Miles de refugiados LGTB son víctimas de violencia sexual incluso en los países de acogida

Muchas personas gays, lesbianas, bisexuales y transexuales se ven obligadas a buscar un destino donde ser ellos mismos no suponga una amenaza para su integridad y su vida.

Actualmente hay en el mundo 25,4 millones de refugiados. Esta cifra, dada a conocer por la Agencia para los Refugiados de las Naciones Unidas (ACNUR), es la más alta registrada en la historia y es la consecuencia de cinco años de escalada continua en los números de personas a las que la guerra y la violencia han arrebatado sus hogares.

Dentro de todos estos millones de refugiados, miles de personas LGTB han tenido que huir de su país por su identidad u orientación sexual. Hoy en día, en 77 países es ilegal ser homosexual, y en 7 de ellos se castiga hasta con la muerte. Muchos son torturados, amenazados, encarcelados o incluso asesinados por su orientación sexual o su identidad de género.

Debido a la persecución social e institucional, a la intolerancia –incluso dentro de la propia familia– y al miedo, muchas personas gays, lesbianas, bisexuales y transexuales se ven obligadas a buscar un destino donde ser ellos mismos no suponga una amenaza para su integridad y su vida.

Es prácticamente imposible conocer con exactitud cuántas personas refugiadas han huido debido a su orientación sexual o su identidad de género, ya que muchas lo ocultan para evitar en posible ser hostigadas en su travesía para encontrar un país que los acoja.

De hecho, según ha denunciado ACNUR, muchas personas refugiadas LGTB se convierten en víctimas de violencia sexual tanto en su país de origen como en los países de tránsito y de destino, y es este organismo el que, a través de sus programas e intervenciones, trabaja para hacer cumplir el Derecho Internacional en materia de refugiados y materializar la solidaridad internacional en mejorar la situación de estas personas.

De hecho, entre las dificultades más habituales en los lugares de destino están los obstáculos en el acceso a los servicios humanitarios y las barreras para acogerse a recursos como el asilo, ya que muchos países imponen trabas burocráticas para conceder este estatus a personas perseguidas por no ser heterosexuales o cisexuales, o requieren de “pruebas” que demuestren su sexualidad o su persecución.

Sin ir más lejos, en España, uno de los países donde más solicitudes de asilo por razón de orientación sexual e identidad de género se tramitan, en 2016 se denegaron solicitudes de refugiados LGTB bajo el criterio de que “pueden vivir en su país con discreción”. Esto, a todas luces inhumano, es un recurso que, si bien ya no se aplica tanto como anteriormente, aún existen funcionarios que lo utilizan para denegar las peticiones.

Y aun habiendo tenido la fortuna de lograr el reconocimiento de refugiadas, las personas LGTB pueden hacer frente a otras situaciones intolerables, según ha recogido ACNUR en un estudio recientemente, el cual reveló numerosos casos de explotación sexual y chantaje en los países de asilo, especialmente aquellas personas que trabajaban en la economía sumergida. Varias víctimas aseguraron que algunos empleadores les obligaron a realizar favores sexuales para poder percibir sus salarios correspondientes.

Nos encontramos, sin duda alguna, ante una situación insostenible. Un escenario global en el que nunca tanta gente ha precisado la ayuda internacional. Y si observamos más profundamente, encontraremos numerosos colectivos aún más vulnerables –niños, mujeres, LGTB…– cuyas vidas dependen en realidad de muy poco de la ayuda humanitaria que les podamos brindar, pero que en realidad podría significar la diferencia entre una vida más libre y digna para ellos, o su pérdida total.

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