Cartas Sodomíticas VI

Carta sexta, donde se explican las diferentes palabras y conceptos que se emplean en la lengua de España y la de Sodoma para hablar de sexo y otras curiosas novedades.

Espero, Excelencia, que cuando os llegue esta embajada que os envío tengáis a bien responder de algún modo a las diferentes cuestiones que os vengo relatando, pues han llegado a tal punto las preocupaciones que en esta tierra me afligen que necesitaría de vuestro siempre entendido consejo para resolver las más de ellas. Procederé a transmitiros los sucesos que tocando a mis estudios y a mis experiencias en España han tenido lugar esta semana, para que podáis, si así lo tenéis a bien, ilustrarme sobre cómo he de obrar, pues vuestro silencio me pesa y temo no saber cómo proseguir con mi tarea a ciegas como me encuentro.

Habría querido recurrir a Melquisedec, que desde que aquí llegamos pasa más tiempo en las calles que junto a mí y es por tanto buen conocedor de los usos y costumbres de estas gentes, para llegar a dilucidar un curioso conflicto que en estos días he observado. Pero, como anda ocupado visitando esas asociaciones de las que os he hablado, y esa y otras dedicaciones que ignoro le ocupan los días, decidí citarme de nuevo con mi guía habitual, el joven Roberto del que ya os he hablado en otras ocasiones, para saber de su boca a qué se debe la disputa encarnizada que he observado en esas tan particulares redes sociales. Como os contaré, y para mi desgracia, de la solución de ese problema me ha surgido otro que no se como resolver.

Pero os contaré de forma ordenada, pues será así más sencillo transmitiros mis cuidados, que me preocupan especialmente por el que deberá ser nuestro modo de tratar con el pueblo de España. Sucede que son tan diferentes nuestras culturas que también lo son así nuestras lenguas, y estas se distinguen en algunos puntos de manera tal que la comprensión de los pensamientos de estas gentes me resulta prácticamente imposible. Nace el enigma de una simple canción que ha sido denunciada en unos festejos muy característicos de esta ciudad y, aunque encuentro la denuncia más que justificada, pues parece una grave ofensa al que es aquí nuestro pueblo, añadida a los muchos agravios que aquí soportan estas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, algunas de estas personas no han sentido el más mínimo menosprecio e incluso han celebrado el suceso como algo alejado totalmente de su realidad tan cruda.

En esa verbena, que es como denominan a la fiesta en Madrid, sonó una canción que lleva por estribillo la frase "matarile al maricón", que es esta la palabra con que aquí se trata de humillar a los varones de nuestro pueblo, aquellos que no mantienen los horribles vínculos sexuales con mujeres que resultan aquí tan frecuentes y tan repugnantemente normalizados. Pero esa amenaza de muerte tan evidente no ha sido entendida por todo nuestro pueblo, y hay quienes han pretendido justificarla explicando que con ese 'maricón' el cántico al que me refiero habla de otra cosa, de varones cobardes.

Con la intención de resolver el problema me cité con Roberto en la taberna habitual, donde tuvo a bien contarme que esa palabra maldita de maricón no solo se emplea en la lengua española para hablar de los dignos placeres de nuestro pueblo tratando de rebajarlos, sino también para referirse con ella a todos los varones que tienen comportamientos que se consideran poco adecuados a su sexo. Mucho se rió cuando le pregunté el motivo ya que, como os informé, me pareció que los varones más afeminados en España son aquellos que llaman heterosexuales, pues tienen formas y comportamientos muy similares a los de las mujeres de Gomorra, y así me parecía a mí más propio que los 'maricones' en cuestión fueran ellos y no nosotros, que nos gobernamos de la forma adecuada y no con los desvíos que aquí son frecuentes. Me recordó, y era de esperar, que la gente vive, como ya os dije, sumida en la más absoluta de las inversiones, y es de este modo que resultan afeminados quienes a nosotros nos parecerían viriles.

No supo Roberto decirme mucho más, pero se dio cuenta de que nos acompañaba en aquella cafetería aquel hombre del que os hablé hace tiempo, que pasaba las tardes pegado a sus libros, y ya que lo conocía creyó que sería adecuado preguntarle por nuestro enigma, por si de sus lecturas pudiera extraer alguna información que a nosotros se nos escapaba. Así nos contó aquel profesor que la palabra en cuestión cuenta ya con cinco siglos de historia y que si bien sirve tanto para hablar mal de nuestro pueblo como para llamar a los varones cobardes y afeminados, según las ideas aquí frecuentes, este uso tiene su origen en el primero, de suerte que aun siendo empleada con otras intenciones siempre sostiene una forma de violencia simbólica contra nuestras costumbres. Quedé muy contento de aquella información, pero no quise conformarme con ello y pregunté cómo era posible, entonces, que fueran tantas las voces, aun dentro de estos nuestros gais, que defendieran que dicha canción sonara sin ningún impedimento. Creo muy acertada su contestación, pues así os he transmitido ya alguna vez que esto mismo yo pienso de buena parte de esta supuesta minoría que aquí somos, y es que me dijo que estas personas LGTB en España tienen muchas y muy diferentes formas de comprender sus cualidades, y no son pocas las que llegan a tolerar cierto grado de humillación, o a siquiera ser conscientes de ella, en pos de defender algunas de sus ideas, y que en ocasiones incluso llegan a justificar los errores de la formación política de la que son afines con tal de no señalar sus descuidos.

