Cartas Sodomíticas V

Quinta carta, que trata de las diversas formas con que se organiza la vida social en España y de cómo son tan diferentes de las que en Sodoma se usan.

Muchas son las materias que vengo aprendiendo en el tiempo que llevo vivido en esta tierra, en tanto que vos, Excelencia, respondéis con silencio a todas las misivas que os envío. Como os he ido transmitiendo, desearía disponer de las noticias que de seguro irán sucediéndose en nuestro Imperio, para hacer más llevaderas mis horas aquí; pero comprendo que vuestras muchas ocupaciones no os permitan atender debidamente a todos vuestros embajadores. Os envío mis mejores deseos en tanto que disponéis del tiempo preciso para escribirme, y rezo a Baal por vuestra salud y buena ventura.

Si en mi anterior carta os hablé de los vestidos y ocios que disfrutan estas gentes debo contaros esta vez los extraños recursos que emplean para organizar el funcionamiento de su sociedad, pues tan diferente me resulta al compararlo con el que nos es propio en la venturosa tierra de Sodoma que creo será de mucho interés y gusto para vos conocerlo. Os sorprenderéis cuando os diga que, mientras en vuestro Reino las artes y los oficios se trasladan de tutores a pupilos de manera invariable, es en España habitual que cada cual escoja de entre todas las ocupaciones posibles la que de más interés le resultare, de suerte que dicen disfrutar infinitamente de su trabajo aunque, curiosamente, resulta casi imposible encontrar quien dedique sus horas de labor a la profesión que aprendió siendo joven. Suele ser así frecuente, y lógico si recordáis el vituperio constante a que aquí se somete a la cultura mientras se ensalzan las artesanías del hierro, que aquellas personas que se entregaron al más alto estudio acaben sirviendo a las que eligieron el camino de las tareas artesanas, quienes, por contra, suelen emplearse en trabajos ligados al desarrollo del poder del dinero, en tanto que, para mayor sorpresa, los estudiantes de esta materia acaban transformados en simples operarios de unas grandes factorías de usura que parecen controlar todas las cuestiones tocantes a la vida pública. Un gran desperdicio de vocaciones y formaciones, como veis, resulta de esta forma tan particular de distraer a la ciudadanía con estudios que jamás habrán de emplear en nada, y mucho podría aprender este pueblo tan peculiar de nuestra forma de organizar la educación, donde cada cual conoce lo que debe, y no más, para desarrollar más adecuadamente su aportación a la gran gloria de Sodoma que a todos nos enriquece.

Ya os advertí, por otra parte, que tienen estos españoles algo que llaman democracia, donde cualquiera puede participar de las importantes decisiones escogiendo a quienes las tomen por ellos, lo que no deja de ser una bonita paradoja. Los elegidos, varones y mujeres, aunque mucho menos visibles estas, se reúnen en grupos que llaman partidos, nombre que les viene al pelo pues solo ofrecen continuas muestras de divisiones. Sabéis ya, pues así creo habéroslo contado, cómo se valora la opinión de cada cual, por absurda y peregrina que resulte, y no sorprende de esta manera que acabe siendo imposible construir una fuerte unidad de pensamiento sobre cualquier tema de interés público. Seguramente sea producto de esto que os digo que España viva desde hace ya varios meses sin gobierno, y sin esperanzas de encontrar uno que pueda dar respuesta a las materias urgentes que ha de responder con presteza este país si no quiere exponerse a una rápida conquista que, bien mirado, no les vendría nada mal. Un sistema político fuerte y estable como el que sostiene nuestro Imperio podría solucionar los graves problemas a que se enfrenta la población española y, además, acabaría con la abyecta ostentación de esa llamada heterosexualidad que aquí se tiene por natural.

