Cartas Sodomíticas, VIII

Carta octava, que trata con mucha inquietud de una importante novedad sobre la seguridad del reino de Sodoma, y de un gran descubrimiento sobre las costumbres de España.

Cuídese mucho, Excelencia, de destruir esta carta tan pronto como terminéis de leerla, pues son de gran peligro las cuestiones de que trataré en ella, y temo por la seguridad de nuestro Imperio, que por mi poca cautela ha podido verse seriamente comprometida.

Me ha sido necesario enviaros personalmente esta misiva, según el procedimiento habitual que sigue nuestra tradición, y puede que os lleguen dos copias si mis inquietudes no se confirman: no me es posible seguir confiando esta tarea a Melquisedec. T

emo que su inclinación hacia el disfrute de las costumbres españolas durante sus investigaciones lo hayan convertido al fin en un renegado, y haya optado por traicionar nuestros principios en pos de favorecer los de Occidente.

Sucede que esta semana, ahora os contaré cómo he llegado a averiguarlo, he descubierto que todas las embajadas que os vengo enviando se han ido publicando puntualmente en una página de noticias en internet, ese recurso informativo inalámbrico que aquí tanto se emplea, que está especializada en los temas que conciernen al que aquí es nuestro pueblo.

En España estas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales necesitan de medios específicos para poder encontrar referencias a los sucesos que más les atañen, pues suelen estar condenados a la invisibilidad en el resto de medios de comunicación, controlados habitualmente por personas heterosexuales aunque a veces pretendan fingir cierta tolerancia colocando como presentadores de sus programas a nuestros hermanos y hermanas.

No puedo asegurar, de este modo, si habréis recibido o no mis anteriores cartas, y así me es preciso escribir esta, que espero llegue a su destino, deteniéndome en algunas cuestiones que deberíais ya conocer; pero este embrollo explicaría, sin duda, que aún no haya tenido yo noticias de vuestra Excelencia en el largo tiempo que llevo en esta tierra.

Como antes os dije, es bien posible que a Sodoma lleguen dos copias, pues duplico este texto para haceros llegar una carta personalmente en tanto entrego otra, como suelo, a Melquisedec, esperando no sospeche que he descubierto que ha venido mostrándoselas a quien no debe. Y sabed que considero es casi innegable su acuerdo contra nuestros intereses desde un primer momento pues, como paso a referiros, he logrado desvelar la trabazón de sus argucias gracias a lo que he ido averiguando esta semana.

Después de algunos malentendidos que nos tuvieron alejados esta semana quise encontrarme nuevamente con Roberto -un joven que ha venido sirviéndome como guía en este país- en la taberna donde nos conocimos y acostumbrábamos a citarnos, lugar en que también conocí a un profesor, el único que supo aclarar algunas de mis más hondas dudas sobre España, y, en definitiva, adonde llegué por indicación del propio Melquisedec, que me recomendó tal cafetería frente a otras muchas posibles.

Cuando mi buen amigo me explicó cómo conocía él al profesor que os digo entendí la traición de mi criado, y es que sucede que dicho caballero es colaborador habitual de esa página de la cáscara amarga que el mismo nombre lleva. Algún acuerdo deben tener, por tanto, que ahora entiendo que a mis espaldas ha venido evolucionando, y sólo espero que Roberto, que ahora tengo por la única persona de mi confianza en esta tierra, no ande también involucrado en la conjura.

Muchas son desde entonces mis sospechas, y sobre ellas me andaría pensando de continuo si no fuera porque la compañía de Roberto me sirve de inteligente distracción, pues gracias a él descubro costumbres y particularidades de la cultura española que no me resultaría fácil averiguar si no fuera a su lado.

No sé si habréis podido leer la carta en que os contaba que un ritual de afecto en esta tierra lleva el nombre de beso y consiste en la unión de los labios dos personas que se tienen en mucha estima. Pues sabed, mi señor que esto, que me enseñó Roberto en su día y resulta tan extraño como hermoso, no es nada comparado con las muchas y diferentes cosas que esta semana gracias a él he aprendido.

Tras nuestro encuentro salimos de la taberna aquella y, sumido en mis pensamientos y consideraciones sobre a qué conspiración hemos de enfrentarnos, no reparé en que nos encaminábamos, de nuevo, hacia el lugar donde vive mi amigo.

Como en la anterior ocasión, pretendía invitarme a la cena y esta vez, lejos de mostrar cualquier reparo, pues entiendo que no ofenden a mi rango y condición las más que posibles muestras de cariño, accedí gustoso a cambio de que me permitiera obsequiarle con la bebida que nos iba a acompañar.

