fatigas grande

‘Youtubers’ y maricas

Creo que a estas alturas es demasiado tarde para escribir una columna sobre el fenómeno de los 'youtubers'. Se han colado de una forma tan contundente en nuestras vidas que ya son los dueños del mundo; por lo menos del digital, que en nuestro tiempo es a veces más real que el físico. No soy un gran seguidor de 'youtubers', pero es cierto que a veces me atrapa algún vídeo sugerido y caigo en una red donde es prácticamente imposible encontrar salida. Afortunadamente, me pasa muy de vez en cuando y el resto de tardes consigo ser un poco más productivo.

La cuestión es que en algunas de mis excursiones a las nuevas juventudes digitales me he sorprendido encontrándome con importantes personajes de este starsystem que son gays, lesbianas, bisexuales o transexuales. La sorpresa no es otra que, aún estando en una época en la que ir de compras, salir a tomar un café o montar en bicicleta se convierte en showbusiness, estos vlogueros han conseguido relegar a un apartado muy secundario su orientación sexual para demostrar que –¡oh, sorpresa! son personas normales, que hacen una vida normal.

Esto me ha hecho pensar en cómo la normalización también se ha considerado en algunos sectores una forma de activismo. Existen –al menos para mí– dos vertientes bien diferenciadas. Una es la que se dedica a la lucha de forma literal: va a manifestaciones, batalla y se afilia a asociaciones en pro de nuestros derechos. La otra es la que recoge los frutos y los aplica a su vida diaria; no va a manifestaciones, no se parte la cara, pero difunde una normalización necesaria para un asentamiento social de todo lo conseguido. Aquí, paradójicamente, es donde llega el conflicto. Los primeros recriminan a los segundos una falta de conciencia activista y les reprochan su falta de lucha activa a la hora de conseguirlos; los segundos se escandalizan del día del Orgullo, de los que sacan los pies del tiesto y farfullan que la reivindicación es una forma de marginación.

O en forma de alegoría: mientras una minoría avanza por la selva, cortando las malas hierbas y allanando el camino, la otra transita por esa senda, disfrutando de la comodidad de un suelo firme bajos los pies y criticando la falta de sensibilidad al destruir plantas endémicas. Aunque el camino no existiría sin los primeros, es cierto que sin el trasiego constante de los demás volvería a perderse entre la frondosidad. Con este panorama, corremos el riesgo de que se llegue a perder la perspectiva de quienes fueron los primeros transeúntes, cuando aún las ramas les arañaban la cara.

Desgraciadamente, los delitos de odio contra el colectivo aumentan cada año y eso demuestra que el camino no va a mantenerse limpio porque sí. Aunque se transite una y otra vez, seguirá habiendo en las cunetas numerosos peligros que requieren de gente valiente que les haga frente y que, por mucho que el camino parezca limpio de malas hierbas, nunca lo estará.

Reconozco que soy bastante pesado con esto de la memoria histórica del colectivo LGTBI, pero al ser de la generación bisagra (vivo entre lo que fueron mis padres, preocupados de tener una casa, una hipoteca o una oposición y los millenials, una generación de nativos digitales que ha crecido con la obsolescencia pegadas a sus espaldas) quizá tenga uno de los mejores puntos de vista entre lo que fuimos y hacia lo que nos encaminamos a ser. No me gustaría que llegara un momento en el que se olviden los ataques, masacres y vejaciones que nuestro colectivo ha sufrido. En el libro de 1956 de Mauricio Karl, Sodomitas, –intento de ensayo histórico que relaciona el comunismo con la sodomía– puede leerse, justo en el prólogo, hablando sobre el pensamiento de los padres de una persona homosexual: (…) ¡Mejor muerto! Gritaréis desesperados. Sí; mejor muerto vuestro hijo… Mejor devorado por cualquier alimaña. Mejor para él, para vosotros y para Dios. Ningún tormento mayor para él y vosotros, ni mayor abominación para con Dios”. Me daría bastante pena que las nuevas generaciones acabaran leyendo esto con el mismo desconocimiento que cuando les explicamos lo que era grabar una canción de la radio o bajar al videoclub.

Un aplauso para esas nuevas generaciones del colectivo LGTBI que son unas estrellas dentro de esta nueva forma de comunicación de masas. Pero nunca viene mal que recuerden que esa normalización en la que se encuentran tan cómodos solo ha sido posible gracias a que en un momento dado algunos valientes se negaron a seguir andando entre la maleza y decidieron construir su propio camino. El mismo por el que diariamente transitan sus jóvenes y ciberfamosos piececitos.

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