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Relato erótico: 'El rey de los gintonics'

Sólo sabía que se llamaba Joel, me lo había dicho Sonia que siempre se queda con los nombres, que era muy tímido y que tenía una sensibilidad especial a la hora de servir los gintonic. Ese comentario me hizo gracia. ¿Qué sensibilidad se puede tener sirviendo un gintonic? No sé, el caso es que me llamó la atención y empecé a observarlo cada vez que servía uno. A mí no me gusta nada el gintonic, pero he de reconocer que todo lo que decía Sonia era cierto. Tenía algo mágico ese chico cuando servía esa bebida. Tanto, que un día le pedí uno y observaba cada movimiento embobado, como si yo fuera el vaso y me dejara acariciar por esas manos que iban y venían a cámara lenta. Confieso que empecé a fantasear con esas manos subiendo y bajando por mis piernas, exprimiendo limón y agitando líquidos sobre mi piel. Cuando acababa me daba el vaso y me sonreía sin ganas con un “espero que te guste”, y yo me imaginaba esa misma frase en mi cama de 1.50, justo antes de iniciar otro tipo de cóctel, también muy jugoso y excitante como el gintonic, aunque servido mucho más caliente...

Es lo que me viene justo ahora a la cabeza cuando lo tengo en mi boca y acaricio su cuerpazo de deportista desnudo, esculpido en el gimnasio, observo sus expresiones cada vez que le hago hincar la rodilla y me regala una bocanada de su aliento. “Espero que te guste” es lo que me repito mentalmente, mientras su pene de deportista, erguido y musculoso, se dedica a explorar por todos los recovecos que encuentra. Me encanta verlo deshecho de placer, doblando el espinazo y pidiendo más a cada momento. Quiero recompensarlo por esos momentos mágicos en la barra preparando gintonics y por esas noches de miradas furtivas que él nunca cazaba y que a mí me ponían a cien cada vez que lo observaba en silencio.

Todavía siento su mano en la mía cuando me dio aquel gintonic con regalito. Pasé de 0 a 100 en 1.5 segundos. No recuerdo una erección de ese calibre en tan poco tiempo. Cuando abrí la servilleta y leí aquellas palabras, mi corazón se salía del pecho y mi pene del pantalón, tanto que me fui disparado al baño y me masturbé como una perra. Pero aquel día me fui corriendo del local. No podía mirarle a los ojos, no sé por qué me puse tan nervioso que sólo quería poner tierra de por medio. Cuando llegué a casa volví a toquetearme porque estaba más caliente que una estufa. Pero me preocupaba saber cómo iba a ser nuestro siguiente encuentro. Yo me muero de vergüenza con estas cosas, sólo la idea de cruzarme con él me daba pánico. Pero algo tenía que decirle, la pelota estaba en mi tejado. ¿Y qué le decía? ¿Que me había masturbado un montón de veces a su salud gracias a ese poema o lo que fuese?

¡¡Mamma mia!! Se me pone todo de punta cuando me acuerdo. Quién me iba a decir que un mes después lo iba a tener a dos milímetros como ahora, devorándonos, oliéndonos, lamiéndonos como dos expresidiarios en un ascensor. Ahora me estoy desquitando de esas tres semanas comiéndome las uñas, sin parar de pensar en él y sin atreverme a pisar el local. Pero el universo es un cabrón y nunca puedes huir eternamente.

Un buen día salgo del portal y me lo encuentro de frente. Así, sin más. Nos quedamos vaporizados, sin decir nada, sin respirar. En mi cabeza se agolpaban cientos de speech posibles para el reencuentro, al igual que él, supongo, pero fue el silencio el que habló.
Nuestros ojos se clavaron profundamente en los del otro durante un tiempo indeterminado. A mí me pareció el fin de los tiempos. Noté como si toda la ciudad se paralizara para ver lo que ocurría. A nuestro alrededor había un silencio ensordecedor, una respiración contenida, un motor al ralentí, un telón a punto de iniciar la función. Y de repente nuestros labios se buscaron como salvoconductos del deseo y nos comimos la boca como dos náufragos que se encuentran por sorpresa en una isla desierta. Nuestros gemidos se ahogaron entre los sonidos de la ciudad que ya había vuelto a la normalidad.

Subimos a casa golpeándonos con todo lo que encontrábamos a nuestro paso. Arrancándonos la ropa, absorbiéndonos el uno al otro. Lo estoy recordando ahora, como si hubieran pasado siglos y fue hace unos minutos. Cuando veo un gay desnudo siempre me recuerda a algún famoso desnudo. Qué le voy a hacer, es una de mis habilidades. Y cuando vi su pene de deportista también pensé que me recordaba a algún pene famoso, aunque no lo hubiera visto nunca. En este caso me costó más encontrar el parecido, pero ya lo tenía. Me recordaba al pene de Jesús Vázquez… Ya, ya sé que es una paranoia total, pero así era.

Aún no hemos dicho una palabra y mi cabeza intenta empujarme a la realidad. Ahora que lo tengo dentro de mí, me da por pensar si diremos algo en algún momento, si nos iremos cada uno por su lado, si nos volveremos a ver, si me dará un ataque de timidez y saldré corriendo… Pero todo se difumina cuando noto que su paso se acelera, sus jadeos aumentan y su cuerpo se convulsiona a mi ritmo. Me agarra de las mejillas con una fuerza endiablada, y del pelo y de las tetas. Los sonidos se incrementan y la vibración aumenta hasta llegar al Big Bang. Cuando menos me lo espero se viene sobre mí como una explosión de fuegos artificiales. Entonces me doy cuenta de que nada de lo que pensaba tiene sentido.

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