Hijos de la igualdad

Los gais, los padres gais, seguimos esperando la igualdad familiar y que se reconozca nuestro derecho a fundar una familia en igualdad con otros colectivos. Reclamamos la familia, el derecho a fundar una familia como cada uno desee.

Abraham Maslow, fundador y principal exponente de la Psicología humanista, estableció un modelo jerárquico de las necesidades humanas de tipo piramidal. El psicólogo estipuló que, conforme se satisfacen exigencias básicas, los seres humanos desarrollamos necesidades y deseos más elevados. En la base se encuentran necesidades fisiológicas elementales, como alimentarse, y en la cúspide, la autorrealización y el desarrollo de la propia personalidad.

El modelo de la pirámide de Maslow puede ser aplicado tanto a la sociedad en general como a colectivos concretos o a individuos. La esencia es la misma. Primero hay que sobrevivir, luego que vivir y, a partir de ahí, se puede comenzar a soñar para acabar imaginando devenires mejores.

La Ley de vagos y maleantes, aprobada durante la Segunda Republica, era modificada por el régimen franquista, en julio de 1954, a fin de incluir en ella la represión a los homosexuales. Fue seguida por la Ley sobre peligrosidad social y rehabilitación social, de 1970, promulgada para controlar elementos antisociales, concepto que incluía tráfico y consumo de drogas, mendicidad, homosexualidad y cualquier otra coyuntura que la dictadura considerase peligrosa, moral o socialmente.

Eran leyes de vagos, maleantes… y maricones que, como todos sabían, constituíamos un peligro público. Pese a ello, el franquismo no nos daba por perdidos y decidió rehabilitarnos. Había que curar a los maricas y nada mejor que meterlos en presidio para tal fin.

Según la Asociación de Ex Presos sociales, cerca de 4000 personas fueron a la trena por ser homosexuales. Allí se les pegaba, violaba y maltrataba, cabe suponer que para una mejor “rehabilitación”. Otros eran directamente “rehabilitados” extrarradio. Como el tonadillero Miguel de Molina, al que tres “machos”, una noche, se llevaron a los Altos del Hipódromo de Madrid para allí romperle cara y dientes, a culatazos, por rojo y maricón.

Con estas mimbres, los palomos cojos de la época pocos sueños podían elaborar, mas allá de no acabar ojeados por algún vecino caritativo que propiciase, por su bien, que sus huesos fuesen regenerados en el penal de Badajoz –los pasivos– o en el de Huelva –los activos–. En aquellos días la finalidad era pasar desapercibido o, si no era posible, al menos sobrevivir. A poder ser, sin lesiones físicas permanentes.

Pero Franco murió y comenzó la reivindicación de espacios para respirar. En 1977, el Front d'Alliberament Gai de Catalunya (FAGC) tomaba las Ramblas de Barcelona reclamando derechos. A esta le siguieron manifestaciones en Madrid, Bilbao o Sevilla. El activismo homosexual se hacía presente. En 1978, la homosexualidad salía de la Ley de peligrosidad social y los homosexuales españoles empezábamos a vivir.

A lo largo de los años siguientes, las movilizaciones del colectivo fueron aumentando. La visibilidad, nuestra mejor arma, fue haciéndonos ganar terreno pese a los sectores más conservadores del país, esos que insistían en que ser gay era una perturbación, cuando no cosas peores.

En 1990 la homosexualidad dejaba de ser considerada una enfermedad por la OMS y unos años después, en el centro de Madrid, empezaba a florecer el barrio de Chueca, una referencia para toda España. Es cierto que, para los de provincias -y no tan de provincias-, estos eran fenómenos poco menos que extraterrestres, pero así andaba la vida en los 90 y, como todo suma, cada paso era una semilla de futuro. Los gais ahora podían empezar a pensar en algo más que vivir. Pensar en disfrutar de vivir. De modo progresivo, el armario, hasta entonces compañero de camino, se volvía un lastre que había que abandonar. La meta pasó a ser salir del armario. Lo que supuso una revolución ideológica en toda regla. El “¿A quién le importa lo que yo haga, a quién…?” se generalizaba y se convertía en un canto vital.

