Cartas Sodomíticas VII

Carta séptima, que cuenta del modo de honrar a los sabios del pasado en Sodoma y cómo estos se olvidan en España, de las curiosas comparaciones y coincidencias entre uno y otro pueblo, y de algunas cosas más.

Mucho he reflexionado, Excelencia, sobre los sucesos que os relaté en mi anterior embajada, y he resuelto esta semana que ganaría en tranquilidad si antes de volver a ver a quien ha sido mi guía en quizá más cuestiones de las que son tolerables me diera al estudio en profundidad de cómo este pueblo español manifiesta sus afectos, evitando así nuevas sorpresas que provocarían en mí un gran malestar, dentro del bienestar que indudablemente produjeron, y quizá resultarían excesivas ofensas a nuestras costumbres sodomitas.

De este modo quise visitar la taberna que tantas veces os he dicho que me sirve casi como oficina central con la única intención de tratar de encontrarme allí con aquel profesor que acertó a resolver mis dudas sobre el modo en que se emplean ciertas palabras en España, por si él, en ausencia de Roberto, pudiera suplir sus funciones sirviéndome como informador de los usos españoles. Y fue mucha mi suerte, pues allí lo encontré como suele, aferrado a sus libros.

Como he percibido últimamente que son muchas las personas que suelen violentarse si se las aborda directamente para preguntarles sobre esta o aquella duda sobre su comportamiento, quise respetar la lectura a que estaba entregado sentándome a beber una de esas bebidas con burbujas, mientras me entretenía leyendo yo también los escritos de vuestro antecesor el Rey Kirta, primero de nuestra época. Pero era poca la atención que yo dedicaba a Sus Sagradas Letras, pues de tanto en tanto levantaba mi vista para observar al profesor, considerando cuál sería el momento más adecuado para interrumpirlo y preguntar sobre estos asuntos que ahora tanto me inquietan. Y quiso Asera serme favorable, pues pronto observé cómo también él de tarde en tarde me miraba y así, tras varios momentos en que se cruzaron nuestras miradas, fue suya la iniciativa de acercarse a saludarme, pues me reconoció como quien soy, y lo invité a compartir conmigo mesa y charla, que yo pretendía aprovechar para solventar mis muchas dudas sobre esta tan rara cultura.

Quiso comenzar nuestra conversación, como buen hombre de letras, preguntando por el libro en que cuya lectura me hallaba sumergido, y yo, pretendiendo no revelar más misterios de los imprescindibles, apenas le informé de que se trata de uno de nuestros más preciados textos. Pero antes de que pudiera impedirlo encontré que ya tenía en sus manos mi ejemplar del Libro Sagrado, y lo estudiaba con atención, dibujando arcos con sus cejas en no pocos puntos donde detenía su vista, como si quisiera comprender y no entendiera lo que allí leía. No quise parecer descortés y así interrumpí su estudio de nuestro Libro explicándole brevemente la historia del Rey Kirta I, el viajero, de cómo llegó a nuestra Sodoma tras la Última Batalla y muy pronto alcanzó el trono de nuestro Imperio para abandonarlo poco después, cuando creyó que había cumplido con la ardua tarea de reconstruir nuestro Reino. Le conté que en el Libro Sagrado se recogen las más de sus enseñanzas y dichos, así como la transcripción del único texto que nos dejó manuscrito, donde se agrupan numerosas sentencias y profecías inspiradas sin duda por el mismísimo Él, y que a nuestro pueblo sirve hoy como guía espiritual y camino de todo conocimiento.

Muy interesado estaba nuestro profesor en la historia de Sodoma y nuestro Rey, y me confesó que también inquieto, pues algunos de esos textos creía haberlos leído anteriormente. Me dijo, por ejemplo, que uno de los más conocidos versículos de nuestro Sagrado Libro, ese dice "en un sueño soñé con una ciudad invencible a los ataques de todo el resto del mundo; soñé que se trataba de la nueva ciudad de los Amigos", lo conoce Occidente como obra de un antiguo poeta, pionero en la expresión del libre deseo entre varones, que llevaba el extraño nombre de Walt Whitman. Ciertamente me sorprendió la coincidencia, y no acerté a explicar el motivo por el que en dos partes del mundo dos hombres de tan distinas culturas escribieran el mismo verso sino fuera por la directa inspiración mediante el sueño de nuestros dioses; y antes de que pudiera rebatirme con la descreencia de nuestra religión que es típica en esta tierra quise preguntarle cómo honran en esta cultura a los profetas del pasado.

