fatigas grande

A todos nos han partido la cara

Somos un colectivo en riesgo de exclusión. Sí, eso es lo que somos. A veces a la gente de a pie se les olvida eso. No recuerdan que tenemos a organizaciones y colectivos tras nuestros pasos para intentar minarnos, quitándole importancia a lo que tenemos que enfrentarnos día a día e intentando arrebatarnos los derechos por los que tan duramente hemos luchado.

No quiero caer en el victimismo gratuito ni en sentir una falsa compasión hacia lo que nos pasa, hoy solo quiere hablar de la realidad.

La mayoría de la población piensa que al eliminarse la ley de vagos y maleantes todos nuestros problemas desaparecieron, que ahora vivimos alegremente en un mundo donde todo es de un reluciente color rosa homosexual.

¿Nos hemos planteado alguna vez lo insoportable de ser constantemente relacionados con enfermedades de transmisión sexual o la promiscuidad?

Ellos no son los que leen con terror los titulares de las palizas en pleno centro de Madrid con el temor de aparecer un día en ellos, no son quienes tienen que luchar constantemente por validar un núcleo familiar al que se empeñan en desautorizar, ni tener que bregar contra la etimología de la palabra matrimonio. Tampoco tienen la preocupación de ver como en otros países personas como ellos son asesinados de la forma más brutal posible, solo por querer ser libres.

Estamos en España y aunque hayamos conseguido un puñado de derechos seguiremos batallando con gente que nos mira por encima del hombro, que se atreven a mascullar un “yo te respeto” (pero no eres igual a mí); disputar la misma cantinela de “yo tengo mucho amigos gays”, solo porque se ríe un rato con el peluquero; y como no, tener que escuchar de las mujeres, ese eterno género castigado por la objetualización, lo de “que pena, que desperdicio”.

¿Nos hemos planteado alguna vez lo insoportable de ser constantemente relacionados con enfermedades de transmisión sexual o la promiscuidad?

Hace pocos días le han partido la nariz a un chico solo por ser gay, un caso entre tantísimos. Nos echan de taxis, de bares o de restaurantes por besarnos. Vimos como dos chicos se besaban ante la manifestación de neonazis por el centro de Madrid mientras éstos les increpaban. ¡Qué ironía! Crean unidades de delitos de odio para luego autorizar manifestaciones de individuos que si pudieran nos rajarían de arriba abajo sin pestañear. Por supuesto, la libertad de expresión está por encima de todo, aunque sea anticonstitucional; y lo que es peor, si te atreves a reprocharlo te contestan con un “eso son casos aislados, ya no vivimos en el franquismo”. Señores, ¿no se dan cuenta? No tenemos que dar las gracias porque nos dejen pasear por la calle sin escupirnos.

Somos guerreros en una batalla que está muy lejos de terminar

Y entre tanto vaivén, hay por ahí algún obispo de sobra conocido por todos que se atreve a definirnos nada más y nada menos que como el imperio gay; ya nos gustaría porque tendríamos a la Iglesia a nuestro servicio. Pero lo más sorprendente es que hay sectores que ni repudian esas palabras, es más, todavía se atreven a argumentar, no sé con qué sólida base, que la Iglesia no está en contra de los gays.

Falta mucho por conseguir. Hay que continuar con la lucha porque mientras nos retraten en las películas como los mariquitas graciosos, desbordados de pluma y mirando a los maridos de nuestras amigas como el oscuro objeto de deseo no llegaremos a nada.

Dejemos de ser unos hipócritas. La situación va cada vez a peor y mientras muestran su mejor cara a ese “colectivo desfavorecido”, se darán la vuelta rezando porque no les salga un hijo maricón. Darán palmaditas en la espalda a sus “amigos gays” mientras susurran hacia dentro un “qué pena”.

Decía al principio de esta columna que no quería ser victimista, pero es que no lo somos, somos guerreros en una batalla que está muy lejos de terminar. Somos cada chico al que le dan una paliza, al que muere ahorcado en otro país o al que le gritan maricón cuando pasea por su pueblo. Cerrar los ojos y fingir que no ocurre nada sólo nos enreda en la falsa ilusión de que todo está bien, tan bien que en cuanto nos descuidemos nos podemos encontrar con la cara partida.

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