, lo sabía entonces y lo sé ahora.

lujuria gayDe un tirón me quité la camiseta y la lancé contra la ventanilla de enfrente con violencia. No sé por qué me dio por ahí… Pero consiguió el efecto deseado, porque enseguida se dio la vuelta y vi sus ojos inyectados en lujuria. Sin dudarlo se bajó la cremallera y sacó aquella inmensa bestia. Me quedé paralizado, mirándola sin saber qué hacer, fue una especie de reconocimiento previo, porque íbamos a ser buenos amigos en unos pocos instantes.

Ante mi indecisión, él decidió mostrarme el camino y me introdujo el miembro en la boca a la fuerza, encajándolo bien, penetrando hasta la garganta casi sin darme cuenta. Entonces empezó a bombear con fuerza. Lo busqué con la mirada y estaba totalmente entregado, enloquecido. Los leves gemidos iniciales habían dado paso a gruñidos de animal en celo que estaban provocando los primeros murmullos de la gente.

Contuve las arcadas como pude y pensé que, a la velocidad que iba, en cualquier momento me llenaría la boca de su amor… Pero me equivoqué. Era un auténtico chacal del sexo. Calculó exactamente el momento en que le subiría el orgasmo y unos segundos antes la sacó de mi boca y en un movimiento rapidísimo me quitó pantalones y calzoncillos con una habilidad pasmosa. En dos décimas de segundo admiró lo mío, pero no perdió demasiado tiempo. Ante mi sorpresa me elevó las piernas y me taladró con una facilidad increíble.

Cerré los ojos para sentir mejor aquel tsunami de sensaciones, mezcla de dolor, placer, lujuria y muchísimo morbo. El mayor morbo que haya vivido jamás con un tío. Pero no sólo por la extraña situación, sino por verlo reflejado en el rostro de ese chico con tatuajes. Le observé unos segundos y parecía que todo se ralentizaba. Me estaba penetrando a cámara lenta y lo veía romperse de placer en cada envestida. Su cara se desencajaba en cada movimiento y yo notaba que estaba subiendo al cielo en un ascensor supersónico. Esos momentos fueron los más intensos para mí.

Rápidamente empecé a masturbarme mientras me follaba sin control. Sabía que duraría poco, igual que yo, así que decidí aumentar aún más las sensaciones y comprobar si se puede morir de placer. En una especie de interconexión galáctica, noté una mueca diferente en su piel. Le estaba subiendo. No aguantaría más de tres o cuatro envestidas. Lo sabía. Así que giré mi muñeca para aumentar el ritmo. De pronto paró y mi mano también. El cálculo fue exacto. Aullamos a la vez. Lo vi romperse en dos justo en el momento en que mi primer chorro impactaba contra su pecho, lo que le hizo disfrutar aún más de aquel momento impagable. Noté su lava hirviendo en mi interior y acaricié esos antebrazos tintados que tanto me ponían.

No recuerdo lo que pasó después. No sé si volvimos a la normalidad rápido o nos mantuvimos un rato preguntándonos qué había pasado. Perdimos la noción del tiempo Sólo tengo en mi memoria vagos recuerdos de caricias y silencios mientras el autobús avanzaba por las montañas nevadas. Y ese intenso olor a sexo y saliva en nuestra piel.

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