Cartas Sodomíticas IX

Novena carta, y última, donde se resuelve el misterio del Reino de Sodoma y da por terminada la embajada en España de Sótades de Adama.

Sabed, señor, que esta será la última de las cartas que os enviaré, pues entiendo por las averiguaciones que he venido realizando esta semana, teniendo en cuenta además vuestra falta de respuesta y como consecuencia de los sucesos que recientemente me han ocurrido, que he de dar por concluida mi responsabilidad con vuestro Imperio.

Una vez resueltas las muchas preocupaciones que me ocupaban hace unos días, y que os transmití en la misiva anterior, os envío esta con mi buen Melquisedec al lado, que me asegura, y ahora fío de su palabra, que, aunque fue ardid suyo filtrar a los de la Cáscara Amarga mi correspondencia, en todo momento ha venido enviándoos después todo cuanto os escribía, y dejaré esta vez, con conocimiento de lo que ocurre, que les haga llegar también esta última, pues entiendo que si alguien ha querido seguir toda nuestra historia hasta el día de hoy tiene también derecho a saber cómo se ha resuelto mi peregrinaje por tierra española. Os iré contando, así, cómo en estos últimos días he venido solventando tantas dudas y decidiendo, al cabo, que será de mí y mi futuro.

Tras mi último encuentro con Roberto, mi querido amigo y guía, al fin de la pasada semana empecé a replantearme, como os apunté, a qué podían deberse las muchas diferencias entre la que tenemos por cultura nuestra en Sodoma y los usos y costumbres que aquí mantienen estas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales.

Y sin llegar a comprender cómo nuestro pueblo sodomita ha vivido tantos años firme en sus convicciones pero al margen de los muchos placeres que pueden ser disfrutados, decidí acudir de nuevo, aun con muchas reservas, a la taberna de costumbre, para tratar de encontrarme con el profesor que en su momento tanta ayuda me ofreció con sus explicaciones.

Grande fue la sorpresa al llegar allí, pues nada más atravesar el dintel de su puerta encontré, señor, a mi Melquisedec sentado con el dicho profesor, leyendo ambos con atención mi anterior carta para vos. Descubierta la traición monté en cólera, y entre mis gritos apenas pudieron ofrecerme una explicación hasta que, ya agotado y ciertamente resuelto a no poder seguir viviendo en mi ignorancia, decidí sentarme con los dos conspiradores, traidor y maestro de traidores, y exigir la pertinente aclaración de toda aquella conjura.

Muchas fueron las curiosas cosas que así pude averiguar y que me resultaron de gran interés, por contradecir grandemente la historia de Sodoma que yo tengo por cierta. Dice mi querido profesor, rey Kirta, que según las investigaciones que ha llevado a cabo nuestro Imperio se remonta atrás en el tiempo mucho menos de lo que tenemos por seguro; y que fue la clave para su descubrimiento el análisis de mi ejemplar del Libro Sagrado de vuestro predecesor, gracias a cuyo breve estudio pudo desvelar lo que me resulta ya tan cierto que a duras penas puedo seguir creyendo lo que hasta ahora di por verdadero.

Me contó este maestro la historia de un antiguo miembro del que podría ser nuestro pueblo que llevaba por nombre George Cecil Ives, inglés nacido hace ya casi ciento cincuenta años, que tuvo a bien en su momento, a finales del que aquí cuentan como su siglo XIX, organizar las reivindicaciones de quienes amaban a nuestra manera en torno a una suerte de grupo que se denominó la Orden de Queronea, en memoria de una antigua batalla occidental en la que un ejército de amantes, el Batallón Invencible de Tebas, fue derrotado por otro gran amador de varones, Alejandro Magno, el macedonio, junto a su padre Filipo.

Me dijo también que aquel gran hombre llamaba al poeta Walt Whitman "el profeta", y empleaba muchos de sus versos en los distintos rituales a los que la Orden se entregaba, y que es de ese modo como habrían llegado esas líneas, junto a otras muchas, hasta nuestro Libro Sagrado, saben los dioses de qué modo.

Hemos deducido, como única explicación posible, que algunos de los miembros y miembras de aquella Sagrada Orden decidieran en un momento fundar una colonia donde únicamente fueran toleradas nuestras costumbres, y perseguidas cualesquiera otras, en un momento cercano a la que llamamos nosotros la Última Batalla; y que así, tras el paso de los años y gracias al no poco secretismo y a la mucha vigilancia sobre el respeto a nuestras prácticas, reescribiéndose una y otra vez la Historia, hallamos llegado más de cien años después a emparentar nuestra Sodoma con la Sodoma que aquí se dice que fue destruida siglos atrás.

Bien es cierto que resulta realmente inverosímil que un engaño tan grande haya perdurado más de una centuria, pero aunque tienen en España un curioso dicho que afirma cómo no hay mentira que cien años dure, más bien ha de entenderse al contrario, pues es bien cierto que resulta la verdad la que se demuestra más fácilmente manipulable según quien ande contándola, y así en estas tierras creen en dioses extraños dos mil años después de su supuesta existencia y nosotros, en nuestra Nueva Sodoma, veneramos antiguas deidades en tanto que confiamos en que las historias que nos contamos resulten siempre verdaderas, aunque es ya evidente que no lo pueden ser.

Y una prueba más de esto que os cuento, y que no sé a ciencia cierta hasta qué punto conocéis y habéis ocultado o también se os ha escondido a vos mismo, son las muchas influencias que nuestra cultura, aun orgullosa de su impermeabilidad para el influjo extranjero, ha recibido de otras muchas civilizaciones.

