Cartas Sodomíticas I

Carta primera, que cuenta las cosas que vio Sótades en su llegada a España, y de la fiesta que en Occidente llaman del Orgullo.

Sepa vuestra excelencia, rey Kirta, hijo del Toro de Él y protegido de Asera, que son muchos los cuidados que he pasado desde que comenzó mi embajada en esta tierra que llaman España. Y aunque creo, mi señor, que las cosas que veo y aprendo compensarán las distintas fatigas que vengo padeciendo, son tantos los desafíos a los que he de enfrentarme en mi trato con estas raza que llaman española que dudo si seré capaz de obedecer debidamente vuestro mandato y dar cuenta de cuantas cosas suceden en el mundo más allá de las fronteras de nuestro reino de Sodoma.

Son tantos los años que nuestro pueblo ha pasado apartado del resto de las gentes de la Tierra que creo que las muchas diferencias que nos separan son ya de todo punto insuperables. No llego aún a comprender vuestra decisión, excelencia, de romper los cinco milenios de silencio que dieron comienzo tras la expulsión de nuestras ciudades a Abram el invasor y Lot el hereje y, aunque entiendo que os mueve la pretensión de aumentar la gloria de nuestro Imperio haciendo más grande la sabiduría que conserva nuestra Academia, creo firmemente que es poco lo que puede aprenderse de esta tribu de España.

Es ésta una raza dura y ciertamente un tanto primitiva, poco amiga de las cosas de cultura, aunque acérrima de la industria de los metales y la riqueza. Iré contándoos las todas las rarezas que aquí pasan por cuestiones ordinarias, pero quiero dedicar esta primera carta que os envío a un evento que presencié hace unos días. Debéis saber, en primer lugar, que España entiende el deseo y su experimentación de una forma absolutamente herética. Ruego me disculpéis por las cosas que he de decir, que a mí mismo me repugnan, pero en mi intento de haceros partícipe de las observaciones que realizo de esta forma de vivir que tienen los españoles debo trasladaros también sus muchos pecados y torpezas. Sucede, señor, que la mayor parte de estas gentes obtiene placer de la unión entre hombres y mujeres.

La aberración de sus costumbres sexuales, que según me informan nuestros embajadores en otras tierras parece extendida por todo el Occidente, llega hasta el punto de que parece que desde hace ya varios siglos toda forma de placer natural fue prohibida, como consecuencia de la adoración que profesan estas tribus a una especie de dios de la muerte, único en sus panteones, que les ordena perseguir cualquier disfrute y centrarse únicamente en la reproducción. No extraña, así, que la sobrepoblación sea uno de sus principales problemas y que llegue a ser habitual que niñas y niños anden desatendidos o sean abandonados. Más de una vez he pensado en cómo habría de instruirse a toda esta civilización para que abandonaran estas torpezas y abrazaran nuestras sabias costumbres. Creo que difundir el festival de Asera y sus ritos reproductivos, que garantizan la descendencia y longevidad de nuestro pueblo y, al mismo tiempo, aseguran que en las uniones entre hombres y mujeres no participa ninguna forma de disfrute carnal, haría posible el progreso de Occidente y permitiría que sus habitantes abandonaran definitivamente esta barbarie heterosexual que tanto gustan practicar.

No obstante he encontrado en torno a esta cuestión algunas particularidades que creo serán de vuestro interés. Dije que la mayor parte de este pueblo participa de esa conducta sexual invertida que les mueve a unirse placenteramente hombres con mujeres, pero sucede que algunas de estas personas parecen seguir un modo de vida más cercano al nuestro. Se las conoce aquí con una serie de letras, 'LGTB', que representan los diferentes nombres con los que las llama: lesbianas y gais, que son las mujeres y hombres cuyo placer se centra en otras mujeres y hombres, transexuales, personas que equivalen a los bardajes que en nuestro Imperio ejercen el sagrado sacerdocio de Astarté y aquí toman los hábitos y costumbres de un sexo distinto al que se les asignó en su nacimiento, y bisexuales, que participan del placer de ambos sexos indistintamente. La historia de estas gentes resulta de lo más interesante, y aún ando centrado en su estudio y análisis. Han sido perseguidas durante cientos de años y se ha intentado erradicar sus placeres una y otra vez a lo largo de la Historia, hasta que muy recientemente comenzaron a demandar derechos. Al comienzo del mes de Tamuz, que para este pueblo son los últimos días de su mes de junio, conmemoran estas personas LGTB el inicio de su alzamiento, y lo celebran de un modo que a vos, mi señor, os recordaría un festejo cualquiera en nuestro país. Danzas y músicas llenas de vida toman las calles de Madrid, bajo la mirada reprobadora de quienes defienden su sexualidad invertida entre mujeres y hombres.

Desde mi punto de vista como ciudadano del Imperio Sodomita, cuando participé en los distintos festejos que se organizaban en torno a su día de la liberación, que llaman aquí del Orgullo, entendí que, siendo este un pueblo de costumbres invertidas, es preciso comprender esta conmemoración del mismo modo en que nosotros llevamos a cabo el mencionado festival de Asera: una fecha concreta dedicada a la inversión, tan necesaria, pero que nunca cuestiona la normalidad, sino que la refuerza por oposición. Me extraña especialmente, además, que, aunque son muchas las personas de sexualidad contra natura que acompañan a esta minoría en sus festejos y otras muchas los condenen y consideren de toda suerte inapropiados, estas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales traten de legitimar sus celebraciones recurriendo a la comparación con otro importante evento, esta vez puramente 'heterosexual', que se celebra en la siguiente semana en torno a un tal san Fermín. Fiesta también curiosa y similar a las nuestras, con una importante presencia del toro de Él en ella, donde se glorifica el cuerpo humano y sus placeres, aunque sean estos tan torpes como lo son en su inversión; la minoría LGTB y el resto de la población luchan dialécticamente por tratar los primeros de legitimarse en comparación y los segundos por marcar sus diferencias. ¿Qué necesidad tienen nuestros semejantes en esta tierra de que las mismas personas que se han encargado tan largamente de tratar de exterminarlos aprueben sus prácticas?

He empezado a considerar, rey Kirta, que aunque a primera vista nuestro pueblo podría entenderse bien con esta minoría de la que os hablo aún tienen recientes las marcas de su opresión histórica y dependen en demasía del beneplácito de sus opresores. Creo que dedicaré más tiempo al estudio de sus costumbres, pues en estas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales puede encontrarse la clave para aumentar la gloria de nuestro Imperio y aún sus dominios; y así os iré contando en mis futuras cartas las distintas averiguaciones que trataré de realizar. De momento, he enviado a Melquisedeq, mi criado, a investigar la primera zona liberada por estas gentes correctas en su sexualidad pero aún minoritarias: el pequeño barrio de Chueca.

De mi próxima visita a esa zona y otras muchas cuestiones seguiré informándoos en mis próximas cartas. Recibid mi reverencia y sed protegido de Baal hasta entonces,

Sótades de Adama

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