Cartas Sodomíticas IV

Cuarta carta, donde se cuentan los hábitos de vestuario y diversiones que tienen los españoles y cuán diferentes son de los del pueblo de Sodoma.

Quisiera contaros, excelencia, como os prometí, las muchas peripecias que vengo padeciendo desde que llegué a esta tierra de España por razón de mi atuendo, y cuánto me cuesta adaptarme a las costumbres bárbaras de estas gentes; pero temo no ser capaz de construir un relato plenamente consciente, ya que es mucha la preocupación que tengo por seguir sin tener noticias de nuestro Imperio. Me dice Melquisedec que no debo inquietarme, pues él cumple con mi mandato de enviaros cuanto os escribo, y que es preciso pensar en cuánto trabajo debéis tener ahora, mi señor, respondiendo a tantas y tantas noticias que vuestros embajadores os remitimos desde las diferentes partes de la Tierra. Así, mientras os ruego alguna nueva tanto de vuestra salud como de la de nuestro Estado, trataré de olvidar mi impaciencia por leeros y haceros saber, como os digo, cuál es el vestuario y diversiones que tienen los españoles, para que tengáis buena cuenta de todo ello cuando dispongáis venir a tomar todo lo que en esta España por derecho os pertenece.

Debo confesaros que hace semanas me encontré en la obligación de abandonar el atuendo tradicional de nuestro pueblo, pues eran muchos los problemas en que me encontraba transitando por estas calles vestido a la sodomita. Nuestras túnicas y velos varoniles son entendidos aquí, curiosamente, como prendas más propias de las mujeres; y así, tras varias confusiones, tuve que encargar a Melquisedec que se informase acerca de cuál es la indumentaria que se cree adecuada para los hombres de mi edad y rango.

No os negaré que me resulta realmente difícil encontrarme a gusto dentro de estas femeninas calzas y esta especie de gabán a juego: se me parece demasiado este traje, que es como aquí se llama, a la indumentaria militar que emplean nuestras vecinas de Gomorra en su entrada en nuestra ciudad durante el festival de Asera. Según mi asistente es la ropa que de manera habitual llevan aquí los varones de importancia, pero realmente me siento como si tuviera que entrar en Sodoma para reproducirme con alguno de nuestros vecinos, siguiendo el ritual. Lo peor es un complemento que encuentro por todas partes: una especie de soga ceñida al cuello que se asemeja al instrumento con que ajusticiar a quienes cometen en nuestra tierra las mismas aberraciones que aquí son tan comunes. Lo llaman 'corbata', y junto a esta os envío una, que se supone de gran calidad y creo sería muy admirada como curiosidad en nuestra Academia, por ser símbolo de haber convertido estos occidentales un método de purificación en prenda de extremado valor y símbolo de alto rango.

Como os digo son aquí las mujeres quienes hacen uso de los vestidos que podríamos considerar propios los varones de Sodoma, y la inversión que en España se hace de nuestras costumbres llega hasta el punto de que en no pocos casos también son ellas las que utilizan el velo. Me resulta realmente extraño, como comprenderéis, caminar ofreciendo mi rostro públicamente; en no pocas ocasiones me siento juzgado únicamente por mis facciones, como si en ellas residieran los únicos criterios para que se me valorase. Pero resulta lógico que sea esta la costumbre habitual en este Occidente, que ha perdido ya todo interés por los asuntos de cultura y vive centrado en la imagen superficial de las cosas. Sólo con deciros que las telas que se emplean para los vestidos menos formales están atestadas de extraños motivos florales y animales sabréis cuánta importancia se da en España a la apariencia y qué lejos están aún del vestir discreto que cuidamos los sodomitas.