Llegado a esto debo deciros que la situación de nuestro pueblo en esta tierra resulta tan precaria en este punto como viene siendo habitual. Lesbianas, gais, bisexuales y transexuales muy difícilmente encuentran una persona que pueda representar sus intereses como minoría injustamente dominada en ese nivel del que os hablo donde realmente parecen tomarse las decisiones. Solo algunos partidos parecen haberse posicionado a favor de algunos de sus derechos, en tanto que otros se han distinguido por perseguirlos abiertamente, como ocurriera en el pasado, a través de todo tipo de violencias de palabra o de triquiñuelas extrañamente legales. Si bien en todas esas formaciones es factible encontrar posibles vecinos y vecinas de nuestra Sodoma, en esos partidos contrarios a nuestras libertades parecen no servir más que para ofrecernos una cara amable mientras siguen perpetuando las opresiones que aquí padecemos, en tanto que en los partidos que se reconocen como progresistas son reconocibles algunos de nosotros, aunque no tantos como sería lógico encontrar. Se ha extendido en esta tierra de Occidente la falsedad de que únicamente una de cada diez personas no disfruta con esas estomagantes prácticas heterosexuales, supongo que para mejor sostener el discurso oficial de nuestra opresión. Pues bien, ni aun aceptando que esa fuera una cifra válida encontraríamos una representación acorde en las instituciones: la gran cámara a la que se delegan las decisiones, que se llama Parlamento o Congreso y tiene la honrosa tarea de elaborar las leyes, se compone de trescientas cincuenta personas, pero no es posible encontrar treinta y cinco que se reconozcan como personas LGTB. Nuestro pueblo resulta así gravemente ignorado en esta tierra de España, y sólo parece que se nos permite delegar nuestras libertades en personas heterosexuales para que ellas decidan en nuestro nombre lo que puede sernos de más provecho. Incluso entre esos partidos progresistas, donde sí es más segura la encomienda, lesbianas, gais, bisexuales y transexuales acaban amablemente aparcados en ciertos grupos muy señalados, de los que de tanto en tanto sale alguien que ha de representar al conjunto entero y que acaba condenado a no poder tratar más cuestión que la de esa representación, sin que sea viable que toque temas de otra índole.

Para solucionar esta gravísima desigualdad hay una minoría dentro de la propia minoría que ha decidido organizarse mediante una serie de entidades, en paralelo a las que verdaderamente tienen poder decisorio. Las llaman asociaciones y, según me cuentan, su principal función no es otra que la reflexión sobre los intereses de nuestro pueblo y el consecuente intento de presión sobre los realmente poderosos, para que no olviden nuestras voces cuando se disponen a legislar. Como véis, resulta un esfuerzo extremo y en la mayor parte de los casos improductivo, ya que quienes ostentan la capacidad de decisión solo atienden a estas asociaciones de tarde en tarde, más interesados en aparecer a su lado, por el rédito que de ello pudieran obtener, que de llevar a cabo cualquier transformación social. Me adelanto a vuestro mandato si os digo, como ya he pensado, que ardo en deseos de acercarme a alguna de esas asociaciones para tratar de explicar allí a nuestros hermanos y hermanas que todo trabajo obtendrá escasos resultados hasta que de una vez por todas se decidan a imponer la verdad sobre esta falacia heterosexual en que viven condenados a la obediencia, asegurándoles, por supuesto, que un gran Imperio como el de Sodoma vela por sus intereses y acudirá a socorrer sus batallas cuando decidan emprenderlas, tal como era vuestra intención, cuando dio la orden de que comenzáramos nuestras embajadas, de propagar por el mundo nuestro sistema de orden, mucho más adecuado para asegurar el progreso, pues nos ahorramos tener que atender opiniones sin fundamento y la decisión última no corresponde a la ciudadanía imprudente, sino a vos, mi señor, que sabiamente veláis por los intereses de vuestro pueblo.

Estas y algunas otras cuestiones he venido aprendiendo gracias a la compañía de quien se ha convertido ya casi en mi preceptor en las materias que a España se refieren. Roberto, el joven del que en otras ocasiones os he hablado, ha sabido responderme debida y suficientemente las muchas preguntas que me inquietan sobre esta extraña y primitiva tierra, aun cuando no me atreva a realizar algunas de ellas. Pero sucede que, después de narrarle a Melquisedec, que parece haber alcanzado ya más conocimientos sobre la cultura occidental de cuantos yo podría conseguir en muchos años, los curiosos sucesos del ritual del cine, del que os hablé en la carta previa, estuvo no poco tiempo mi criado riendo a mandíbula batiente, y sólo me indicó que me restaban aún ciertos matices que precisar sobre las apreciaciones que extraje de aquella experiencia. Aunque veo en Roberto a un hombre tan discreto como bien parecido no dejo de considerar, después de lo dicho por mi criado, que quizá pudiera esconderme algo de importancia, si bien lo dudo, pues creo reconocer en él una buena persona, quizá la más indicada para ser el primer occidental que, de mi lado, visite la grandeza de nuestra Sodoma. He recurrido al Libro Sagrado del rey Kirta I, vuestro predecesor, tratando de hallar en sus revelaciones alguna idea que sirva para iluminar mis pensamientos, y sólo puedo emplear la conocida sentencia que nos dice «de mi ser te hago entrega, oh Natura; con toda mi sed y mi hambre toda: si tú quieres, sacia y desaltera. Ya nada me ilusiona», como única guía posible para entender mejor a quien lo es mío.

Dejaré que avancen os acontecimientos, pues, y esperaré vuestras noticias, mi señor, tanto como que vos y nuestro Reino se encuentren en el envidiable estado que disfrutaban cuando marché de allí. A vuestros pies se arrodilla,

Sótades de Adama

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