Traidores a Dios, a la patria y a la hombría

Este año se cumple el 75º aniversario de la creación del régimen franquista con el inicio de la Guerra Civil. Una etapa de involución política, cultural, social y económica que  afectó a todo el país, pero más significativamente a determinados colectivos, entre ellos el LGBT.

Homosexualidad con Franco18/09/2011 - Carlos Lecuona Pérez El franquismo, fruto de una sublevación militar contra la legalidad vigente, fue un régimen que se comenzó a instaurar en España el 18 de julio de 1936. A partir de entonces irá conformándose y adaptándose a lo largo de toda su existencia, configurando un régimen personalista, encarnado en la figura del general Franco y sustentado en lo que se ha venido a  denominar nacional-catolicismo. Una dictadura que será ultracatólica, ultraconservadora, antiliberal y antidemocrática.

Si durante la II República hubo una relativa flexibilización de la moral católica que permitió una cierta libertad en determinados ámbitos sociales, el nuevo régimen luchará de forma activa contra toda persona que pudiese pertenecer a lo que se ha venido a denominar “cáscara amarga”, es decir, aquel individuo o colectivo que vivía fuera de los cánones sociales y que pudiese atentar contra los principios morales de la época. Será esta cruzada moralizadora, en clave católica, la que otorgará los instrumentos para reprimir todo elemento subversivo, bien en lo político bien en lo social. Es en este segundo elemento en el que nos vamos a centrar, más concretamente en la situación del colectivo LGBT.

Con el objetivo de luchar contra estas personas que el régimen consideraba subversivos, el Estado se dotó de una legislación represora. Podemos destacar el Código Penal de 1944, en el que se contemplaban los delitos de escándalo público y abusos deshonestos. O la Ley de Vagos y Maleantes de 1933, que será modificada en 1954 para incluir como delito los actos que ofendían la sana moral española al ir en contra de las buenas costumbres. Esta ley será reemplazada a principios de los años setenta por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, de la que emanará una intolerancia irracional.

Como consecuencia de esta legislación, la población homosexual y de transgénero se vio abocada a la invisibilidad con el objetivo de eludir las multas y penas de cárcel que preveía la ley en caso de ser descubiertos. Unas penas a las que se sumaba el escarnio social, pues en muchos casos, al ser detenidos se informaba del motivo a sus familiares y a su empresa de trabajo.

Además, a esta legislación se sumó la Brigada Social, que ejercía de policía religiosa, confeccionando fichas de personas que podríamos definir como “de la cáscara amarga” con relevancia pública, realizando subjetivos informes sobre su vida privada que luego utilizaba la Junta Nacional de la Cruzada de la Decencia, de la que fue presidente Alfonso Armada, años después condenado por el golpe de estado de 23 de febrero de 1981.

Fruto de todo esto, los homosexuales conocidos eran objeto de burla y estaban condenados a vivir en los márgenes de la sociedad, entre la compasión por caridad cristiana y el desprecio. Por su parte, el homosexual no reconocido interiorizaba el odio a la homosexualidad para poder encajar mejor en el engranaje social de la época, exhibiendo determinadas manifestaciones de homofobia. El maricón por ejemplo, siempre era el otro.

En conclusión, el colectivo LGBT tuvo dos opciones, vivir condenado al ostracismo y la infamia o intentar adaptarse en la moral del régimen ocultando e interiorizando su condición sexual. Una situación que no cambió durante la transición, pues habrá que esperar a la aprobación de la Constitución Española de 1978 para ver reconocidos derechos y libertades. Una libertad que aún tardará unos años más en llegar al terreno social, pues la sociedad, tremendamente machista, tenía todavía interiorizados el discurso y la moral católica del franquismo.

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