fatigas grande

'Supervivientes' del gaycapitalismo

Resulta esperpéntico que nos enfademos porque un señor cachas israelí ha dicho no sé qué sobre los gays en televisión cuando en otros lugares del mundo nos están asesinando.

La noticia de que Eliad Cohen quiere “normalizar” la imagen de los gays ha hecho saltar todas las alarmas. Sus declaraciones han traído consigo una serie de acusaciones, contraacusaciones, aclaraciones y disculpas que ha dividido al colectivo LGTBI: mientras unos consideran esta afirmación un acto de homofobia (o plumofobia), otros no le han dado mayor importancia.

Quizá la intención del modelo hebreo sea verdaderamente romper estereotipos y visibilizar otro tipo de homosexual fuera del paradigma reinante en los medios. Porque seamos sinceros, en MYHYV el máximo exponente del colectivo LGTBI era Jesús Torres, los dramas de Víctor Sandoval en Sálvame son más que sonados y en las citas de First Dates nunca se cansan de explotar la pluma.

En televisión se ha fabricado el prototipo de gay que cumple única y exclusivamente la función de entretener, como el andaluz gracioso que cuenta chistes o el catalán agarrado que odia a los españoles.

No es cuestión de plumofobia, es cuestión de pluralidad.

Puede que sea bastante bueno que se muestre algo diferente al homosexual estereotipado que no puede reprimir sus hormonas cuando ve un músculo. No es cuestión de plumofobia, es cuestión de pluralidad.

También es cierto que decir que quería “demostrar que los gays también son fuertes y pueden llevar a cabo con éxito una experiencia como ésta“ se le fue bastante de las manos. Pero el trasfondo, en realidad, no me parece un despropósito. Al fin y al cabo, ¿por qué consideramos tan positivo que toreros o deportistas salgan del armario públicamente? Son grandes victorias que consiguen romper estereotipos, tanto de su profesión como de la homosexualidad.

Por desgracia, esta polémica esconde un problema aún más generalizado y trascendente: el de una sociedad trastornada que ha creado individuos absolutamente desconfiados. Desde el nacimiento y auge de las redes sociales nos mantenemos constantemente a la expectativa, inseguros, siempre preparados para sentirnos vulnerados y atacados.

Vemos la amenaza donde no la hay y, como en la Madrugá de Sevilla, empezamos a correr huyendo de la nada. Esta percepción de riesgo continuado motiva que veamos como un ataque a los sentimientos religiosos el espectáculo de una drag en Carnavales, como una incitación al terrorismo hacer chistes en Twitter sobre un tirano de la dictadura y como un acto de plumofobia las declaraciones de alguien que quiere romper un estereotipo.

Discutir hasta dónde puede llegar la homofobia interiorizada o reflexionar cómo podemos llegar a ser nuestros propios enemigos resulta bastante interesante, sobre todo porque suscita el debate y genera visibilidad.

No aporta los mismos ingresos un Superviviente en Telecinco que un superviviente en Chechenia.

Pero cuando me viene, de repente, lo de Chechenia a la cabeza no puedo evitar sentirme ridículo al preocuparme por problemas del Primer Mundo. ¿Cómo puedo sentirme atacado cuando existen gobiernos que tienen campos de concentración, que persiguen y asesinan a homosexuales?, ¿cómo puedo sentirme cómodo opinando sobre unas declaraciones, que ahora se me antojan banales, cuando en un país los gays son asesinados por sus familiares amparados en los crímenes de honor?

Resulta esperpéntico que nos enfademos porque un señor cachas israelí ha dicho no sé qué sobre los gays en televisión cuando en otros lugares del mundo nos están asesinando.

Tampoco puedo parar de preguntarme por qué un tema que afecta no solo a la dignidad de las personas, sino a su propia vida, no acapara todas las portadas de los diarios y medios digitales, tanto generalistas como especializados.

Imagino que, después de todo, los problemas del colectivo LGTBI se rigen bajo las mismas normas que el resto de asuntos en general, que existen niveles sociales y que los problemas se jerarquizan en función de su rentabilidad: no aporta los mismos ingresos un Superviviente en Telecinco que un superviviente en Chechenia.

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