fatigas grande

Vagos y maleantes en la (des)memoria histórica

El  colectivo LGTB nunca debería haber sido menos que ningún otro y la vida de cada uno de esos homosexuales que sufrió siempre debería haber valido tanto como la de aquellos republicanos, feministas, liberales o contrarios al régimen con los que compartieron celda.

Carmen de Mairena se está muriendo. A sus 83 años cada día que pasa es una lucha que le gana a la vida. Miguel de Mairena pasó de ser un cupletista con cierto renombre, codeándose con los grandes de la escena, a convertirse en los años 70, entre ríos de silicona clandestina, en Carmen de Mairena. Estuvo presa por mantener una relación homosexual y fue abandonada por el público cuando inició su transformación.

Miguel de Molina, cantante de copla y actor. Fue coaccionado para cobrar diez veces menos de lo que cobraba bajo amenaza de revelar su pasado republicano. Agredido por su condición de homosexual acabó exiliándose en Argentina hasta que una orden de la embajada española lo expulsó del país. Todos sus problemas fueron derivados de su condición de republicano y homosexual. Su exilio en México duró hasta que Eva Perón lo retornó a Argentina.

Estos son solo un par de ejemplos de personajes, reconocibles por cualquier persona que lea este artículo, que fueron perseguidos durante la dictadura por pertenecer al colectivo LGTB. De entre las más de 4000 víctimas de la ley de vagos y maleantes la mayoría fueron personas anónimas. Muchos de ellos ya han muerto. 

La Ley de Memoria Histórica tiene muchos defectos, así como también muchas virtudes, la subjetividad con la que a veces se opera dificulta el camino para reparar una justicia de la que han sido privadas sus víctimas durante muchos años. Pero tenemos que alzarnos para que al lado de las víctimas de fosas comunes o de esos nombres canallas que aún brillan en las calles de esta España nuestra, se encuentren todos los violetas que fueron reeducados a base de electroshocks, castigados y maltratados. El  colectivo LGTB nunca debería haber sido menos que ningún otro y la vida de cada uno de esos homosexuales que sufrió siempre debería haber valido tanto como la de aquellos republicanos, feministas, liberales o contrarios al régimen con los que compartieron celda.

Todos los años celebramos el recuerdo del 28 de junio, de los que se levantaron en Stonewall contra la represión policial que sufrían. Nos manifestamos en torno a esta conmemoración, un desfile LGTBI de fiesta, reclamación de derechos e igualdad. Pero, ¿dónde dejamos ese recuerdo a nuestros individuos nacionales, anónimos, que sufrieron el acoso y derribo de una dictadura repugnante que, entre muchas de sus virtudes, su punto fuerte era el de perseguir a los que no seguían los cánones conservadores, católicos, apostólicos y romanos? ¿Dónde están esas asociaciones que se dan golpes de pecho en pro de la igualdad actual pero olvidan a nuestros antepasados recientes, víctimas del castigo franquista? No entiendo por qué no reivindicamos a esas personas valientes, que pusieron una y otra vez en riesgo lo más preciado que tiene un ser humano, su libertad, por poder ser, aunque sea de forma clandestina y hacinados en sótanos de locales, personas libres. Luchamos, recordamos y rememoramos a los que murieron más allá del Atlántico por iniciar una lucha por sus (nuestros) derechos, pero nos olvidamos de los héroes, del travestí (sí, con tilde) que hacía su espectáculo de La Piquer, Juanita Reina o Sara Montiel hasta que eran interrumpidos por los grises para acabar en el calabozo. ¿Dónde está ese homenaje y ese recuerdo? ¿Dónde queda el reclamo de las asociaciones por la justicia, la reparación de los daños ocasionados o por el esfuerzo para evitar que caiga en el olvido lo que se hizo con uno de los colectivos más fuertemente castigado de la dictadura?

Huidos, exiliados, asesinados, reprimidos, todos gritan desde algún lugar, la mayoría ya desde sus tumbas, pidiendo a voces poder recuperar la voz que una vez les silenciaron.

La voz que muchos de ellos no pudieron recuperar nunca más. ¿Dónde están?, ¿Qué es lo que nos empuja a acallar todas esas voces cansadas?

Ni antes ni ahora se les ha hecho justicia; los violetas han pasado a ser una generación olvidada, un ancla entre el olvido y la lucha; así que ya es hora de levantar nuestras copas por todos los que perecieron viviendo su libertad desde el aislamiento. Miremos hacia España, un país aún dividido a causa de la crueldad de un tirano y reclamemos la justicia para todos los hermanos que no han tenido la posibilidad de poder ver reparado el dolor que sufrieron; fueron los grandes perdedores, la avanzadilla de una guerra que, aunque no haya terminado, nos ayudó a ganar muchas batallas.

Nunca debemos olvidar para no caer en los mismos errores, pero para no olvidar primero hay que recordar. La Ley de Memoria Histórica debería estar clavada en el corazón de cada una de las personas de este país, porque sin justicia no hay libertad, sin libertad no hay derechos y sin derechos no seremos otra cosa que lo que hicieron de nosotros en un momento de la historia: unos borregos amaestrados por la tiranía de un ventrílocuo de la desvergüenza humana.

(…) Mis marchas no suenan solo para los victoriosos, sino para los derrotados y los muertos también.
Todos dicen: es glorioso ganar una batalla.
Pues yo digo que es tan glorioso como perderla.
¡Las batallas se pierden con el mismo espíritu que se ganan!
¡Hurra por los muertos!
Dejadme soplar en las trompas, recio y alegre, por ellos.
¡Hurra por los que cayeron, por los barcos que se hundieron el la mar, y por los que perecieron ahogados!
¡Hurra por los generales que perdieron el combate y por todos los héroes  vencidos!
Los infinitos héroes desconocidos valen tanto como los héroes más  grandes de la Historia (…).

Canto a mí mismo (Walt Whitman)

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