La demostración le resultó sencilla a Melquisedec y a nuestro profesor, pues sucede que mi propio nombre, Sótades, tan habitual en nuestro estado, no es de origen cananeo, como pensáramos, sino griego, y que un célebre poeta de la Antigüedad, tocayo mío, llegó a ceder su nombre siglos después a lo que se conoció como "zona sotádica", que era aquella en que los viajeros ingleses del mencionado siglo XIX encontraban pruebas del amor entre varones. Como veis, señor, por mucho que confiemos en la certeza de nuestra historia, es cada vez menos posible otorgarle credibilidad.

No creo que me sea preciso transmitiros la gran inquietud que todos estos descubrimientos me provocaron, pues supongo que, si también desconocíais estos hechos, será inferior al vuestro, y lo será también si estabais al tanto de todo ello y veis ahora vuestra mentira al descubierto.

Sea como fuere creo que debo también informaros de que, una vez conseguí afianzar mis nuevas creencias, me interesé por cómo habían desarrollado los conjurados la traición, que quizá no lo sea ya tanto, y descubrí que Melquisedec fue convencido hace ya muchas semanas por este profesor del que os hablo para poner en evidencia la gran mentira sobre la que se asienta vuestro Reino, y así resolvieron ir trasladando a la prensa mis cartas, como espero que también se publique esta donde os traslado la verdad de todo lo sucedido y de lo que he decidido hacer yo mismo al respecto.

Lo que no esperaban era que la aparición de Roberto, y que este conociera al profesor a través de los de la Cáscara Amarga, me hiciera a mí averiguar tan pronto todo el engaño; y debo deciros que es precisamente por mi buen amigo por quien me he inclinado a no volver a Sodoma, a permanecer en España y tratar de hacer aquí lo que buenamente pueda por la libertad de estas lesbianas, gais, bisexuales y transexuales que siento como mis iguales.

Pero no penséis que es solo el afecto que le tengo a mi amigo el que me mueve a ello, que tales debilidades no serían propias de quien, como yo, intenta siempre razonar más con la cabeza más que con el pecho. Muy al contrario fueron los sucesos de aquella misma tarde junto a Roberto, posteriores al descubrimiento de la verdad sobre nuestra Sodoma, los que me posicionaron para tomar partido por una de mis muchas posibilidades de futuro.

Fue joven amigo a recogerme a la taberna habitual aquel día, como os digo, y andábamos ambos por la calle buscando donde tomar la cena, sumidos en nuestra conversación, en que yo le narraba mis nuevos hallazgos y las muchas dudas sobre mi destino que me habían surgido. Atento como suele ser, quiso consolarme y, como aquí es habitual, tomó mi mano para que así siguiéramos caminando.

Y entonces descubrí algo de lo que había oído hablar en alguna ocasión y no daba por cierto, pues fue poco después que un joven, solo, que se acercaba a nosotros también paseando, rompió de un empujón nuestro enlace y, mientras pasaba entre nosotros murmuró, con el volumen suficiente para que pudiéramos escucharlo, "¡qué asco de maricones!". Sin comprender por qué lo había hecho me volví hacia él, miré acto seguido a Roberto, y traté de que me explicara qué había sucedido. Mi buen amigo, sin inmutarse apenas, volvió a cogerme la mano, tomó su teléfono, y escribió un mensaje a un número que tenía guardado como Observatorio, relatando lo ocurrido.

- Esto pasa continuamente-, empezó a decirme cuando al fin le pregunté-. Hay gente que no tolera que dos varones puedan tenerse cariño y caminar cogidos de la mano, y responde de cualquier manera. En el fondo hemos tenido suerte, porque podría haber sido peor.
- Pero.... ¿y qué se hace cuando sucede esto?
- Lo que acabo de hacer: escribes al Observatorio contra la Homofobia y se lo cuentas, y te acompañan a denunciarlo, o lo que quieras.

Así acabamos aquella tarde en la comisaría, junto a un joven que muy amablemente nos fue explicando qué pasos habíamos de seguir. No quise preguntarle en profundidad cómo y por qué llevaban a cabo todo aquel trabajo, pues pienso enterarme formando colaborando con él activamente.

Como os digo, señor, pretendo permanecer en España y olvidar cualquiera de mis responsabilidades para con una Sodoma de ficción que ha acabado convertida en un sistema tan imperfecto como aquel del que huía cuando nació.

Creo fervientemente en que nuestro pueblo en España debe disfrutar de toda la libertad que pensaba teníamos en nuestra tierra, pero tiene derecho a disfrutarla sin renunciar a los muchos y buenos placeres de los que participa y que nosotros habíamos olvidado, del mismo modo en que empiezo a comprender que el verdadero sentido de la libertad no reside en la imposición de las licencias propias sobre las ajenas, sino en el completo disfrute de todos y todas de cuantas libertades sean posibles sin merma de otras.

Por eso quiero renunciar al que parecía el hermoso sueño de Sodoma, y decido trabajar para construir en esta España un sueño que pueda incluir a todo el mundo, libre de cualquier engaño; porque aunque resulte apetecible la idea de una tierra exclusiva para lesbianas, gais, bisexuales y transexuales no puedo pedirle a nuestro pueblo que abandone la tierra a la que tiene derecho en pos de una libertad relativa en tierra extraña.

Un poeta que me descubrió Roberto, de nombre Paul Éluard, tiene una frase que ahora recuerdo y muy a propósito os cito: "hay otros mundos, pero están en éste". Y en este quiero construir el mundo que creo más justo.

Guárdeos Baal, o el dios que prefiráis, que a mí ya me guarda la ilusión de trabajar para que estas gentes, hermanos y hermanas mías, puedan llegar a sentir como realmente propio el que es su país, ahora también el mío.

Sótades de Adama

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