fatigas grande

Cuando el machismo se instala en la homosexualidad masculina

Detrás de este título se esconde algo que es muy difícil de evitar: los constantes prejuicios que hemos ido heredando y que, sin darnos apenas cuenta, utilizamos en nuestra vida cotidiana; todo lo que se aleja de la combinación hombre heterosexual blanco abre las puertas para convertirse en arma arrojadiza social. Realmente no nos sorprende como diariamente se utiliza la palabra maricón o nenaza de forma despectiva, para insultar a alguien o indicar que es débil, cobarde o sensible.

Poco a poco, aunque resulte extremadamente difícil, este tipo de discriminación se puede detectar y trabajar, paso a paso, para poder erradicarla. Pero hay una discriminación aún más peligrosa que es la que provocamos sin ser conscientes de ella, utilizándola de forma autómata simplemente porque va en nuestra genética social. Al ser complicado detectarla se convierte en algo cotidiano y difícil de hacerla desaparecer. Dentro del colectivo homosexual, por ejemplo, utilizamos el machismo sin darnos cuenta; son varios los comportamientos que nos convierten, en ocasiones, en unos productores de acciones machistas. Algunas de forma más consciente, como la absurda misoginia evidente de algunos, pero otras son de forma inconsciente pero no por ello menos machista. Es el caso de cuando utilizamos el término pasivo de forma despectiva. Se suele hacer de forma casi inocente, entre risas, pero ello no le resta importancia. Si intentamos ahondar un poco más en el concepto nos preguntaremos por qué llamar a alguien “pasiva” se puede considerar un insulto y llamarlo “activo” no. El hecho de entrar en alguien parece ser una victoria sobre la parte que ha sido cazada. El que recibe es la persona dominada, al igual que la mujer en las relaciones heterosexuales. Además, cuando se piensa en una persona pasiva de forma estereotípica se relaciona con alguien con pluma, imberbe, más cercano a una estética femenina. Huelga decir que todo esto son puros estereotipos que poco o nada tienen que ver con la realidad.

Ahora bien, ¿es posible que de forma inconsciente asociemos a la persona con un rol pasivo al papel femenino dentro de una relación homosexual? Por eso cuando decimos, entre risas y cachondeo, “calla, pasiva” lo que estamos diciendo realmente es “calla, dominado” o “tu que sabrás, mujer”.

Es fácil no caer en la cuenta cuando utilizamos como insulto la palabra pasivo, pero estamos transmitiendo muchas otras cosas sin darnos cuenta; es, además, muy posible que ni siquiera el círculo en el que lo digamos sea plenamente consciente de todas sus connotaciones; pero está ahí y arrastra unas construcciones sociales que nos obliga a mantener unos prejuicios latentes en el momento que salen a la luz aunque sea de forma jocosa.

Últimamente la lucha contra la homofobia va de la mano con la lucha contra la violencia machista, verbal o física. Al igual que cuando una mujer heterosexual lanza un “¿eres gay? qué pena...” no es consciente de su comportamiento homófobo, también llamar pasiva a una persona homosexual es una ataque velado contra el respeto hacia la mujer.

Son muchos años de control hegemónico del heteropatriarcado sobre todos los inputs sociales, entre ellos el lenguaje, así que lo realmente importante es poder distinguir esos hábitos que nos hacen lanzar ataques contra sectores que ya han estado castigados demasiado tiempo.

Quizá el dejar de decir “cállate pasiva” no reduzca las muertes por violencia machista, al igual que dejar de decir “maricón” no elimine las agresiones homófobas. O tal vez sí, porque las palabras son el primer vehículo de transmisión desde que el hombre es hombre. El diálogo, la persuasión o el respeto se construye sobre ellas. No podemos subestimar su poder milagroso porque con ellas podemos construir un mundo, no sé si mejor, pero desde luego mucho más justo.

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