Mucho debió afectarle la cuestión, pues se quejó largamente de que en España toda cultura parece proscrita y los grandes hombres padecen una extraña condena a medio olvido pues, aunque se recuerda su nombre y se venera de cierto modo su memoria, su labor en la tierra parece obviarse, y no es así más que fingido el homenaje, que no alcanza a más que a cuatro palabras para guardar las apariencias. "Puro postureo", gritó dando un golpe en la mesa con el puño, sin que yo acertara a adivinar a qué se refería hasta que explicó lo que os cuento, "al cabo es más importante parecer que se honra la memoria que honrarla realmente".

Sucede, pues quise saber más y así le pregunté, que esta misma semana se han cumplido ochenta años de que fuera asesinado uno de los mayores poetas que ha tenido esta tierra, que ha llegado a convertirse en todo un símbolo de los derechos de nuestro pueblo en España y aun el mundo. Lesbianas, gais, bisexuales y transexuales recuerdan su muerte en la gran guerra que aquí hubo pero, como se quejaba el profesor, apenas sí demuestran su homenaje si no es más que con palabras vacías, sin honrar la memoria del poeta leyendo su obra. García Lorca, que era su nombre, disfruta de estatuas mientras su tumba no se conoce, aparece en esas raras redes sociales de forma constante, pero sin que nadie parezca querer abrir uno de sus libros, y aunque es mencionado frecuentemente por ese movimiento 'LGTB' que lucha por el reconocimiento de nuestro pueblo nadie, salvo una sola de esas asociaciones, ha tenido un momento para reconocerlo como merece.

Tan grande me pareció su tristeza y preocupación por esta causa que quise prometerle que llevaría a nuestra Sodoma la obra de esa autor, para que allí fuera estudiada y conocida, pues si en tan alta estima lo tenía no podía dudar de que el poeta merece ser apreciado por nuestro pueblo. Y así le dije también cómo en vuestro Reino honramos debidamente a nuestros grandes varones y dedicamos grandes honores a nuestro rey Kirta cada año por su onomástica, pues el respeto a la tradición y a la memoria es uno de los más importantes fundamentos de la cultura de nuestra isla, y que siempre sería posible extender las celebraciones al homenaje a aquellas grandes figuras de nuestro pueblo en el exilio que vuestros embajadores vamos conociendo en nuestros viajes.

Fue cuando hablé de nuestro Imperio como de la isla que es cuando el profesor volvió a formar un arco con una de sus cejas y me interrumpió para preguntarme cómo era posible aquello, pues él tenía en su conocimiento otra muy distinta geografía de nuestra tierra. No creeréis el relato que me hizo sobre la que aquí creen que fue la historia de nuestro pueblo, pues tienen por cierto que fue destruida Sodoma hace miles de años. Creo, pues así he conseguido comprenderlo, que al haber seguido fielmente uno de los textos que escribieran nuestros antiguos invasores, que hablaba sobre el incestuoso Lot, han dado por bueno el relato de aquella parte sin preocuparse por la verdad de la nuestra; y así se asegura en Occidente que una vez el hereje fue expulsado de nuestra ciudad esta fue destruida, en lugar de saber cómo lo condenamos al exilio tras repeler las tropas de Abram, y dio comienzo entonces nuestro silencio y apartamiento del resto del orbe para preservar, como hemos hecho, nuestra cultura del influjo de las perversiones extranjeras. Lo que no acierto a comprender es por qué pretenden colocar nuestra civilización en tan equivocado lugar del mapa, muy al este de donde nuestra isla se encuentra, bañada por el mar que aquí llaman Mediterráneo y donde nuestro pueblo vive desde hace ya tantos siglos que incluso resulta extraño que no hayan sido más las incursiones armadas que han tratado de conquistarnos.