Nuestro pueblo aquí, estas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, añaden a las condenas que habitualmente padecen una más, tocante al vestido. Pues si el pueblo en general debe lucir estos incómodos y femeninos trajes y hacer ostentación de los estampados de sus telas, que se consideran más lujosos cuantas más figuras representen -hasta el punto de que uno puede dudar del razocinio de quien así se viste-; este colectivo LGTB tiene unas normas propias aún más delirantes. Los varones deben lucirse por extremo, en tanto que, por alguna extraña razón, de las mujeres se espera que únicamente usen extrañas camisas de cuadros. Las ropas anchas de ellas y las ajustadísimas de ellos desvelan una extraña inversión dentro de la inversión general: mientras que esos heterosexuales exigen a las mujeres unos códigos muy establecidos de vestimenta y formas corporales, dentro de la minoría que considero igual a nosotros son estos varones gais los que deben presentar una uniformidad que no solo afecta a sus atuendos sino también a sus cuerpos. Basta un breve paseo por una de las calles de esta zona que llaman Chueca para observar que en todas sus tiendas se ofrecen prácticamente los mismos productos, con mil imágenes de varones semidesnudos cuyos músculos se ofrecen tan crudamente que es preciso pensar en una deliberada campaña que persigue fomentar entre estos chicos el culto al cuerpo y el olvido de cualquier inquietud intelectual, para asegurar que se perpetúa este sistema abyecto de opresión que condena nuestra dignidad sexual en favor de toda esta heterosexualidad repugnante. Para conseguirlo han copiado vilmente la idea de nuestros gimnasios, pero destruyendo todo su contenido: si en Sodoma el gimnasio es la institución vinculada a la academia, donde se ejercitan mente y cuerpo, en España resulta un simple aparcadero para los varones que se atreven a disentir de la norma heterosexual. Tanto los temen que, aunque publicitan sobremanera sus cuerpos, tienen no obstante prohibido el desnudo y en cualquier situación han de cubrirse al menos sus partes pudendas. Incluso han desarrollado para este efecto una prenda microscópica que emplean para el baño en la mar y la alberca, al que llaman bañador, y del que todo nuestro pueblo se reiría si quisiéramos imponerlo en nuestra sociedad. ¿Qué extraño miedo es este al desnudo en el ámbito del gimnasio, mientras se ofrecen insinuaciones de ese mismo desnudo como constante en todas las calles de la ciudad?

Pero descuidad, mi señor, que no todo es tan abyecto entre estas gentes. Es preciso decir que saben cómo ocupar sus ocios, aunque en muchas ocasiones lo hagan con materias de muy poca importancia. El guía del que os hablé, Roberto, ha querido seguir instruyéndome en los hábitos del pueblo español y esta misma semana me ha llevado a uno de los centros fundamentales de la diversión, según me contaba: algo que llaman cine. Se trata de una sala amplia, llena de asientos que miran todos en la misma dirección, hacia una pared donde de pronto, tras apagar todas las luces, se proyecta lo que llaman película, que no es sino una suerte de pieza teatral cuyos actores son inmateriales, simples haces de luz que se mueven sobre el muro. Resulta un ritual muy curioso, ya que parece que lo realmente importante no es lo que esté sucediendo en la ficción de luces sino entre quienes allí se congregan. Antes de entrar hay que pagar no poco dinero por un extraño maiz que parece reventado y es servido en un cubo inmenso, y que debe ser masticado de la forma más sonora posible por todos los asistentes al unísono. A esa curiosa comida acompañan grandes cantidades de esas bebidas con burbujas que llaman refrescos, que también deben ser sorbidas con estruendo. Parece que lo habitual es fingir mirar la película mientras se hacen todos estos sonidos, a los que es frecuente sumar conversaciones en voz baja sobre cualquier cuestión y, en caso de no hacerlo, creo que es necesario apoyar la mano propia sobre la del acompañante y mirarlo fijamente, olvidando la ficción y los ruidos de alrededor. Como comprenderéis, resulta harto complicado explicar todos los pormenores de este ritual, que es uno de los centrales de esta cultura. Melquisedec me dice que es el indicado para dar comienzo al cortejo, pero dudo mucho que sea realmente así, pues las ficciones que se representan y que todo el mundo ignora son de una calidad reprochable, el ruido es insufrible y resulta difícil tratar de seducir a alguien si ha de tenerse una mano inmóvil sobre la de otra persona mientras, además, se la mira a los ojos. Por si fuera poco, todo ello en la oscuridad, ¿cómo es posible seleccionar a la pareja? No sé si la dificultad del rito se encuentre precisamente en esa cuestión, y en la cultura española se considere compañero ideal el que más ruido hace comiendo...

De un modo u otro es a esto a lo que se dedica principalmente el pueblo occidental y, teniéndolo en cuenta, creo que debiéramos considerar que resultaría muy útil para nuestros planes la producción de estas películas, para ir ofreciendo poco a poco la realidad de Sodoma a estas gentes e ir consiguiendo entre ellos personas que defiendan nuestros intereses cuando demos comienzo a nuestra gran obra. Las ventajes de la vida sodomita deben ser conocidas y defendidas, para mayor grandeza tanto de nuestro pueblo allá en nuestra isla, y para la liberación de las lesbianas, gais, bisexuales y transexuales que viven oprimidos en esta tierra, ignorantes de la gran cultura a la que realmente pertenecen.

Quedo a la espera de alguna noticia vuestra, rey Kirta. Entre tanto, y a la espera de mi siguiente carta, guárdeos Baal y que Él nos proteja de los vicios de Occidente.

Sótades de Adama

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