fatigas grande

Maricones de pueblo

El crimen de Priego de Córdoba pone sobre la mesa la acuciante necesidad de abordar la violencia intragénero y la problemática del colectivo LGTBI en entornos rurales.

Primer fin de semana del mes de julio de cualquier año en el centro de Madrid. Un calor agobiante empuja a la mayoría de los asistentes a la manifestación estatal del Orgullo Gay a quitarse la camiseta y a mostrar con orgullo (nunca mejor dicho) el cuerpo trabajado durante interminables sesiones de gimnasio. A lo largo de dos días todo es música, felicidad, colores y un gran -grandísimo- sentimiento de libertad.

Pero una vez que llega el domingo la resaca convierte la música en silencio y el color se transforma, como la realidad, en una escala de grises. Toca el momento de partir y un gran puñado de asistentes marchan, maleta en mano, a sus respectivos lugares de residencia. La fiesta, definitivamente, terminó.

Esta es la rutina habitual de un gran número de participantes en la celebración del Orgullo de la capital de nuestro país. De hecho, la gente que ríe, salta y baila con más fuerza es la que menos posibilidad tiene de hacerlo durante el resto del año. Y en esta ocasión no me estoy refiriendo a residentes de países lejanos que castigan la homosexualidad con la cárcel o la muerte, sino a habitantes de pueblos y provincias de esta España mía, esta España nuestra.

Yo soy un maricón de pueblo. Sé de lo que hablo. Nací en una pequeña pedanía de Granada y, como muchos otros, he crecido dentro de una microsociedad cerrada en la que he sentido que no encajaba, que era como un marciano que había aterrizado en esa tierra por error. Sentirme diferente, no estar ni en un lado, ni en el otro. Percibir, de hecho, un enorme abismo entre donde debía estar y donde quería meterme.

A veces esa presión de sentirse en mitad de la nada lleva a uno a convertirse en su peor enemigo. No son necesarias las peleas, ni las palizas, ni los insultos de los demás. Tienes suficiente contigo mismo para saber que lo que sientes no está bien. O, por lo menos, no es normal. Incluso puedes llegar a caer en una autodestrucción que te obliga a cometer los peores actos solo por temor a que alguien descubra la podredumbre que hay en tu interior. Miedo a que se enteren que eres maricón y que te gusta comer pollas. Terror a que piensen en ti como un fortachón agricultor de día, pero una marica vestida con encajes de noche. Pánico, en definitiva, a notar una carcajada ahogada por las calles del pueblo cada vez que te das la vuelta.

Con toda esta retahíla no estoy justificando, ni mucho menos, el mediáticamente llamado asesinato pasional de Priego de Córdoba. Al revés, estoy intentando abrir el foco para hacer entender que la problemática LGTBI rural es bien distinta a la del Colectivo en las ciudades. Entre ellas, la falta de, precisamente, un colectivo al que adherirse. No hay sentimiento de pertenencia dentro del entorno rural. Ni como gays, ni como heterosexuales. Las mujeres son para casarse, para ser normal, y los hombres para cruzarse con ellos en los baños de la estación de autobuses y hacer algo de lo que avergonzarse el resto de la semana. No hay un cuerpo en el que sentirse realmente a salvo.

También es verdad, por otro lado, que la noticia del crimen de Priego de Córdoba me ha afectado especialmente porque es el pueblo en el que nació mi madre. Recuerdo recorrer sus calles de pequeño mientras ella me contaba las maravillosas cosas que me esperaban cuando creciera. Sería médico, encontraría una mujer con la que sería feliz y tendría unos hijos a los que podría enseñarles el lugar en el que se crió su abuela. Seguramente a José Luis y a Juan Alberto, aparecidos muertos en un garaje de esas mismas calles hace pocos días, sus madres le dijeron exactamente lo mismo. Y posiblemente uno de ellos se lo tomó al pie de la letra. Al fin y al cabo, para muchos, no hay otra opción posible.

¿Te interesa el contenido?

  

Cáscara amarga no se hace responsable de las opiniones de los firmantes en la sección Opinión de este periódico.