Quise dejar esta cuestión, pues solo prometía encaminarnos a un enfrentamiento -y me hubiera sido preciso desvelar más secretos de los tolerables para convencer a mi interlocutor de sus errores- y preguntarle, ya ganada su confianza, por el tema de la expresión de los afectos que tanto me viene preocupando. No quise dar más detalles sobre mi experiencia de los imprescindibles, y traté también de hacerlos pasar por cuestiones ajenas a mí de todo punto. Así conseguí saber que en España son cada vez más semejantes los usos afectivos de estos horribles heterosexuales y los que emplea nuestro pueblo de lesbianas, gais, bisexuales y transexuales, y no tanto porque estos hayan tomado a aquellos como ejemplo, como suele suceder, sino porque unos y otros copian sus costumbres mutuamente. Me dijo el profesor, y tenga en cuenta vuestra Excelencia qué poco apropiado resulta, que de manera tradicional el placer sexual ha estado reservado a personas de sexo diferente, pero siempre una vez vinculados sus afectos mediante la institución del matrimonio, y que la afectividad entre iguales ha sido tanto ensalzada como considerada sospechosa, dependiendo del momento histórico en que nos detengamos, pero ha sido constante, como ya os dije, la persecución de los placeres carnales de este tipo, que se han venido practicando en la más absoluta clandestinidad, condenados a realizarse sin ningún ritual propio que se conozca. Recientemente, añadió, ambos modelos se han contaminado mutuamente, de forma que los heterosexuales han empezado a disfrutar del placer antes del matrimonio y nuestra gente aquí empieza a enfocar sus experiencias con el fin de esa institución, uniéndose ambas costumbres en una amalgama que erradica toda diferencia y, si bien reconoce derechos para las personas LGTB, desdibuja de tal modo su especificidad que puede decirse que la que aquí era la cultura propia de nuestro pueblo ha desaparecido en pos de una cultura común en la que ha tenido cierta influencia, pero no la suficiente para compensar el modelo implantado por un tal Disney, que parece haber sido un sabio o un gobernante que impuso unos patrones de comportamiento muy precisos empleando el recurso del cine.

También pregunté por cuál es el orden establecido en la evolución de los afectos, pues el descubrimiento del rito de lo que llaman beso sigue desconcertándome, y así me explicó que se articula como inicio de un lazo afectivo especial y, al mismo tiempo, sirve para sellar la unión matrimonial. Entre ambos, como os digo, puede tener lugar el placer sexual, que se prescribe con todo como más relevante una vez formalizada el vínculo institucional. Pero resulta todo caótico de la manera más absoluta, pues sucede, me dijo mi docto amigo, que el placer también se expresa entre personas que no están vinculadas por afecto ninguno, casi como una urgencia animal, y que incluso la ya moribunda cultura de nuestro pueblo en esta tierra ha desarrollado lugares específicos donde practicarlo. Supongo que habré de seguir investigando sobre estas cuestiones, y ruego me perdonéis si os digo que hablaré de nuevo con Roberto, una vez comprendidas mejor sus intenciones, para que me informe como él sabe de las tan curiosas cosas que en España son frecuentes, y de cómo se ha de proceder con todas ellas.

Del mismo modo, he de averiguar qué sucede con nuestra comunicación, pues ya me extraña que, tanto tiempo después, no haya recibido noticia vuestra, y temo que Melquisedec, en sus muchos entretenimientos por vivir según la costumbre de estos españoles, esté prestando poco celo a las nuestras y no cumpla debidamente con su cometido, haciéndoos llegar según es uso habitual mis embajadas. Sabed así cuánta es mi soledad en esta tierra, donde las novedades me extrañan e inquietan e incluso he de dudar de mi propio ayudante cuando no recibo informes de nuestra Sodoma.

Me despido a los pies de su Excelencia y esperando una respuesta,

Sótades de Adama

¿Te interesa el contenido?