Todo esto, con ser mucho, no colmaba nuestras aspiraciones. No nos bastaba tener lugares donde juntarnos o pasear la calle de la mano de nuestra pareja (con el riesgo de ser agredidos, eso sí, pero lo hacíamos. Lo hacemos. Aunque nos hieran). Deseábamos más. Pedimos más.

En 2005, el 3 de julio, ocurría en España un hecho histórico: el gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero aprobaba la reforma del código civil, que posibilitaba el matrimonio entre personas del mismo sexo y reconocía el derecho a la adopción conjunta o a la herencia por parte de los homosexuales.

Se acababa de dar un paso de gigante en el reconocimiento de los derechos de las personas LGTBI+. No nos había bastado con el disfrute de vivir, ahora queríamos vivir en igualdad y esta reforma legal nos acercaba, como nunca antes, a esa igualdad. En 2005 se produjeron 3190 matrimonios entre varones y 1384 entre mujeres.

Los nuevos modelos familiares florecieron en toda España. Nuevos modelos reconocidos al fin. Porque, existir, siempre habían existido. De tapadillo, a hurtadillas, con miedo. Pero ahí estaban. En unos pocos meses de aquel 2005, más de 6000 gais levantaron la cabeza y dijeron con orgullo “Sí, quiero”.

Como postula Maslow, a medida que se avanza, uno exige más. El siguiente paso fue el reconocimiento de las familias homoparentales con hijos y de nuevo la ley vino a registrar una realidad social. En marzo de 2007 se reformaba la ley de reproducción para permitir la filiación del hijo del matrimonio de mujeres a nombre de ambas madres. Para ser madre en España ya no hacía falta ni gestar ni parir. Bastaba con la intención. La filiación intencional llevaba años reconocida en España para varones heterosexuales. Ahora se reconocía también para mujeres homosexuales. Ese paso, esa filiación, ese separar parto de maternidad, a muchos gais nos hizo concebir esperanzas. La medicina reproductiva para nosotros se veía más próxima.

Pero el tiempo ha pasado. Diez años después, los gais, los padres gais, seguimos sin que se reconozca nuestro derecho a fundar una familia en igualdad con otros colectivos. Diez años después, los que hemos vivido el amor igualitario y el matrimonio igualitario seguimos esperando la igualdad familiar mientras sufrimos los efectos diferenciales de la ley española.

La demanda de reconocimiento de la gestación subrogada es hija de la Igualdad. Primero nos conformamos con no ir a la cárcel, con no ser violados en el calabozo o vapuleados en medio del campo. Luego nos bastó con salir a la calle y manifestar quienes éramos. Más tarde reclamamos el matrimonio. Hoy reclamamos la familia, el derecho a fundar una familia como cada uno desee. Pedimos que se vuelva a modificar la Ley de reproducción y ser incluidos en ella. Exigimos igualdad y eso no es posible sin gestación por sustitución.

En este punto están las reivindicaciones de muchos, muchísimos gais. Que no somos una minoría dentro del colectivo, como se ha dicho. Que sí pensamos que nuestra construcción familiar es una cuestión LGTB+, que es preciso atender.

Y pronto, en el mismo lugar, estarán también las personas trans. Porque la pirámide de Maslow es igualmente aplicable a ellas. Que sobrevivieron a la cárcel y a las palizas franquistas. Que ayer se conformaban con un DNI que reconociese su nombre real, el suyo, el que sentían. Que hoy reclaman la preservación de fertilidad antes de iniciar la terapia hormonal cruzada o el tratamiento quirúrgico. Y que mañana reclamarán su derecho a fundar una familia. Porque, ¿para qué hacer esa preservación de fertilidad si no es para tener hijas e hijos en el futuro? Las personas trans reclamarán reproducción asistida, incluida gestación subrogada, por una cuestión de igualdad.

La presión franquista no acabó ni con las ganas ni con los sueños de los gais. Solo los encerró en un armario. La negación que hoy sufrimos de nuestros derechos reproductivos no acabará ni con las ganas ni con los sueños de formar una familia.

Y no, nadie nos va encerrar de nuevo en un armario. Nunca más.


Pedro Fuentes es presidente de la asociación Son Nuestros Hijos.

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