fatigas grande

¿Vientre de alquiler o gestación subrogada?

La fuerza del lenguaje es inmensa. Las palabras pueden educar, corregir, alterar, emocionar, enfadar, engañar, encubrir y confundir, entre otras muchas cosas. También pueden ser usadas como herramienta para persuadir e intentar convencer de algo que, según la forma en la que se exprese, pueda ser considerado reprobable o no.

Valga como ejemplo el título de este artículo para ilustrar lo dicho. La definición vientre de alquiler sugiera la inmediatez, el usar y tirar, la cosificación de un lugar privado que se vende al mejor postor.

En cambio, gestación subrogada es algo sofisticado. Sábanas blancas, cápsulas espaciales y la mujer de la lejía que viene del futuro cargada con un churumbel para el vecino del quinto que le alquila el vientre por horas.

La gestación subrogada –o el vientre de alquiler–, al fin y al cabo, es un asunto dominado por las emociones, al igual que el lenguaje cuando tiene una finalidad. Por suerte, al no querer ser padre –biológico al menos–, puedo analizar todo lo que rodea al tema con cierta frialdad emocional.

Alejado del sentimentalismo que supone querer tener un hijo –¡SANGRE DE MI SANGRE!– entre los brazos puedo darme cuenta como se puede llegar a suplicar e implorar compasión para que dejen vía libre a la paternidad mientras se desprecia considerablemente el rol de la maternidad. Una vez más, la mujer sale perdiendo en el momento que se subestima su status de procreadora mientras ensalzamos –que digo ensalzamos, ¡exigimos!– el derecho a ser padres.

Pero no me quiero ir por las ramas porque no soy un experto en feminismo. Esos asuntos los dejo en manos de mi compañero de columna, Ramón Martínez, el cuál puede decir cosas mucho más interesantes e inteligentes que yo acerca de la gestación subrogada bajo un punto de vista feminista. Yo prefiero hacer un análisis diferente, sin entrar –ahora es tarde, señora– en cuestiones que atañan directamente a la mujer.

En realidad me ha costado muchísimo tener una opinión formada sobre el vientre de alquiler –o gestación subrogada–. Y eso es terrible porque indica que el problema no se localiza a simple vista. Pensaba: “¿Qué mal le hace a nadie un vientre de alquiler? Quien quiera –o quien tenga la pasta– que lo haga y quien no, que no mire”.

Pero cuando se profundiza un poco en el tema y se analizan las cuestiones intangibles que maneja el hecho de colonizar un vientre a base de talonario la cosa cambia. Sobre todo –e insisto, voy a intentar alejarme de aspectos feministas– porque nunca he aprobado el hecho de traer un niño al mundo.

Quiero decir, soy abanderado de ese argumento tan manido que dice que hay una cantidad lo suficientemente numerosa de niños huérfanos en el mundo como para no tener que traer más en unos cuantos años. Es más, los recursos del planeta se acaban, la contaminación nos ahoga, la gentrificación nos hace la vida imposible.

Es decir, ¡NO CABEMOS!, y aún así seguimos fornicando para traer algo que es la “muestra de nuestro amor”. Efectivamente, la muestra de un amor, como un souvenir de porcelana que se entrega en las bodas –normalmente dos patos juntando el pico y formando con sus cuellos un corazón–, con la inscripción: “Recuerdo de la boda de [ponga aquí el nombre de los afortunados]”.

Siguiendo esta lógica, habría que poner en el culo de los niños un sello cuando nacieran: “Intento de salvar la pareja”, “lo he tenido porque mi suegra me decía que se me pasaba el arroz” o “los dos estamos en paro pero tener un hijo es tan bonito que ya veremos como lo alimentamos”.

Total, que si me parece una locura que heterosexuales tengan hijos, ¡imagínate las parejas LGTBI! El amor, afortunadamente, no entiende de sangre. Por eso no hace falta que un niño tenga lo genes del padre o que haya sido parido –en ese me dará la razón los partidarios de la gestación subrogada– para quererlo.

Lo que convierte el traer niños al mundo en un acto de absoluto egoísmo. La necesidad de tener algo propio, una pertenencia para colaborar con la inmortalidad de las carnes, dar continuidad a la estirpe y, de paso, al apellido. Puro individualismo.

En definitiva, considero que incluso alejándonos de asuntos relacionados con el feminismo, sin duda el asunto más importante, la gestación subrogada –o vientre de alquiler– sigue siendo un acto de chulería.

Existen otros muchos problemas que lo convierten en una cuestión absurda –que no baladí– de alabanza al capitalismo –o de egocentrismo, que para el caso es lo mismo–. Solo espero que algún día nos demos cuenta que en estos casos el “no lo compres, adopta” no es válido únicamente para mascotas, también sirve para el amor.

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