Satisfecho con el dilema ya resuelto, salí caminando con Roberto para pasear por la zona liberada de Chueca. Iba yo pensando en que no son tan diferentes al cabo nuestras lenguas, pues la supuesta ambigüedad de ese 'maricón' no dista tanto de la palabra que empleamos en sodomítico para referirnos al mismo tiempo a las personas de poca instrucción, que son ajenas a nuestras costumbres, y a quienes se pervierten con el uso placentero de la práctica ritual de la reproducción, de modo que los 'maricones' de España pueden llegar a ser, aunque con oposiciones, parejos de los 'akizaríes' de nuestra Sodoma; cuando Roberto se detuvo frente al portón de una vivienda que resultó ser la suya. Aunque le expliqué que en nuestra tradición un varón, y aun menos uno de mi rango, no ha de acceder a las habitaciones privadas de otro hasta realizadas determinadas ceremonias, insistió en su invitación, pues quería ofrecerme la cena argumentando que era parte necesaria de mis estudios en España conocer los usos habituales de esta tierra, y que un convite de este tipo resultaba necesaria entre dos personas que se conocen desde hace ya tiempo. Y así, ruego me perdonéis si os parece indiscreción, subí.

Me dijo que, aunque sería lo más acertado, no tenía con qué cocinar para mí y prefería avisar a una taberna para que nos llevara la comida, con la intención de que yo pudiera probar los que son aquí platos habituales. Poco más tarde llegó un oriental con una multitud de cajas de cartón llenas de las más extrañas combinaciones de alimentos, que comimos mientras Roberto me preguntaba por esos rituales que le había dicho eran fundamentales. Intenté transmitirle la belleza de la ceremonia de Baal donde dos varones, cogidos de la mano, se prometen lealtad y caminan después por nuestras calles entre vítores y flores de sus vecinos. Quiso comparar el rito con la institución que aquí llaman matrimonio y, aunque concedí la semejanza, le avisé de que tal importante ritual estaba lógicamente reservado a dos varones, o dos mujeres en Gomorra bajo la advocación de Astarté, y no a los akizaríes, que profanarían con su perversión el esplendor de nuestras uniones. Siempre ríe mi amigo cuando le hablo así de nuestra tierra, pues supongo que al no conocerla no cree que sea tanta su belleza, y así se lo aseguré y ofrecí que, si vos lo concedéis, fuera invitado a nuestro Imperio cuando tengáis a bien llamarme de vuelta. Además, y aunque supongo que no lo toleraríais, por las pistas que me ha venido dando Melquisedec para interpretar mejor las formas de comportarse de los españoles, creo que su interés en nuestra cultura llega al punto de que estaría dispuesto a ser el primer extranjero en participar en una unión de Baal junto a un ciudadano de Sodoma, vínculo que quizá hiciera más sencillo llevar a cabo nuestros propósitos, pues conseguiríamos que nuestro pueblo en el exilio pudiera empezar a compartir la grandeza de nuestro Reino y deseara llevarla a su tierra.

En estos pensamientos me entretenía cuando comprendí que era ya deshonrosamente tarde y debía volver a la embajada, así que le agradecí a Roberto cena y conversación, prometiéndole encontrarnos pronto, y él me acompañó hasta la puerta... Y fue en ese momento que nació el siguiente gran problema que he debido afrontar esta semana, que durante largo rato me sumió en el más absoluto de los desasosiegos, pues no acertaba a comprender qué había sucedido hasta que Melquisedec tuvo a bien informarme. Llegados a la puerta, como os digo, Roberto empezó a hablar con voz más baja, más despacio, y parecía que los ojos le brillaban mientras me miraba de cerca al despedirnos. Supuse que alguna de esas viandas orientales le habían hecho enfermar, y creí conveniente, dada la confianza, alzar la mano para comprobar en la piel de su rostro si había aumentado su temperatura. Cuál sería mi sorpresa cuando, en ese preciso momento, cerró los ojos, se me acercó, y sus labios se tocaron con los míos. Quedé inmóvil mientras notaba hormiguear el vello de su barba en mi barbilla y, sin siquiera acertar a preguntarme por qué, sin movernos siquiera, su boca aleteaba en torno a la mía. Una vez se detuvo y volvió a alejarse, sin saber cómo responderle, simplemente di media vuelta sobre mis pies y me marché.

Con esa sensación extraña, meditabundo y rozándome los labios con los dedos me vio Melquisedec entrar en el palacio que nos sirve de residencia. Sonrió al observar cómo me sentaba sin decir palabra y, de pronto, como comprendiendo lo que había sucedido y que yo era incapaz de descifrar su significado, dijo:

- Lo que os ha sucedido se llama aquí 'beso', señor, y es uno de los rituales de afecto más básicos de esta cultura-, me explicó, mientras me preguntaba toda serie de detalles con la intención, según me contaba, de precisar de qué tipo había sido, pues son muchos y de muy distintos significados estos besos que he descubierto. Y aunque os digo que creo que puede parecer una costumbre extravagante y considerablemente poco higiénica, también he de deciros, no sé bien por qué ni cómo explicarlo, que se trata de algo hermoso.

Sin más por el momento, esperando vuestras palabras e indicaciones y besándoos la mano, se despide

Sótades de Adama

¿Te interesa el contenido?