Así visitamos brevemente una bodega y, cumplido el encargo, subimos hasta su vivienda, donde encontré que Roberto había preparado no pocas viandas con las que obsequiarme. Me resultó interesante -y así os lo prepararé si tengo oportunidad y gustáis- que parece ser un plato muy característico de su tierra un animal marino que siempre hemos tenido en Sodoma por repugnante: el pulpo, que sazonan debidamente y sirven apenas hervido y, aunque al comienzo resulta difícil al paladar, por su particular textura, no deja de ser sabroso.

Muchos placeres que en España se valoran como elevados los consideramos impropios los sodomitas

Entiendo cada vez más adecuadamente que muchos placeres que en España se valoran como elevados los consideramos impropios los sodomitas, en esta inversión tan característica de nuestras costumbres y las suyas.

Esta misma idea afiancé poco después, y ruego disculpéis lo que os cuento, que trataré de transmitíroslo guardando el decoro que os debo, pues, como ya había yo imaginado, tras la cena, bebidas y postres, quiso Roberto ofrecerme, en lugar de volver raudo a la embajada, quedarme allí en su compañía y ver juntos una de esas películas que, como en su momento os conté, sirven como ritual de inicio de la expresión de afectos.

No recuerdo ahora cuál era su título, y no podré hablaros de ella con más detalle que deciros que trataba sobre el naciente amor entre dos jóvenes varones que coinciden en la Academia, porque poco tiempo después de que diera comienzo la proyección volvióse hacia mí mi amigo, y empezó a acercárseme con la intención, nuevamente, de practicar esto que llaman beso.

A partir de entonces... no creo adecuado contaros mucho más de lo que sucedió, sino transladaros mi sorpresa por las grandes diferencias que descubrí entre los ritos afectivos entre varones que se practican en Occidente y los que tenemos por comunes en Sodoma.

Y es que sucede que en tanto que nuestro pueblo entiende la expresión completa del afecto como una acción fundamentalmente intelectual, en la que los dos hombres se comunican con la palabra, estas gentes han escogido para expresar ese aprecio una vía casi exclusivamente carnal, e incorporan a sus placeres sexuales prácticas que jamás pensé que pudieran realizarse, y que por pudor me callo, esperando seguir investigándolas para mejor trasladaros con exactitud en qué consisten todas ellas.

Añado, pues resulta interesante, que la misma habitación que se emplea para el descanso sirve también de forma habitual para llevar a cabo las muchas y diferentes uniones posibles, y que ciertamente, pues nosotros jamás osamos entrar en la alcoba que otra persona usa para dormir, me costó aventurarme a introducirme en la de Roberto, aun llevándome él de la mano, hasta que me recordé que mi función principal es la de investigar los usos y costumbres de estas gentes, me dije a mí mismo "que Baal me guarde", y allí que me entré.

Del mismo modo me sorprendió que la difícil relación que este pueblo tiene con el desnudo se olvidara completamente en ese lance pues, a diferencia de nosotros, que apreciamos la desnudez en el gimnasio y la consideramos inapropiada durante cualquier ritual afectivo, los españoles, que tanta importancia dan a sus vestidos cuando practican deporte, muy fácilmente se despojan de todo ropaje llegado el momento de llevar a cabo otras prácticas.

Y he de deciros que, aunque en un primer momento no supe reaccionar mientras Roberto se desnudaba y me desnudaba, paralizado como estaba por mi falta de previsión ante aquello, una vez culminamos el procedimiento y él quedó dormido sobre la cama tuve gran placer de observar su belleza en tan íntimo momento y, quizá afectado por la experiencia, deseé únicamente reposar a su lado, abrazándolo. Y así me dormí.

Pero estos placeres que os cuento, mi señor, no son suficientes para hacerme olvidar las muchas preocupaciones por la situación comprometida de mi misión, pues entiendo que a muy grande riesgo me enfrento al haberse visto publicada mi correspondencia, y temo que la traición de Melquisedec eche a perder todos nuestros objetivos.

Y, al mismo tiempo, he de confesaros que no terminan ahí mis sospechas, pues al venir comparando, como hago, nuestras tradiciones con las españolas son ya muchas y variadas las cuestiones que despiertan mi suspicacia, pues no acierto a comprender cómo los versos sagrados de Kirta pueden haber aparecido escritos aquí antes de mi llegada, tema del que ya os hablé, ni de qué modo es posible, por ejemplo, que la palabra con la que llamamos a nuestras instituciones educativas, nuestras academias, se corresponda literalmente con un término de una lengua, la griega, con la que nunca hemos tenido contacto en Sodoma.

Quizá sea excesivo mi recelo, pero creo dilucidar que son muchas las cosas que desconozco, tanto sobre España como sobre nuestro Reino, y vuestro silencio, si es que habéis estado recibiendo mis embajadas, no me ayuda.

Esperando que esta carta os llegue y acertéis a responderla, quedo a vuestro servicio:

Sótades de Adama

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